domingo, 30 de marzo de 2008

MEDIO KILO DE MANZANAS Y UN REFRESCO

Hacía dos años le había contestado por primera vez a su madre y desde hacía dos años, cada día, se arrepentía de haberla enfrentado. Ella sentía que nada había vuelto a ser como antes. Aunque su madre no hablara del tema, algún "Ahora que sos tan independiente", dejado caer con ironía, le recordaba que el incidente no había sido olvidado.
Repasaba aquel momento y sentía nuevamente bullir su sangre y concentrarse en el cuello y las mejillas casi hasta ahogarla. A medida que el calor y el color ascendían y la quemaban, la cabeza y la lengua hacían esfuerzos por coordinar palabras e ideas. Pero ahora y cada día desde hacía dos años, además, sentía vergüenza. ¿Cómo pude hablarle así? ¿Qué derecho tengo?, se repetía, mientras bajaba la cabeza y se estrujaba las manos entre las rodillas.
No tenía amigos y su familia se reducía a su madre, más la vaga mención a unas primas de Colón que nunca había visto, pero que se asociaban invariablemente a los cuentos de juventud. Más que el intercambio cotidiano con alguna clienta del almacén, no charlaba con nadie. Tampoco con su mamá. Al cerrar el almacén, iban a la cocina, su mamá prendía la radio y quedaban allí, una a la otra sin nada que decir, hasta que la falta de luz les indicaba la hora de cenar.
En el almacén era diferente. Su madre conversaba animadamente con cada una de las personas que entraba a comprar algo. Ella la escuchaba con atención desde siempre y ese cúmulo de conversaciones le había ido conformando su propia idea de la vida. Su relacionamiento con el mundo era a través de su madre. Más bien a través de esas conversaciones que su madre sostenía con otros. No con ella. Ella escuchaba y asimilaba. No es que le importara tener opinión propia, porque rara vez se hacía preguntas, pero que su madre tuviera todas las respuestas le hacía sentirse muy segura. Tanto, que no tenía ni que preocuparse en pensar. Mamá lo hacía por las dos. En conversaciones con las clientas, la había oído despreciar las muchachas flacas de las revistas, los maquillajes, la ropa de moda. "No sé que le ha dado a la gente por desafiar a Dios, vecina", decía habitualmente para reforzar su comentario. Ella se sentía tranquila. Su madre le cocinaba, le cosía la ropa y le indicaba cuando estaba enferma, si estaba refrescando y cuando había que prender la luz.
- ¡Ah, pobrecita mi hija, doña!- decía -. ¿Qué será de ella el día que yo le falte? Dios no quiera, doña, que un día esta criatura se encuentre sola en el mundo. Si no sirve para nada. Mire lo que le digo, doña, para nada. - agregaba con énfasis en las últimas palabras. - No puedo ir tranquila ni a cobrar la pensión, pensando que esta pobre hija mía está sola en el comercio. Voy y vuelvo con el Jesús en la boca, mire. ¿Y si viene un distribuidor? ¿Y si le da mal el cambio a alguien?
Tantas veces lo había oído que le aterraba el aciago día (Dios no permita) que su madre no estuviera con ella. Sin embargo, disfrutaba enormemente cuando quedaba sola al frente del almacén. Sentada en su sillita de mimbre, detrás de la cortina de la puerta que se abría y cerraba al ritmo de la brisa, miraba fijo la vereda y las casas de enfrente. El local en penumbras y el olor a tierra de las papas y del piso de madera mojado. Casi nadie entraba a la hora de la siesta. Tal vez algún chiquito a comprar caramelos o bombitas de agua. Después llegaba mamá.
Y descorría las cortinas de lona, abría los postigos y la penumbra desaparecía por completo. La hora de la leche y las compras para la cena. Se reanudaban las charlas, los apurones, la balanza, el ruido de las botellas y las orejitas en los paquetes de astraza. ¡Qué bien le salían las orejitas con media vuelta en el aire! Cuántas veces vio los ojos asombrados de los chiquilines mirar la media vuelta mágica y la perfección de las orejitas. "Con el azúcar es más fácil, les explicaba, porque el paquete queda redondito. Lo difícil son las galletitas".
