sábado, 19 de diciembre de 2009

Ciudad inundada. Desde Paysandú. En Brecha, diciembre de 2009.

La ciudad se hunde por tres lados y sólo sobrevive desde la base de sus colinas. Y ya hay agua en la plaza en la que el pasado domingo 29 de noviembre festejamos el nuevo presidente. Una chalana atada al farol frente al café “La Humedad” inaugura la Venecia oriental de canales con árboles, faroles, cercos floridos y balcones por los que circulan las lanchas. Aunque vivamos en el centro no se puede orillar la tragedia. Todos tenemos un compañero que no vino a trabajar porque está mudando a los padres o un amigo que falla a la cita por darle una mano a un pariente. Hoy la gente sabe a ciencia cierta a qué altura del río tiene que abandonar su casa y está pendiente del avance de las aguas. Toda la ciudad se conmueve en un permanente trasiego de camiones que descargan los naufragios de familias enteras como espectros en procesión. Todo local vacío cobija trastos y personas y los familiares se amontonan en las casas ladera arriba. Tanto ricos como pobres viven a orillas del río, unos en la costanera y otros en las barriadas del sur pero ninguno escapa a la masa democratizadora de agua que llega hasta el cordón y en el vaivén del golpeteo sube a la vereda, luego al umbral, llega al zaguán y ya está adentro. Como las agujas del reloj, avanza sin ser vista salvo por las marcas que supera.

El lenguaje se puebla de palabras de agua: evacuados, cota, mudanza, donaciones, sumergidos, voluntarios. Y de leyendas que alimentan el imaginario de enormes camalotes flotantes o boas y monos enancados en árboles que bajan desde el Brasil. El yacaré gigante ya apareció y se lo puede ver en el zoológico, pero también se han visto otros más pequeños cruzando las calles, aunque es posible que el susto de los testigos confundiera algún lagarto gordo. Abundan en la tarde las historias de robos submarinos de puertas y lavatorios, de patrullaje de vecinos en lancha o de vandalismo de artefactos en los refugios. Circulan las historias como los remolinos del río que se demora entre los jardines revividos por tanta humedad.

Y cada familia tiene su estrategia. Las hay que se resisten a salir hasta vivir unos días con el agua a los tobillos con la cama y la mesa sobre tacos. Otros suben al techo y montan guardia con el perro y los colchones. Otros acampan frente a la puerta con el abuelo en silla de ruedas y la cocina a gas. Estos son los que anteponen el cuidado de sus pertenencias a la calidad de vida. Trabajadores esforzados o avaros contumaces son los que están peor y a su riesgo. En el barrio La Chapita los chancheros trasladaron los corrales hasta el cantero de la avenida y ahí siguen con su vida, mirando el río a la espera que las aguas bajen para volver a levantarse. Acampan a merced de las tormentas, la humedad, la falta de higiene y las alimañas. Recostada en una reposera, al costado de la tolderías que ha armado su familia, Mabel fuma y mira el río que circula entre los techos de las casas que asoman por sobre el nivel del agua. Está embarazada y mientras balancea la pierna jugando con su chancleta nos dice, con indiferencia, que ella espera. “¿Y qué esperás?”, le preguntamos. “Que baje el río o que nazca el gurí”, nos contesta sin separar la vista del agua marrón. Jorge tiene 42 años y recoge basura para criar chanchos desde hace seis años. Ahora trasladó los animales a zona seca. Los chanchos gritan entre el barro en unos corrales mal armados que parecen a punto de colapsar. Nos dice que él está ahí por los animales, que si no ya se habría ido a los refugios. “Tengo siete gurises”, declara, y “la Intendencia me dice que los lleve al refugio que ahí me los atienden, pero yo no los quiero dar, ¿me entiende?”.

Muchas instituciones y voluntarios han aparecido por la zona como Papá Noel a entregar bolsas de ropa y alimentos desde camionetas. Claudia, responsable del socat* desespera por la necesidad de coordinar. “Cinco años intentando crear otro modelo de asistencia y de un día para otro se nos viene abajo y volvemos a la beneficencia”, declara con preocupación.

Los que se dejan llevar por los servicios del Estado, más baqueanos en ayudas públicas o expertos en inundaciones van sólo con los colchones al estadio u otros refugios a compartir el espacio, mejor vestidos que nunca, mejor comidos que nunca, atendidos, mimados, confortados. Ahí tienen desde maestras para los niños a funciones de cine cada noche. Los primeros días más de uno expresó su deseo de que la inundación no acabe jamás. Al pasar las semanas es probable que el entusiasmo se desgaste con la convivencia. Pero habrá que guardarlo para el retorno.

