Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de abril, 2009

El lugar. Mario Levrero.

Continuando con su estilo narrativo único, que no puede catalogarse de ciencia ficción ni de fantasía, El Lugar es la segunda novela publicada en la Trilogía Involuntaria, con prólogo de Julio Llamazares. En esta oportunidad, Levrero exacerba los rasgos oníricos de la narración ya introducidos en La Ciudad. La historia transcurre en un lugar imaginario donde el protagonista despierta un día y no sabe cómo ni porqué llegó allí. Contada en primera persona, como es habitual en este autor, el protagonista sin nombre transcurre su periplo por "el lugar" trasladándose en dirección obligatoria por habitaciones iguales, con dos puertas, una de entrada y otra de salida, en las que se marca el paso de las horas con el encendido y apagado de las bombitas de luz. La comida, necesaria para la superviviencia "aparece" en las habitaciones por lo que las necesidades básicas en principio están cubiertas, pero luego se sucede el deterioro irreversible del lugar, llegando a grados de…

La ciudad. Mario Levrero

La ciudad fue publicada por primera vez en 1970. Hace años que no podía conseguirse en librerías y a fin de año, se publicó una Trilogía Involuntaria junto con El Lugar y Paris, otras dos de las novelas de Levrero, en la colección "Debolsillo" del Ministerio de Cultura de España. La ciudad es una novela sorprendente porque transcurre en una realidad casi paralela, en la que lo que menos importa es la historia en sí y lo que importa es la atmósfera que rodea al personaje. El protagonista deambula por una realidad onírica pero que a la vez es una realidad lógica, lo que hace acordar un poco a Kafka al generar "esa sensación" de que todo es posible pero "raro". El autor utiliza un lenguaje plano, sencillo, limpio y neutro para narrar los ires y venires del protagonista sin tomar partido y sólo lo mira desde afuera. Esta novela se ha ganado un lugar "de culto" entre toda una generación de escritores latinoamericanos.

El Tío Benjamín

Al tío Benjamín le gustaba amanecer en la quinta. Cada madrugada, antes de salir el sol, cuando aún todos dormían en su casa, azada en mano rumbeaba hacia el montecito de frutales. Desde allí, ladera arriba, en un retorno minuciosamente aprendido atravesaba canteros, hileras y terrazas eligiendo, con precisión de contable, las malezas que ese día iba a eliminar. A veces, entre el rabanito y la achicoria le perdonaba la vida a una deslumbrante manzanilla y otras hasta raleaba la lechuga en un frenesí carpidor. Después, según las estaciones, aporcaba la zanahoria o entutoraba el tomate con movimientos tan naturales que el piolín o la azada parecían elegantes prolongaciones de su propio cuerpo.
En invierno, antes que las primeras luces de la mañana devolvieran su silueta recortada en ángulo sobre algún cantero, regaba las plantas en abundancia, en un intento por atenuar el daño de la escarcha. Hace mucho que sabía que los canteros cerca del bebedero eran los que nunca se helaban y así ha…