- ¿Me dejás probar?, le preguntaban.
- Ahora no, que hay mucha gente.- les contestaba con aires de importancia.
En realidad ningún cliente le prestaba mucha atención. Estaba allí desde siempre. Al principio jugaba sentada en el piso, cuando sus rollitos eran graciosos y atraía la atención de todos, luego hacía los deberes en un rincón, cuando sus rollitos ya eran rollos y sólo atraía la atención para recibir algún reto, y luego aún, detrás del mostrador, ya obesa y sin recibir siquiera la atención de una mirada. "Hasta luego, doña", saludaban las clientas al despedirse. Ella no existía. Ni para dirigirle la palabra. "Dígale a su hija, doña, que ayer me vendió unos tomates pasados", decían delante de ella, sin mirarla.
Estaba allí desde siempre. No sabía cómo (¿tal vez mirando a su madre?) aprendió a manejar la caja registradora (apretar con fuerza las teclas hasta el fondo, mirar el visor para verificar el valor de las pestañas y vuelta a la manija para soltar el cajón), la balanza de pesas y el tanque del aceite. Siempre estuvo allí. Las vecinas envejecían, se mudaban y ella siempre estaba allí. Con su mamá.
Hacía dos años ya, que un día el muchacho de la estación de nafta de la esquina le preguntó, mientras ella le elegía unas manzanas:
- ¿Cómo pasaste la tarde?
Ella quedó helada, con una manzana a mitad de camino entre el cajón y el plato de la balanza. No era una pregunta general como las que dejaban caer las clientas a diario sin esperar respuesta. Le había preguntado por esa tarde, su tarde, y casi no pudo contestar “Bien, gracias”, sin levantar la cabeza del cajón de manzanas.
- ¿Tuviste mucho trabajo?- insistió él.- Yo tuve una tarde de locos. Ni que estuviera por subir la nafta.- agregó sonriéndole.
Ella no dijo nada. Le cobró las manzanas y lo miró cruzar la calle con el paquete. El mameluco sucio, la gorra requintada y un pedazo de trapo colgado del bolsillo izquierdo. Como si lo hubiera visto por primera vez. En realidad lo veía por primera vez. Y se puso a esperar el día siguiente y el otro, cuando a media tarde cruzaba el Flaco de la Estación a comprar un día un refresco, otro día unas manzanas y otro, un refuerzo de salame.
Su monotonía se transformó en infinitas esperas de día en día. "¿Qué comprará hoy?" "¿Le pregunto como anda?" Se le hacía eterno el tiempo hasta que lo veía cruzar la calle. Siempre alegre, caminando un poco a los saltos, con el mameluco sucio y el trapo colgado del bolsillo izquierdo. El Flaco era conversador, siempre encontraba algún tema mientras esperaba su turno o el cambio:
-¿Viste el choque de la esquina? El auto quedó hecho pelota. No entendés cómo se salvó la mina. Es increíble. ¿No lo viste?
Claro, ella no lo había visto. Ni había visto la llegada del rally al pueblo, ni las pintadas en el muro del Liceo. Él le contaba. La conectaba con el mundo. Eran las mismas charlas de su madre con las vecinas, pero éstas eran suyas. El mundo, su mundo, se ensanchaba y tenía mucho que hacer. Durante la mañana se esforzaba por prestar atención a las conversaciones de su madre, para anticiparse al breve intercambio que le llenaba la vida. Después se ensayaba, entre murmullos, lo que le iba a contestar a la tarde cuando él le contara el acontecimiento del día. Pasaba las horas repasando el día anterior y ensayando lo que hoy sí le diría. Pero no podía. Lo veía cruzar la calle y ya sentía fluir la sangre en sus mejillas desde el cuello. Desparramaba los boniatos o quedaba con la cuchara del azúcar peligrosamente suspendida en el aire. Contestaba con monosílabos y toda la imaginaria conversación, que tanto había preparado, se perdía irremediablemente en la nada.
