domingo, 30 de enero de 2011

Taller, “La voluntad de Dios”. Desde Nigeria En: Brecha. 24 de setiembre 2010. p. 37. Montevideo. Uruguay.





La conferencia de la escritora nigeriana Chimamanda Adichie en TED.com me recordó este artículo que escribí para Brecha y fue publicado en setiembre.

Camino por la orilla del lago del IITA[1] que desborda de agua, plantas y camalotes, pájaros y patos y pienso que la actual República de Nigeria también es una construcción de Gran Bretaña. Pero, en vez de separar pueblos hermanos como hicieron con la Provincia Oriental, acá juntaron tres países diferentes que hasta hoy no han aprendido a vivir juntos. La temporada de lluvias ha venido con fuerza y el “invierno” multiplica las bandadas de patos y teros que aumentan en número cada día.

En Nigeria hay tres etnias mayoritarias que son la Hausa (21 por ciento), la Yoruba (21por ciento) y la Igbo (20 por ciento), ubicadas al norte, suroeste y sureste del país respectivamente, entre los 250 grupos culturales que existen en los 140 millones de nigerianos. La última gran guerra secesionista fue la de Biafra en 1967, recién lograda la independencia, e inolvidable para todos los mayores de 45 que cantamos con Rada o Joan Baez y vimos las panzas infladas de los niños con hambre por primera vez por televisión. Biafra era la región de los Igbos, en el delta del Niger, donde se concentran los yacimientos petrolíferos, que constituyen el 95 por ciento de las exportaciones y el 85 por ciento de los ingresos totales del estado, e intentó independizarse del resto en una heroica resistencia que costó la vida a más de un millón de personas.

Un pájaro pasa con una cinta verde de más de un metro en el pico. Construyen los nidos como bolitas tejidas en los árboles de la orilla y los teros gritan a mi paso y me dan la espalda con la tranquilidad de que los suyos están escondidos al otro lado del camino. Esta reserva natural es casi única en el estado de Oyo pero es privada y pocos nigerianos la conocen.

Los hausa son musulmanes y provienen de los grupos nómades del norte de Africa. Fueron los primeros que iniciaron el tráfico de esclavos a través del Sahara mucho antes que llegaran los europeos. No conozco el norte pero me han dicho que es otro mundo: más ordenado y más limpio donde rige la ley islámica (sharia law).

Los yorubas son un conjunto de tribus que comparten la creencia de un origen común. En Oshogbo, en el estado de Osún, a 88 quilómetros al noreste de Ibadan se encuentra el Bosque Sagrado, lugar de origen de la nación Yoruba. Es un bosque de unas 75 hectáreas, hoy declarado patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, luego de ser recuperado por Susanne Wenger, una escultora austríaca que llegó a Nigeria en 1969. Olumare, una discípula de Wenger, que aún vive en la casa de la artista recientemente fallecida, nos cuenta que Addunni (tal era el nombre de bautismo yoruba de Wenger) no sólo realizó un trabajo de recuperación del legado cultural de los yorubas que se materializó en el bosque, sino que formó toda una generación de artistas locales que alcanzaron renombre internacional y constituyeron la Escuela de Oshogbo.

Las esculturas se encuentran diseminadas por el bosque. Algunas son enormes. A veces, una pequeña puede confundirse con una roca o con un tronco y en la penumbra o bajo la luz que se cuela entre el follaje tienen algo de Gaudí y mucho de apariciones psicodélicas. Este bosque es la morada de la diosa Osún, fundadora de la nación yoruba y cuyo espíritu vive en el río que lo bordea. Cuenta la leyenda que Osún era la esposa preferida de Shango, el dios del trueno y que las otras esposas, envidiosas, le hicieron perder los favores del marido por lo que se vio obligada a abandonar el reino de Oyo. Para hacerlo tuvo que casarse con Laroove y así juntos fundaron Oshogbo. El río y el bosque se volvieron protectores del nuevo pueblo y Osún su sacerdotisa. Para renovar las bendiciones al pueblo Yoruba cada año, el segundo viernes de agosto se celebra el Festival de Osún, en este santuario junto al río. Esta historia, recogida en el bosque sagrado explica algunas costumbres de la sociedad yoruba actual. Primero, revive el peso de las religiones tradicionales que han incorporado algunas de sus prácticas a las religiones actualmente mayoritarias. Se estima que un 10 por ciento de los nigerianos sólo practica la religión nativa, mantienen vivo el jujú (ancestro del vudú) y la medicina tradicional. He intentado averiguar sobre estas prácticas y en Abeokuta, centro del jujú de Yorubolandia, mi condición de oyibo (blanca) no me permitió llegar más allá de los puestos de plantas medicinales. En Ibadan la respuesta que me dieron fue siempre “Eso es cosa de viejos. Ahora vamos a la iglesia y leemos la Biblia.” Abiola, un sastre de edad indefinida, me cuenta que Dios es único y que trabaja muy arriba. El hace que cada niño nazca con determinado poder o talento, pero luego los espíritus que existen entre El y los hombres ayudan o impiden que uno logre ese potencial. Antes el trabajo con los espíritus lo hacían los brujos, hoy lo hacemos orando en la iglesia.

