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Cuentos de pescadores


Nunca había visto los pescados del lago. He oído de su tamaño, de trofeos en las competencias de pesca, ¡bah, cuentos de pescadores! También he oído el golpe al caer contra la superficie del agua. El ruido de un remo que se estrella de plano y augura buena cacería. Y al mirar sólo quedaban los círculos concéntricos por donde se había hundido. Me imaginaba el pez en el aire en una vuelta completa antes de caer con todo su peso entre las ondas que se abrían para darle paso. Siempre lo imaginé de lomo oscuro y barriga más clara, tal vez plateada.

El domingo vimos un pescador con su trofeo. Acababa de sacarlo y lo lucía para la foto. Era un ejemplar bello, por decir algo. El pescador lo sostenía por la cabeza a la altura de sus caderas, la cola rozaba el suelo y abanicaba las gotitas que se esparcían alrededor. Encima de las agallas que aún se esforzaban por lograr algo de oxígeno, el ojo parecía pedir auxilio. El animal, enfundado en un vestido dorado para desafiar las profundidades del lago, se despedía ahora en un beso. La boca, sedienta de tanto aire seco, balbuceaba el adios con sus labios de diva.

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