Pero de a poco empezó a hablar. Al principio, sin levantar la cabeza de lo que estaba haciendo. Luego logró mirarlo y zambullirse en el brillo de sus ojos negros. Superó los monosílabos e incluso insinuó algún tema, cuando el Flaco de la Estación se permitía un silencio. ¿Cuánto tiempo se demora en atender medio kilo de manzanas y un refresco? ¿Cuánto tiempo se puede demorar en atender medio kilo de manzanas y un refresco? Ese era el tiempo que contaba. Veinticuatro horas de espera sólo para alargar lo más posible el tiempo de despachar medio kilo de manzanas y un refresco.
Y tenía mucho que hacer, porque empezaron a interesarle otras cosas. Empezó a prestar atención a la radio, que siempre había oído como un parloteo inútil. Empezó también a mirar cómo vestían las muchachas que pasaban por la calle. Siempre habían pasado, pero nunca las había visto. Ninguna con zapatillas y medias strech a media pierna. Ninguna con batón de lienzo azul. Nunca las había visto tan distintas a ella. La atrapó la certidumbre de su aspecto exterior. Y no tenía margen para incidir. No con su madre atenta a todo lo que pasaba.
Y fueron esos pequeños detalles de coquetería los que irían a descubrirla: el mirarse al espejo a menudo, el peinarse al comenzar la tarde, el archivar las medias tres cuartos, el preocuparse por el destino de un perfume que alguna vez, alguien, les había regalado. Ella creía que disimulaba bien. Sumaba gestos poco a poco y dejaba pasar unos días entre un cambio y otro. Pero el día que apareció en el almacén con el vestido de salir, su madre consideró que había sobrepasado el límite:
- ¿Quién te habrás creído? ¡Andá a vestirte como la gente! - le gritó.
Podía haber sido solamente otra habitual observación en el cariñoso estilo de mamá, pero ella se delató. Demasiado ajena a su propia realidad y embriagada de sensaciones nuevas, preguntó:
-¿No querés que tenga novio?
Su madre exageró una carcajada.
- ¿Te creés que ese Flaco se va a fijar en vos? ¿No te has visto en el espejo? – y el insulto le pegó en plena cara - ¡Gorda inútil!
Así empezó una exhaustiva enumeración de esfuerzos, sacrificios y privaciones, recordadas minuciosamente como quien pasa factura. Parecía haberse desbordado el dique que contuvo tanto desprecio y saña. No faltaron las invocaciones al Señor (Dios no permita) ni los calificativos humillantes. Finalmente, destilando años y años de rencor y odio hacia la vida que, desde años y años, sólo era su hija, agregó:
- ¡No pasé mi vida criándote y aguantándote para que me dejes ahora que me estoy poniendo vieja!
Ella demoró en entender, pero sentía bullir su sangre en el cuello y las mejillas. Sentía como se coloreaba a partir del cuello, mientras la cabeza y la lengua hacían esfuerzos por coordinar palabras e ideas. Rugía, porque no articulaba palabra. Con la cabeza y el tronco hacia adelante rugía desde su más hondo dolor. ¿Era su madre la que decía todo eso? ¿Era la misma madre que la había cuidado desde siempre? Una rabia instintiva nacida de las entrañas la invadía más allá de la incredulidad. En ese momento lo vio claro. El menosprecio, la indiferencia y la falta de afecto sustituyeron la abnegación, la dedicación y los desvelos. La imagen del Flaco la animaba y le gritó como pudo:
- ¡Vos nunca me quisiste! – y repitió para convencerse - Nunca me quisiste.
Se sintió vencida por segundos, en tanto su madre recuperaba la calma:
- ¿Y qué vas a hacer? ¿Irte con el Flaco ese?
Nuevamente el desprecio la abofeteó. Con la cabeza y el tronco hacia adelante jadeaba como un animal buscando las palabras que no tenía.
- ¡Claro que me voy con él! Es el único que me quiere – le gritó al fin.
Así enfrentadas las encontró el Flaco de la Estación, quien descorrió las cortinas de lona de la puerta y entró con un saltito, como siempre. Fue en el mismo segundo que el último grito de ella quedó colgado en el aire. El Flaco palpó la atmósfera y se sintió incómodo. Extrañado, miró a las dos mujeres enfrentadas y, tan rápido como pudo, dijo:
- Vine a despedirme. Me voy para Colonia porque me caso el sábado.