La religión tradicional acepta la poligamia y es así que la practican, en la actualidad, tanto cristianos como musulmanes. Cuenta Anthony que en su pueblo había un anciano que tenía 17 esposas, la menor de 14 años, y eran los padres quienes ofrecían sus hijas al viejo para asegurarles un futuro. Helen, una nigeriana que trabaja en el servicio doméstico para extranjeros, me dijo que la poligamia también es común en las ciudades. No tanto como antes, en la época de mi madre todos los matrimonios eran arreglados. Ahora en general nosotros nos casamos con quien queremos, pero cuando una mujer tiene 30 años y no se ha casado, está bien que se vuelva esposa de alguien.

Y esa es la otra referencia que recoge la leyenda de Osún: no existe la noción de mujer soltera. Las mujeres trabajan y estudian, sí, pero o son del padre o del marido. Un día fui a la policlínica y mi ficha médica no aparecía. La buscaron de varias formas y no aparecía porque no estaba asociada al nombre de mi esposo. Yo insistía que era mi nombre, no el de mi marido. La enfermera me miraba con ojos grandes y no me entendía. Entonces se me ocurrió decirle, En mi país mantenemos el nombre del padre toda la vida. Ella soltó el instrumental, me sonrió con cariño y contestó, ¡Qué hermoso! Yo lamenté mucho perder el nombre de mi padre cuando me casé. Y realmente lo pierden, porque cuando muere el marido el cuñado queda a cargo.

En tanto continúo mi paseo alrededor del lago esta mañana de domingo escucho algún aleluya que trae el viento por encima del bosque y que se mezcla con el chapaloteo de los peces o el grito de los pájaros. Una bandada de patos levanta vuelo cuando paso y con las patas colgando hacia atrás apenas peinan la superficie del agua. Vuelvo a escuchar los cánticos.

En Lagos e Ibadan predomina el cristianismo, si bien se pueden ver musulmanes por las calles, existe un barrio musulmán importante y las cúpulas de las mezquitas brillan al atardecer.

Esta región es bastante pacífica y los propios nigerianos señalan a Ibadan como una ciudad de buena convivencia. Pero lo que es sorprendente aquí es la proliferación de iglesias cristianas de tipo protestante, lideradas por pastores que llaman a sus fieles desde enormes carteles publicitarios en las rutas y calles. Se siente la religiosidad de la gente en cada conversación y una de las primeras preguntas que te hacen al conocerte es a qué iglesia vas. Joshua, el jardinero de la vecina, fue de los que un día tocó el timbre de mi casa para darme la bienvenida, entregarme la revista de su iglesia e invitarme al servicio. Cada domingo todas las familias se visten con sus mejores galas, toman sus Biblias y van a la iglesia. Los domingos es más dificultoso que lo habitual transitar por las calles porque está todo el mundo yendo o volviendo de la iglesia y se forman grandes aglomeraciones a la puerta de los locales. Ese día las vestimentas son más lujosas que nunca tanto en hombres como en mujeres. Hay aires de fiesta en la ciudad.

No he visto iglesias católicas, pero en cualquier lugar, si un edificio llama la atención seguramente sea una iglesia evangélica. En la ruta desde Lagos se ven enormes galpones, como invernáculos o avícolas de gran porte que son iglesias donde se da servicio a miles de personas desde el amanecer.