*Servicios de Orientación, Consulta y Articulación Territorial.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

El río en retroceso o dios aprieta pero no ahoga





Ayer fui a recorrer el borde del río. Ya permite acercarse más. Se ven charcos en lugares fangosos o en lugares enfangados. Muchas casas muestran sus señas a la altura que llegó el agua. El farol de la plaza desensilló ya la chalana que llevaba atada. Una capa de limo ocre recubre el césped y se mezcla con el verde. El olor fétido de las plantas en putrefacción se cuela hasta las meninges y trae recuerdos de infancia tan vivos como los cordones de vereda ondulantes de barquitos de papel. El obelisco se erige en su laguna y el atardecer vuelve grises los contornos.

En el salón comunitario del suroeste una fila de niños espera la merienda. El profesor de teatro y la profe de Educación Física sirven una crema de caramelo. Veo cansancio en los ojos de los muchachos. Cristina, la profe de Educación Física, viene del Estadio y de los galpones de 6 de Abril de trabajar con otros niños evacuados. No se han confirmado las historias de robos en los refugios, pero sí los líos por la convivencia. Y las protestas de vecinos poco solidarios.

La barra de la esquina sigue mateando como siempre con las sillas en el agua y el almacenero, con el agua en la vereda, espera, en otro mundo, la llegada de los clientes que ya se mudaron.

Los chanchos siguen en los corrales y los caballos pastan en los canteros de la avenida. Las carpas se multiplican en los terrenos baldíos y los niños juegan en bandadas entre adultos displicentes que no están mucho peor que en el asentamiento. Algunos perdieron animales, otros hasta los cuadernos y los clasificadores de basura no trabajan. Hace veinte días su mundo anda patas para arriba. Ahora se acercan las fiestas y Andrea, de 9 años, implora por pasarlas en su casa que aún está bajo agua.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La ciudad inundada




Vivo en el centro de la ciudad inundada. Es improbable que el río llegue a mi casa. Pero está a cuatro cuadras. Y hay agua en el fondo de la plaza en la que el domingo festejamos al nuevo presidente. Y no se puede orillar la tragedia. Todos tenemos el compañero que no vino a trabajar porque está mudando a los padres o el que mide hora en hora el avance de las aguas porque conoce a ciencia cierta a qué altura tiene que abandonar su casa. Toda la ciudad se conmueve en un permanente trasiego de camiones que descargan los naufragios de las familias enteras como espectros en procesión. Todo local vacío cobija trastos y personas y los familiares se amontonan en las casas de las colinas. Tanto ricos como pobres viven a orillas del río, unos en la costanera y otros en las barriadas del sur pero ninguno escapa a la masa democratizadora de agua que llega hasta el cordón y en el vaivén del golpeteo sube a la vereda, luego al umbral, llega al zaguán y ya está adentro. Como las agujas del reloj, avanza sin ser vista salvo por las marcas que supera.

El lenguaje se puebla de palabras de agua: evacuados, cota, damnificados, mudanza, donaciones, sumergidos, voluntarios. Y cada familia tiene su estrategia. Las hay que se resisten a salir hasta vivir unos días con el agua a los tobillos. Otros suben al techo y montan guardia con el perro y los colchones, otros acampan frente a la puerta con el abuelo en silla de ruedas y la cocina a gas. Estos son los que anteponen el cuidado de sus pertenencias a la calidad de vida. Trabajadores esforzados o avaros contumaces. Son los que están peor, pero tranquilos. En La Chapita los chancheros trasladaron los corrales hasta el cantero de la avenida y ahí siguen con su vida, mirando el río a la altura de la cornisa y a la espera que las aguas bajen para volver a levantarse. Acampan, a merced de las tormentas, la humedad, la falta de higiene y las boas, los monos y los yacarés que bajan del Brasil flotando en un camalote o enancados a un árbol, tan asustados como nosotros.

Otros se dejan llevar. Más baqueanos quizás, expertos de inundaciones y otras ayudas públicas se dejan llevar al Estadio o al Liceo a compartir el espacio, mejor vestidos que nunca, mejor comidos que nunca, secos, atendidos, mimados, confortados. Los primeros días alguno, incluso, exclamó su deseo de que la inundación no acabara jamás. Al pasar las semanas es probable que la convivencia deteriore también el entusiasmo.