En: Antología de Poesía y Narrativa Breve. «Latinoamérica Escribe» 2007. Editorial Raíz Alternativa. Buenos Aires. Argentina

sábado, 29 de marzo de 2008

El Señor de Pakal y la Reina Roja. Palenque. 2005.


El Templo de la Reina Roja tiene un original techo de paja que lo individualiza. El Templo no es rojo ni roja es la Reina. Sólo es rojo el sarcófago hallado en el nicho central de tres, en el que encontraron el cadaver de una mujer ricamente alhajado y rodeado de niño y perro. Creen que fue la madre de Pakal: idishe mame, mayan mame. Los lazos trascienden las culturas. Madre Roja. a él le dio la vida y a él le otorgó el poder y lo convirtió en Señor de Señores, el Señor con máscara de jade. Verde y rojo. Verde la selva, roja la sangre. Madre e hijo.

Palenque. México. abril 05







La ruta a recorrer se presenta misteriosa y deslumbrante. Largos recorridos en bus, pedazos de caminos que en el mapa son centímetros se transforman en 10, 15 horas de viaje.
Primer destino, Palenque: pueblo y ruinas.
El pueblo te asalta con una nube de "ofrecedores" de comidas, hoteles, artesanías, traslados, dulces. Ya a las 5 de la mañana una procesión de pequeños vendedores te persigue y aturde.
Llegando a la ciudad maya, Palenque te deslumbra ya en el porte de los primeros edificios. El Templo de la Calavera, el de la Reina Roja y el del Señor de Pakal enmarcan un campo verde que parece cuidado por jardineros. Al frente, el Palacio.
En tanto uno sube y baja escaleras, recorre edificios e identifica historias en la revista, el descubrimiento de un mundo infinito va transformando el asombro.
En la segunda gran plaza, el Templo de las Cruces, el de la Crestería y el de la escalerita entre la hierba conforman una visión más lejos del jardín y más cerca de la selva. Una bruma muy lejana, más allá del palacio, que se divisa a lo lejos, es el telón del paisaje. El calor es mucho y aprieta. Casi no da el aliento para subir y explorar los edificios. La sombra reparadora que nos ofrecen los templos y la vegetación estimulan al descanso.
Después sí, el asombro da paso a la emoción. Protegidos por cúpulas de árboles sombríos, se abren senderos blancos hacia templos recién rescatados de la selva. La bóveda fresca permite seguir el rastro de los arqueólogos. La maravillosa pintura del guerrero, en rojo y celeste, entre vista entre la telaraña del follaje conmueve mis raíces de extranjera habitante de esta América.
Luego, el recorrido por la "otra" selva es inquietante. Siguen los caminos, las subidas empinadas: una plaza aparece acá, un puente atraviesa un arroyo seco, nuevos barrios, nuevas casas, nuevas construcciones que despiertan la imaginación sobre lo que debió ser y es. Queda mucho por hacer. La selva generosa siempre ofrece nuevos hallazgos: aquella colina que parecía un cerro es en realidad un templo y ese templo que parecía completo se derrumba y descubre otro en su interior. La magia de los mundos superpuestos hoy se prolonga en la naturaleza. El calor agobia y el misterio domina el ambiente.

viernes, 28 de marzo de 2008

Cacaxtla. 26.04.05



De los mundos perdidos de Cacaxtla rescato la historia de su descubrimiento como símbolo del sincretismo del pueblo mexicano. Cuentan que mientras el pueblo de San Miguel Nativitas preparaba la fiesta de su patrono en 1975, unos niños se alejaron a buscar cacharritos que aparecían por allí y que les gustaban mucho a los turistas. Busca que busca y revuelve que revuelve dieron con imagen pintada de un hombre negro emplumado en rojo y celeste que los llenó de pavor. Corrieron a contar su hallazgo y el cura del pueblo, experto en explicaciones convenientes, los tranquilizó diciendo que era la aparición del arcángel San Miguel en lucha con el demonio, que por supuesto, era negro pero transformado esta vez en dragón.