Parece existir una permanente presencia de lo religioso y en las charlas con los nacionales no faltan las alusiones al Señor y en las minibús de transporte colectivo y en los autos, los pegotines “Lord is my Shepherd” (El Señor es mi pastor) o “Jesus is the answer” (Jesús es la respuesta) son habituales en los parabrisas. Pero lo más curioso es el nombre de los comercios y me he propuesto anotarlos todos: Taller La voluntad de Dios; Panadería Gracias a Dios; Ora más Peluquería o Sastrería Dios sé mi testigo.

Miro a la orilla distante del lago donde se ve el perfil de la selva distribuyéndose por estratos en texturas y verdes. Pienso que es asombrosa la actitud religiosa de la gente hasta en el más simple de los actos cotidianos, lo que incluye que te pidan una coima dándole gracias al señor.


[1] Instituto Internacional de Agricultura Tropical

El peligro de una sola historia. Chimamanda Adichie.


http://www.ted.com/talks/lang/spa/chimamanda_adichie_the_danger_of_a_single_story.html

miércoles, 19 de enero de 2011

El susurro de la mujer ballena. Alonso Cueto.


El susurro de la mujer ballena fue finalista del Premio Iberoamericano Planeta-Casa América de Narrativa en 2007. Es una novela sobre los caminos que puede tomar una tortuosa amistad entre dos mujeres.
La novela es entretenida pero no es liviana porque profundiza en la psicología de los personajes con solvencia, arriesgándose incluso el autor, a narrar en primera persona asumiendo la voz de Verónica. Logra así sumergirse en
el mundo de los sentimientos y amistades femeninas, sus conflictos y el contexto que los rodea.
Interesante lectura de verano. No había leído nunca antes un libro de este autor peruano que hizo su tesis doctoral sobre Onetti, y me gustó.

