viernes, 29 de mayo de 2009

Cadáveres exquisitos

Los surrealistas inventaron este juego literario que consistía en escribir un poema de forma que cada uno escribiera un verso del poema sin conocer lo que había escrito el anterior. Se doblaba la hoja de papel , ocultando lo escrito, y se le pasaba al siguiente para que continuara el poema.
El publicado acá está hecho sólo por mí, siguiendo una "trama" pero no un contenido lógico. La consigna era elaborar un discurso incoherente cuya conexión fuera la forma de narrar, no el sentido. Cuando el sentido comienza a prevalecer es momento de desviarse.

lunes, 18 de mayo de 2009

Gracias Mario

http://www.youtube.com/watch?v=g4WnwYIOfSE&feature=related

Cadáver Exquisito

Durante las aburridas horas de la siesta, miraba las aceitunas a través del vidrio del acuario. Las revolvía con el cucharón y cada tanto atrapaba una golondrina. Una, dos, tres. Como experto carpintero o como una liebre que da el zarpazo. Esta es para mí. El desafío era tomarla al vuelo, con los labios carnosos hacia delante, estiraba la mano y nadaba hacia ella. Siempre desee esa pelota de colores. Y la miraba con los ojos golosos de crema en las tardes de lluvia cuando salía el sol. A cambio mi tía me ofrecía galletas y cantaba en camisón mientras me prestaba el arpa. Yo escuchaba los ruidos de la calle y refunfuñaba. No me conformaba con el barco de vapor ni con las natillas envueltas en celofán. Era insoportable esa necesidad de tenerla. Era la prueba irrefutable del saqueo. Cuando crecí me hice astronauta pero seguí buscándola. Buscaba en el mar los alelíes rosados que me la recordaban. Me entretuve también tras golondrinas perdidas. Atrapaba castañas en los tejados y recorría los mundos redondos de colores. Encontré zapatillas, amarillas de tan usadas. Encontré manos sin zapatos. No encontré gorriones ateridos de frío. No sé por qué. Había vigilantes en la calle y rodaban los trenes con dificultad. Caracoles no había. Pero yo seguía buscándola con locura. El vacío estaba lleno de artefactos sin sentidos, de voces, de piezas rotas de muñecas de porcelana. Buscaba sonidos y encontré demencia. Como el té en los cuencos de la mano amiga. ¡No basta!, exclamé. La necesito como a huesos de hormigas africanas. Sólo entonces apareció mi tía recitando a Manrique vestida de Chanel. ¡Qué perfección! Me olvidé de la pelota, de las golondrinas, los caracoles y las astronautas. Sentí un rumor cálido de viento norte. Y antes de llegar al fondo, engrosé el botín con una corona de sal y me quedé dormida.

viernes, 8 de mayo de 2009

Isabel y el río


Desde el borde quebrado de la costa, Isabel miró el río gris que reflejaba el cielo tormentoso. El bufido del viento norte golpeaba sus oídos filtrando como un cedazo el resto de los sonidos. Una leve bruma difuminaba los contornos a lo lejos y las islas en la costa de enfrente parecían negras matas de arbustos orladas por una faja de arena blanca. El río estaba en bajante y el fondo fangoso se dejaba ver al internarse como lenguas.
Isabel adoraba su ciudad litoraleña. Muchos años atrás había llegado traída por un matrimonio que no prosperó, pero ella, en cambio, había echado raíces. El viento trajo un lastimoso chirriar de hamacas y pensó en su infancia, tan lejos de ese río, cuyo apego explicaba, tal vez, el cariño a la ciudad. A lo lejos se veían unas rocas asomando peligrosas y en la orilla, unas chalanas naranjas le ponían color al telón gris que discurría encrespado. El río golpeaba contra los costados de los botes, acompasando con ritmo monótono el vaivén de las aguas. Volvió a poner atención en el chillar de las hamacas y recordó la que el abuelo había colgado de la rama de un ciruelo añoso que presidía el patio interior de la casa. Aquella hamaca raspaba con un sonido áspero la madera del árbol y con el paso del tiempo la cuerda que la sostenía había hendido la rama y formado un surco. El viento norte, templado, le acariciaba la cara y al atravesar los follajes cambiaba de sonido. Isabel había aprendido a reconocerlos cuando su abuelo, allá en la estancia, la llevaba a "entender el monte", como le decía.
- ¿Oís, Isabel, como suena el viento a través de los eucaliptos de la quinta? Parece que susurra.
La niña se esforzaba por distinguir el siseo de las casuarinas del cascabeleo de las hojas pendulares de los álamos. El canto estridente de unos pájaros de árbol a árbol la sacó del ensimismamiento. La costa parecía recobrarse luego de una penosa prueba y manchas verde brillantes se intercalaban entre el pasto reseco por las heladas. Algunos árboles aún permanecían desnudos, otros se esforzaban por rebrotar y el color de los renuevos se imponía en el paisaje. Isabel sabía de inviernos. Desde que quedó con el abuelo y su hermanito menor, después que a su papá lo apretó un novillo en el tubo de ganado, Isabel tuvo que aprender a ordeñar las lecheras. Invierno y verano, de lunes a domingos se levantaba antes de salir el sol. No había descansos ni excusas. A medida que fue creciendo dejó de dar la ración a las vacas en la sala para a ayudar a traer el lote de animales del campo y luego, ya mayor, sacar los tarros a la ruta en el carro de tiro. Todavía de noche, sabía que llegaba a la portera cuando escuchaba el motor chatarrero del camión de la planta doblando el recodo. Mientras tiraba del carro con los dos tarros encima y con las manitos entumecidas por el frío, se había jurado que la lechería no sería su destino. Isabel levantó la vista incomodada por un remolino de polvo y hojas secas que rebotaban sobre el pavimento. El sol empezaba a hacerse un lugar en el cielo y el río destellaba sus chispazos. Distinguió un diminuto silbido de pájaro confundido entre el resoplar del viento. Isabel sabía que su matrimonio sólo había sido el medio para escapar, por lo que no sentía el divorcio como un fracaso. Sabía también que había sido la vía de llegar a esa pequeña ciudad, sin más atractivos que ese río portentoso que la cobijaba.