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Infracción.

Pasamos en rojo un de los dos semáforos que existen en Ibadan y que nadie respeta. Y nos pararon dos milicos con camisas naranjas y boinas negras. A los gritos. Malos malos. ¡Que si no vio la luz que los papeles que baje el vidrio! El gordo fue para el lado del acompañante y quería abrirme la puerta y nos decía en ese mal inglés que me cuesta tanto: ¡Y me acompañan a la oficina! (supongo que sería la comisaria o similar). La cara y la agresividad daban miedo y bajé el vidrio. Nos pidió documentos. No teníamos. Insistía en que abriera la puerta. Que no le abro la puerta y que no lo acompaño a ningún lado. A los gritos en plena calle. La colombiana que iba con nosotros le mostró su tarjeta de la ONU. El milico la miró, vio que no era la del conductor, se la guardó en el bolsillo y se fue dejándonos parados en el medio de la bocacalle. No entendíamos ni la mitad de las cosas que nos gritaba. En la esquina se había juntado gente que nos miraba, se reía y también gritaba. Los seguimos en el auto. No podíamos perder los papeles de la colombiana y el que parecía el jefe nos esperó. Jorge le mostró un billete, como sonseando. Que no, que usted pasó con roja y que yo que sé pero los agarró como al pasar y se los metió en el bolsillo. ¿Y los papeles? ¿Qué papeles? Yo no tengo los papeles, decía. La colombiana cada vez más lívida. Pasados unos segundos eternos, el milico abrió la bocota casi sin dientes, largó una carcajada y sacó del bolsillo los documentos. Me dieron ganas de bajarle el resto de los dientes de una trompada.

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