María Esther de Miguel y yo



La novela de María Esther de Miguel "El General, el Pintor y la Dama" provocó una lenta pero imparable movilización de algo anquilosado en mi interior. Ella vivía en una pequeña ciudad de Entre Ríos y la novela transcurría allí, río por medio con mi país, en épocas en que estos territorios eran una sola nación aunque ya los políticos nos habían dividido. Se entretejía el relato con la historia de próceres argentinos, artistas uruguayos, geografía litoraleña y costumbres de dos orillas.
El General vivió a escasos cincuenta kilómetros de mi ciudad y había construido un palacio con lago y todo, que se conserva hasta hoy para paseo de visitantes. Retenía en mi recuerdo infantil la habitación donde había sido asesinado, la que mantenía, no sin cierta morbosidad y protegida por un vidrio, la huella de su mano ensangrentada sobre la puerta, la máscara mortuoria y el recorrido de los asesinos a caballo que mataron y huyeron. La figura de una niña en cera, tan real, sentada al piano en el salón de cristal era el otro recuerdo con que encaré la lectura.
El General Urquiza fue hombre de acción, caudillo vano que se enfrentó al poder central con igual suerte que la de todos los que lo intentaron antes y después. Creó un reino con castillo, princesas y amante y reinó con rigor varios años a ambos lados del río, convencido que la tecnología era la puerta del progreso y murió, en manos de los suyos, en una vuelta más de la interminable noria de traiciones que jalonan la historia de América Latina.
El pintor de la novela, nuestro Pintor de la Patria, aún sin gloria y sin haber pintado ni "El Desembarco de los 33 Orientales", ni el retrato de Artigas en la Ciudadela, ni siquiera el estremecedor "Fiebre Amarilla", tuvo que huir de Montevideo por haber cometido la infamia de enamorarse de mujer ajena. Huyó hacia el Salto y encontró empleo de pintor en el palacio del Señor de dos Mundos, el General, que lo contrató para que registrara sus triunfantes campañas militares. Blanes se instaló en el Palacio, y cuadro a cuadro fue contando la historia de los vencedores para armar una galería que hasta hoy decora el comedor. Nuestro apasionado pintor, preso de nuevo de sus ardorosos instintos, tuvo que abandonar tan palaciega residencia y huyó rumbo a Italia, protegiendo su pellejo de la furia del General al que tampoco le gustaba que le "soplaran la dama". Si bien vergonzosa, esa huida fue providencial ya que en Italia pudo estudiar arte, sin lo cual no hubiéramos tenido nunca un Pintor de la Patria, a la vista de los cuadros del comedor. Y de damas ni hablemos. El pintor trataba con igual generosidad a las señoritas de familia a quienes retrataba, como a las modelos que contrataba con cama adentro para desarrollar su arte experimental, dejando a su paso un derroche de cuadros de variada calidad, amantes despechadas y maridos resentidos.
En Uruguay cada escuela tiene un Artigas de Blanes presidiendo el patio o el salón de actos. Los cuadernos de clase tienen en la tapa el Desembarco de los 33 y en cada fecha patria revivimos su versión del gaucho en los disfraces de los niños. El viejo menudito, con mirada severa, al que podíamos imaginar en un andamio pintando el Desembarco de pared a pared, se presentaba en una nueva dimensión de ardiente sabandija y sobreviviente sagaz, que no dudó (o dudó, ¿quién sabe?) en alterar la realidad de las batallas con tal de complacer a su empleador.
Leí el libro de María Esther casi de un sorbo. Estaba todo aquí, tan cerquita, en el Palacio y en el mismo pueblo al que el General trajo, también por esos años, emigrantes suizos, entre los que se encontraba mi primer antepasado, para poblar la Provincia. Yo había pisado las mismas baldosas del Palacio traídas de Francia, había visto y estudiado cada cuadro del Pintor e incluso, en un descuido del guardián del museo, tocado el lienzo del retrato de la Dama para confirmar que el encaje del vestido sólo estaba dibujado. Pensé en las hermanas Brontë aisladas en sus acantilados, pensé en María Esther en su pequeña ciudad litoraleña, pensé en mí, también aislada. Me maravilló esa mujer que me miraba desde la solapa del libro como una abuela dulce y que había logrado, al pintar su rincón, como decía Rilke, escribir la novela más leída del año.
Quise reandar sus pasos. Volver al Palacio, mirar los cuadros del comedor con los ojos que me había agrandado la novela, caminar de nuevo sus salones percibiendo los ecos de los cascos asesinos, el ruido de las organzas en el andar las muchachas, los cantos de los esclavos trajinando en el patio de atrás y los gritos del caudillo intuyendo su fin. Los jardines copiados de algún castillo francés, se rebelaban con el salvaje desorden de nuestra naturaleza y por sus senderos andaba el Pintor espiando entre los rosales a su futura amante. Paseamos por el parque en volanta de caballo hasta el lago artificial que el General había construido cuando aquello era el centro del mundo y él gobernaba toda la Argentina sin pisar Buenos Aires. El lago es un gran hueco en el terreno, pero el resto del palacio parece cristalizado en el tiempo con sus paredes rosadas de sangre y cal, sus estatuas de mármol entre los árboles nativos y su mobiliario europeo. La niña de cera, con la peluca algo apolillada, sigue tocando el piano en el salón de espejos y desde el comedor, los enormes cuadros de mala perspectiva cuentan las glorias del General.
Quise conocer a María Esther, contarle que yo también quería escribir, que me había apasionado la minuciosidad de su prosa y la franqueza de su investigación histórica. Busqué su dirección en épocas de escaso correo electrónico e imaginé escribirle cientos de cartas. ¿Le adjunto algún cuento mío? Bueno, sí, pero tengo que terminar alguno. ¿Cuántos aspirantes a escritores le pedirán consejo? Seguro que muchos; tal vez la moleste. ¿Y si busco alguna presentación en público y le pido que me firme un ejemplar del libro? Sí, eso parece mejor, pero ¿si voy a su Universidad y trato de hablarle? Los meses fueron pasando. No terminaba ningún cuento y no avanzaba en ningún escrito que confirmara, más allá de mi manifiesta voluntad, que yo fuera algo parecido a un escritor. Pero pensaba que, en cualquier momento, cruzaba el río y me encontraba con ella que leía mis escritos y descubría mi talento sin par. Mil veces lo imaginé y nunca lo hice, aunque con dificultad he intentado avanzar en la escritura. Hace unos años pregunté por ella porque hacía tiempo que no publicaba. Me dijeron que había muerto.
Publicado en Revista Hipoética. Diciembre 2010

