sábado, 29 de abril de 2006

La Habana vieja II






Entre una apretada trama de edificios se camina por las calles repletas de gente. Aquí y allá algunas pinceladas de color alivian la mirada. El aspecto general es ruinoso. Hacia arriba, la ropa tendida en balcones vetustos parecen desafiar las normas de seguridad. Niños jugando en las veredas y plazas, sucios, descalzos parecen llevarnos a nuestra niñez en una revalorización de los espacios colectivos y contra la infancia frente al televisor. Pero tanta pobreza duele. Duele por la gente y por el proyecto. Una cubana me dijo que ellos no tienen ni temor ni vergüenza de mostrarles sus problemas al mundo y por eso no sacan a la gente del centro del turismo y se arriesgan a la impresión que esa imagen trasmite. El proyecto de Reconstrucción quiere a La Habana viva, con su gente, sus negocios y sus escuelas. No una Habana para mirar sino para vivir. Y eso tiene un costo. Alto costo.
La vieja farmacia con los potiches de porcelana como los de las fotos de la botica de mi abuelo funciona como farmacia de modernos medicamentos y como museo para recorrer.
La Casa de la Obrapía es una maravilla recuperada entre 1973 y 1977. De unas ruinas irreconocibles surge esta construcción celeste y amarilla que guarda no sólo el mobiliario y adornos de todos los tiempos pasados, sino también los cuartos de Alejo Carpentier en los que han metido hasta su Volkswagen, su escritorio y sus libros, así como una escuela primaria y un taller de bordados.
Con una simpática guía que a todo le decía "lindo" o "bonito", subimos hasta las dependencias de los esclavos y al "cuarto del misterio" donde antiguos moradores parecen haber encerrado a algún pariente loco talentoso para la pintura. Misteriosos frescos coloridos, sin otra explicación que la del genio loco, fueron hallados en los muros y hoy parecen colgar como cuadros en sus marcos.
La Casa del pintor Guayasamín también tiene una escuela y los niños aprenden entre los óleos y muebles del artista. La fábrica de abanicos y el museo de los vehículos son algunas de las reconstrucciones maravillosas que pude visitar.
Una calzada de madera dura hace frente a la fachada del Palacio de los Capitanes Generales, en torno a la Plaza de Armas. Cuentan que un singular Capitán General del siglo XVIII cambió la piedra por madera para poder dormir su santa siesta en paz, al amparo del ruido de los cascos de los caballos.
Por el otro lado de la Plaza, un templete de líneas clásicas recuerda la primera misa celebrada en tierras americanas en 1506 (¿?). Al frente una ceiba de los deseos te invita a girar tres veces para concedértelos.

Museo de la Revolución.






En la antigua casa de gobierno de donde huyó Batista en plena fiesta del nuevo año de 1959, se ha instalado el Museo de la Revolución que recrea, en un estilo escolar, la historia de Cuba. Desde la Independencia y la gesta de Antonio Maceo hasta nuestros días se recorre por numerosas salas los acontecimientos, se ven los objetos y se impregnan los espíritus del valor de los hombres que en distintas épocas forjaron este país. Uno constata el crecimiento de Fidel como dirigente desde joven estudiante a estadista veterano. Antonio Echeverría, Presidente de la FEU, asesinado en 1957, Raúl Castro, Celia sánchez y todos los héroes van desfilando por vitrinas que llevan carteles artesanales y mapas escolares dibujados a lapicera.
Un renglón especial merece la Sala de Recordación del Ché y Camilo Cienfuegos, los dos líderes que entraron a La Habana en el 59. Ver la boina del Ché y el sombrero "mambí" de Camilo te pone un momento como parte de la historia.

viernes, 28 de abril de 2006

El orquideario de Soroa



Tres hectáreas y media de jardín botánico y 700 variedades de orquídeas. Un microclima especial en la espesura de una selva embriagadora de aromas a flores y canto de pájaros. Entre terrazas que permiten ver el valle exuberante en verdes y naranjas la casa del catalán se levanta sólida en maderas y piedras. Este hombre, años atrás construyó este jardín en memoria de su hija muerta de parto. La historia, susurrada entre los árboles, conmueve aun más a este parque en el que hoy se crean y multiplican las orquídeas.
Luego almorzamos. Para acentuar la fascinación del aire, una mulata de caderas ondulantes cantó para nosotros. La voz parecía no pertenecer a un ser vivo suspendida por las notas encordadas y ofrecida a nosotros en la gracia de las manos y los ojos de la muchacha. En el minuto que miraba a cada uno de los hombres que me acompañaban, les entregaba todo el sentimiento de cada canción y parecía no existir otro para ella. Los veteranos orientales se babearon sin mesura.

martes, 25 de abril de 2006

La Oficina del Historiador. La Habana Vieja . Abril 06



La primera impresión y el adiestramiento del ojo. Esa distancia. La primera impresión no fue buena: entramos en auto por calles estrechas y malolientes despejando la ruta a bocinazos. Por calles peatonales la camioneta de la UJC avanza y nos deja en la esquina de la Catedral. Ahí comienza el influjo: una amplia plaza bordeada de construcciones coloniales muy bien mantenidas entre sus piedras centenarias y relucientes maderas celestes, soporte de santarritas y enredaderas. Una variada y heterogénea humanidad puebla la plaza: viejas vestidas con trajes típicos y habanos gigantes, mujeres gordas que ofrecen hacer trencitas, turistas sajones muy rojos en su piel, jóvenes franceses delgados, bellos y sobrios. La lista es inmensa. Atravesamos esa corriente desordenada de gente para llegar a la Oficina del Historiador, primera casa colonial recuperada a la que entramos junto con la fascinación. En blanco y celeste, tras una fachada amarilla se abre un hermoso patio repleto de plantas en macetones, como imagino los balcones de Sevilla. En las barandas de pisos superiores cuelgan jaulas de canarios al sol. Detrás de las puertas coloniales, sin embargo, existen modernas oficinas equipadas con la última tecnología. Es el reino de Eusebio Leal y su proyecto de recuperación de La Habana vieja. Con fondos de la UNESCO en un increíble esfuerzo interdisciplinario están recuperando edificios condenados a la erosión infinitesimal del mar y a la erosión más palpable de falta de sentido patrimonial. El proyecto de sede universitaria es estupendo. Cuenta Patricia, la arquitecta, que en la década del 50, antes de la Revolución, existía el proyecto de demoler La Habana vieja para "modernizarla". Empezaron por la vieja Universidad, que en sus comienzos había sido un convento, la que transformaron en un anodino edificio cúbico, con helipuerto en la azotea. El trabajo de reconstrucción comenzó por recuperar los planos, pero al no poder recomponer el antiguo convento prefirieron acentuar la modernidad recubriendo las paredes de vidrios, para recuperar, mediante un juego de espejos, las fachadas de alrededor, como si se las pidieran prestadas al sol. Sólo dos símbolos, testigos adicionales, nos llevan a la época colonial: la torre campanario y una muralla que simula, sin mentir, antigüedad.