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Mostrando entradas de mayo, 2009

Cadáveres exquisitos

Los surrealistas inventaron este juego literario que consistía en escribir un poema de forma que cada uno escribiera un verso del poema sin conocer lo que había escrito el anterior. Se doblaba la hoja de papel , ocultando lo escrito, y se le pasaba al siguiente para que continuara el poema. El publicado acá está hecho sólo por mí, siguiendo una "trama" pero no un contenido lógico. La consigna era elaborar un discurso incoherente cuya conexión fuera la forma de narrar, no el sentido. Cuando el sentido comienza a prevalecer es momento de desviarse.

Cadáver Exquisito

Durante las aburridas horas de la siesta, miraba las aceitunas a través del vidrio del acuario. Las revolvía con el cucharón y cada tanto atrapaba una golondrina. Una, dos, tres. Como experto carpintero o como una liebre que da el zarpazo. Esta es para mí. El desafío era tomarla al vuelo, con los labios carnosos hacia delante, estiraba la mano y nadaba hacia ella. Siempre desee esa pelota de colores. Y la miraba con los ojos golosos de crema en las tardes de lluvia cuando salía el sol. A cambio mi tía me ofrecía galletas y cantaba en camisón mientras me prestaba el arpa. Yo escuchaba los ruidos de la calle y refunfuñaba. No me conformaba con el barco de vapor ni con las natillas envueltas en celofán. Era insoportable esa necesidad de tenerla. Era la prueba irrefutable del saqueo. Cuando crecí me hice astronauta pero seguí buscándola. Buscaba en el mar los alelíes rosados que me la recordaban. Me entretuve también tras golondrinas perdidas. Atrapaba castañas en los tejados y recorría …

Isabel y el río

Desde el borde quebrado de la costa, Isabel miró el río gris que reflejaba el cielo tormentoso. El bufido del viento norte golpeaba sus oídos filtrando como un cedazo el resto de los sonidos. Una leve bruma difuminaba los contornos a lo lejos y las islas en la costa de enfrente parecían negras matas de arbustos orladas por una faja de arena blanca. El río estaba en bajante y el fondo fangoso se dejaba ver al internarse como lenguas.
Isabel adoraba su ciudad litoraleña. Muchos años atrás había llegado traída por un matrimonio que no prosperó, pero ella, en cambio, había echado raíces. El viento trajo un lastimoso chirriar de hamacas y pensó en su infancia, tan lejos de ese río, cuyo apego explicaba, tal vez, el cariño a la ciudad. A lo lejos se veían unas rocas asomando peligrosas y en la orilla, unas chalanas naranjas le ponían color al telón gris que discurría encrespado. El río golpeaba contra los costados de los botes, acompasando con ritmo monótono el vaivén de las aguas. Volvió …