Los arqueólogos del INAH, a partir de este "milagro" de San Miguel descubrieron una ciudad entera, con construcciones de hasta nueve superposiciones y hermosas pinturas en vivísimos colores rojo, negro, amarillo, azul maya y blanco. Impresionan los recubrimientos de estuco (una especie de portland lustrado) con el que trabajan bajorrelieves e incluso una perfecta "celosía" en entrecruzado de diamante. Fascinante

Hay un techo gigante que recubre todo y la protege más que nada del viento.

jueves, 27 de marzo de 2008

Teotihuacán: ciudad de Dioses. 28.07.04

Llegando a México me metí de cabeza en las culturas precolombinas y en el éxtasis incomprensible de la magnificencia. Pero más que lo sobrecogedor de las alturas y la pequeñez humana me subyuga el nivel de las culturas extinguidas. Imaginar la Pirámide del Sol recubierta de estuco de colores rojos, amarillos y verdes y decorada con dibujos exóticos es casi tan difícil como entender la lógica de los edificios superpuestos, construidos unos sobre otros cada cincuenta años por temor a que el sol no volviera a salir y se acabara el mundo.
La Pirámide del Sol es enorme: parten anchas escaleras hacia arriba que se van angostando en un expreso mensaje de que cada plataforma es más selecta. Sin embargo se sube bien o el entusiasmo es mucho.
La Pirámide de la Luna dirige el tránsito por la Calzada de los Muertos y los tramos de escaleras son de igual ancho de abajo hacia arriba, en una versión más democrática de la adoración de los dioses. Pero la Sra. Luna te exige otro esfuerzo: escalones de 35 cm de alto que te dejan literalmente sin aliento.
Desde lo alto, hacia atrás, una construcción engañosamente indígena resulta un Club Med que, en culto a la globalización, se instaló allí contra la oipnión de los teotihuacanos.
Para darme un gusto compré una máscara de turquesa y concha de abulón, posiblemente más cara que en cualquier mercado de artesanías.
El aire, que lleva y trae música de flautas parece acompañarnos con los herederos de esa máscara y los descendientes de esa lengua impronunciable.
El templo de la Mariposas o Quetzalpapalotl fue el edificio que más me gustó. Detengo la escritura. Me vienen a la mente los frisos de flores y loros, el jaguar, la fachada del templo de Quetzalcoatl y no sé qué me gustó más.
La magia domina el lugar.

domingo, 23 de marzo de 2008

Tlaxcala en Semana Santa 27-04-05




Ciudad orgullosa de su arquitectura típica y sus piedras viejas. El estacionamiento frente al Zócalo fue un antiguo patio de carretas. Se ve el cielo en las piezas adyascentes en las que la maleza uniformiza todo. El zócalo está de fiesta y recibe a artesanos y cantores. ¿Será un festejo de Semana Santa? La presentación de la escuelita de "estrellas" con desparpajados adolescentes imitando al ídolo de moda no muestra mucho espiritu de recogimiento.


Una peculiar rampa al costado de la plaza nos lleva a la Iglesia, el Museo y la Plaza de Toros.


La Iglesia me sorprende con los santos y cristos vestidos de violeta y altares de profuso oro. Un Cristo sufriente muestra una irrespetuorsa minifalda violeta con volados. Otro, enorme, de pie y sin barba, con una sotana completa del mismo color aparece como vigía inquietante en una nave lateral. Más parece Rasputín que Jesús.


Al fondo, el primer púlpito de Latinoamérica y la pila bautismal, gigante, en piedra, nos trae a la ambigua historia de esta ciudad indómita.


En el Palacio de Gobierno los murales nos cuentan de la contradicción histórica que los marcaría por siempre. Eternos enemigos de los mexicas, los tlaxcaltecas fueron de los pocos pueblos no sometidos al poder azteca. Por el contrario, no sometidos y rebeldes les presentaron pelea siempre que pudieron y la llegada de Cortés los deslumbró con su barba de Quetzalcoatl y su cuerpo de metal. Leyendo los escritos del Museo, al que accedimos a cambio de una moneda uruguaya para la portera que era coleccionista, no queda claro si ellos le abrieron los brazos a Cortés o fueron vencidos por su ejército. De todos modos, Batolomé, Lorenzo, Vicente y Gonzalo se imponen como resultado de algo más que una derrota. El desenlace, que cuentan los murales y los guías, ocurrió cuando los tlaxcaltecas le mostraron a Cortés el paso en las montañas hacia Tenochtitlán, la magnífica. Bartolomé, Lorenzo, Vicente y Gonzalo encabezan las huestes flanqueados por sendos señores barbados. Todos a caballo. ¿Ya habrían aprendido?

jueves, 20 de marzo de 2008

Crucifixión en La Puri. 25.04.05.



