viernes, 22 de febrero de 2008

Colonia del Sacramento. Uruguay. 2-5-02-08



Bandadas de turistas recorren las estrechas callecitas coloniales, impregnando el verdigris del paisaje con el colorido de sus remeras y sombreros y el cotorreo estridente de infinitas lenguas que no pretenden comunicarse. Los brasileros son los únicos que, en portuñol, se esfuerzan por manejarse con cierta autonomía. Luego se escuchan voces en inglés, en alemán, en francés e italiano sin faltar algún castizo acento peninsular. Hemos dado hasta con un contingente japonés. Es claro que Colonia está hoy en las rutas turísticas del mundo.
El pequeño barrio histórico es una rara joyita que ha resistido las hordas modernistas de este país sin historia. Tributaria de períodos con poca memoria, una casa cúbica con ventanales de hierro al mejor estilo de los 60, se enfrenta impúdicamente a la Basílica. Para disimular, le han colgado un farol colonial en la fachada. Detalle terrible, pero sólo un detalle.
Se llega por la Plaza de Armas donde se encuentran los restos de la vivienda de los Gobernadores, la que fue totalmente destruida por los españoles en una de sus numerosas incursiones y de la que se ven ahora sólo los cimientos. Sobre éstos los historiadores han construido un recorrido de puentes y pasarelas digno de Palenque. El aire es claro en este febrero y la abundante sombra de los árboles permite disfrutar de telón de fondo el colorido de una línea de fachadas que parecen un retablo. A la derecha, la Basílica del Santísimo Sacramento se levanta blanca y severa en su inmaculada construcción. Uno no sabe a qué época corresponde lo que ve. Una única nave, muy austera (o modesta) carece de figuras e incluso de altar. En el atrio, un par de columnas cilíndricas, lisas en piedra, son exhibidas como de la construcción original. El interior es todo blanco y tiene bajorelieves clásicos en las paredes laterales, pero dudo que sean originales.
Después vimos la muralla. Una maravilla que me recordó la Cabaña de La Habana en Cuba, aunque más pequeña. El esmerado trabajo del reconstructor parece similar en su dedicación: acá Odriozola, allá Eusebio Leal. Odriozola guardó durante años la piedra clave del Portón de Campo hasta que obtuvo dinero para la reconstrucción. Un trabajo prolijo, maravilloso y una atmósfera agradable que podría transformar en pregón colonial algún inteligible grito de turista.
Por el extremo izquierdo de la muralla rodeamos unas construcciones coloniales en diverso estado de conservación y desembocamos en la muy famosa calle De los Suspiros: la que ha aparecido en cuanta foto, postal, cartel o anuncio de Colonia existe en el mundo. Es una callecita de una cuadra empinada hacia hacia el mar de pura piedra en punta. Es difícil caminarla porque además de ese pavimento dificultoso, tiene un desagüe central, propio del período portugués, por lo que uno debe lidiar con, al menos, dos pendientes a la vez.
La casita rosada de la esquina, vista innumerables veces en fotos y carteles, como ya comenté, ha sido comprada por un pintor que, para regocijo de todos nosotros la ha reconstruido y abierto al público como galería de arte, pero más aún como ejemplo inteligente de cómo utilizar una construcción tan particular.
Los portugueses fundaron este pueblo en 1680, contraviniendo toda ley e inauguraron cien años de lucha entre España y Portugal por su posesión. Entonces, se alternan construcciones portuguesas y españolas, calles portuguesas (desagüe al medio) y españolas (desagües laterales) ornamentos portugueses (cerámica azul y blanca, muñecos de mucho color) y españoles (todos religiosos). Pareciera que los portugueses fueron menos severos, más disfrutadores que los colonos españoles, lo que refuerza la visión de su legado en el Brasil actual. De todos modos, portuguesa o española, la pobreza era el común denominador en este pueblo de casitas de piedra, aislado de todo aislamiento y cuyos pobladores echaron mano a las más variadas artimañas para conseguir, incluso, lo más elemental. Dice la historia que en los numerosos períodos que eran sitiados, sus habitantes comían hasta los perros, las ratas y las plantas del jardín, tal era el abandono en el que estaban. Intento imaginar quiénes vivían aquí. Si a América vinieron aventureros sin futuro en España y Portugal, al Río de la Plata y en particular a Colonia llegaron los desplazados de América. ¡Gloria a nuestros fundadores! ¿Cola de león o cabeza de ratón? Ese es nuestro origen.
Colonia no tiene la magnifiscencia de ninguna ruina que se pueda visitar en el mundo, pero tiene el agradable encanto de la vida cotidiana. De las penurias y pretensiones de un puñado de valientes (pucha, eso sí) que aún al sur del sur y en las fronteras de sus imperios intentaron preservar los rasgos de su vida europea, en tanto eran fundantes de otra, la criolla, y daban raíces a este pueblo.