Tenango, Tlaxcala, La Puri. En muchas casas el moño violeta recuerda el luto por Cristo. La Puri, un pueblito a escasos kilómetros de Texcoco, prepara su Via Crucis con tinglados preparados en el atrio de la iglesia. Como kermese escolar, los kioscos indican el lugar de Pilatos, Caifás o Herodes. Un árbol simula el verdugo de Judas. Desde temprano los muchachos se columpian para probar la bondad de la soga.
Decidimos subir al cerro y esperar allí la procesión donde se realizará el simulacro de la crucifixión. Desde lo alto el paisaje comprensa la espera. Una visión árida de cerros, enmarcada de nopales y terrazas preparadas para la siembra en espera de lluvias son el marco de esta representación que no logro sentirla más que como un acto teatral. Dos cruces tiradas en el suelo esperan en lo alto del cerro junto a enormes parlantes que nos recuerdan el siglo XXI. Desde lejos, como hormiguitas, vemos subir carros romanos, soldados con espadas y capas rojas, mujeres con mantos y tres desgraciados atados con cuerdas, uno de los cuales arrastra una cruz. Los vemos moverse, acercarse y agrandarse. El muchacho Jesús muy compenetrado en su rol, luce cara de sufrimiento y ya atado en la cruz, exclama:
-Perdónalos Padre, ellos no saben lo que hacen.
La gente se alborota pero no veo caras de pasión sino de curiosidad.Un muchacho disfrazado de soldado romano clava su espada de cartón en el costado de Cristo. Siento que Jorge a mis espaldas se estremece en el contraluz del atardecer. El ladrón crucificado a la izquierda de Jesús, canchero, le guiña un ojo a la morocha ubicada delante de mí.

lunes, 10 de marzo de 2008

Paisaje De San Martín de los Andes
















Erizado en su piel de bosque sin hojas
el monte blanco penetra en el cielo
las nubes confunden
la luz y la cumbre

el agua y la nieve.

Impávidas aguas reflejan
en perfecta simetría
las siluetas de los montes

y los colores
del sol y del frío

agua el azul
azul el cielo

monte penacho
o cono profundo

como espejo líquido
del sol
dibuja nubes
en el lago quieto

reflejo acoplado
de valles, pinos, escarpas


Aguas del Lácar


Azul profundo, verde esmeralda
aguas del Lácar
inmenso lago
que serpentea
entre los cerros y no se ve
más que una lengua
de azul profundo, verde esmeralda
que llega al valle para lamer
aquellos cerros
verdes
profundo
azul grisáceo
pinos y cerros
curva encrespada
de verde intenso, de puro gris
sobre las aguas
azul profundo, verde esmeralda
aguas del Lácar
inmenso lago, que no se ve.

Leyendo a Borges. in: Octubre Azul (2007)

La torre en guardia, antón pirulero
los gurises, el triciclo, la vereda
el puente de Avignon, la rueda rueda
la rayuela, los libros, farolera
Soy esas cosas. Pero también
Soy la que espera en el muelle a la tarde
Y ve pasar el tren cuando se aleja
Quieta, inmóvil, enraizada.
Soy el viento liviano que remueve
Torbellinos de polvo arrinconado
Soy el aire que mueve las cortinas
De tus ojos
Del llanto que no alcanza.

Con zapatos prestados. in Octubre azul (2007)

Con los toscos zapatos de mi hermano
bajo el cerro rumbo al valle
(cuadriculado de calles)
por la senda de guijarros
polvo y fango
hacia abajo
hacia el valle.

Apoyo los talones en las rocas
afirmo los plantales en el barro
paso a paso
hacia abajo
por el lodo cargado de guijarros
con zapatos prestados
paso a paso
yo avanzo.