martes, 18 de enero de 2011

340.Chimuela


El día que murió María Elena apareció caminando bajo el sol del mediodía. Por el medio de la calle de balastro parecía una piedra a punto de ser pisoteada por una 4x4 de estación.
Los primeros días la cobijaron las nenas chicas de la familia y aunque Manuelita era lo natural, la llamaron Chimuelo, sin saber qué quería decir esa palabra ni el sexo que tenía. Después averiguamos ambas cosas.
Luego de cinco horas de viaje adentro de una caja, la esperaba Paysandú con sus más de 40 grados.
La pusimos en el pasto y se quedó quietita. Parecía haber perdido la energía de días anteriores que desmentía la fábula de lo lentas que son las tortugas. Ahí quedó, sobre el pasto y a lo oscuro. A la mañana siguiente seguía en el mismo lugar. Y el resplandor anunciaba más calor. Jorge agarró una jarra, la llenó de agua y se la echó enterita por encima de la caparazón. Chimuela asomó la cabeza, se sacudió como agradeciendo y retomó su caminata. A buen paso, entre las plantas y pastos se detuvo a comer flores celestes del jazmín.

(*) La foto es de Alvaro Heinzen

domingo, 16 de enero de 2011

341. Hay 40 grados, nena.

Si alguien ha estado en Paysandú en enero entiende la fuerza de aquella canción de Los Iracundos que decía "Hay 40 grados, nena, me quiero matar", porque no queda otra. En penumbras hasta la noche sobre la baldosa o con el agua hasta el cuello. Y esperar que pase el mormaso. Cualquier otra gesto es heroico.

sábado, 8 de enero de 2011

Ojos azules. Arturo Pérez- Reverté

En 35 pequeñas páginas Pérez Reverté retrata con pasión y minuciosidad "la noche triste", aquella en que los españoles de Cortés abandonan Tenochtitlán y son atacados por los aztecas. A través de un soldado común y de un minuto de decisión en su vida, el autor profundiza en la tragedia de esa noche, pero sobre todo en las implicancias del encuentro de dos mundos y en sus consecuencias: codicia, valentía, esclavitud, prepotencia, mestizaje, lealtad y traición son tratados con tanta maestría por las letras de Pérez Reverté como por el trazo de Sergio Sandoval que ilustra el relato en forma maravillosa.
Excelente. Como un bombón: un pequeño bocado exquisito.

viernes, 7 de enero de 2011

Chiquita. Antonio Orlando Rodríguez

El libro cuenta la biografía novelada de Espiridiona Cenda, una enana liliputiense cubana de 26 pulgadas, que triunfó en el vaudeville a comienzos del siglo XX. Caracterizada como la muñeca viviente Chiquita conquistó los escenarios de Estados Unidos y Europa y fue protagonista de varios de los acontecimientos políticos y tecnológicos que caracterizaron el comienzo del siglo.

La novela fue premio Alfaguara en 2008 y debo decir que a mí no me gustó. Creo que es muy abarcativa y por su extensión pierde en credibilidad y profundidad. La investigación del autor es exhaustiva pero no era necesario que la pusiera toda. Prefiero plegarme a una frase que citaba Borges: comprendiendo un momento de la vida de un hombre, podemos comprender toda su vida.

El personaje es interesante, la novela no. Claro que mi opinión no coincide con el jurado de Alfaguara, pero eso es harina de otro costal.

jueves, 6 de enero de 2011

342. Día de Reyes

Mañana de Reyes sin niños, ergo una mañana de verano como cualquier otra en las vacaciones.
Antes, cuando mis hijos eran niños, ver sus caritas frente a los juguetes en el salón de la casa de la playa de los abuelos, ha sido de los momentos irrenunciables. Convencerlos de que lo que les habían dejado era igual a lo que ellos habían pedido, no tanto.
Cuando nosotros éramos niños amanecíamos más temprano que nunca y casi siempre era mi hermana menor la que me despertaba porque se "escapaba" antes para comprobar si estaban los regalos. Era de las mañanas más felices. Recuerdo la moto que le regalaron a mi hermano, un año. Extraña, como un navío encallado en el medio de la sala. Recuerdo otro año en que pusieron los regalos al lado de cada cama en lugar de llenar la sala y al bajar pisé una cuna de bebé. Esa vez no hubo desparramo general. Pero el recuerdo imborrable es la cachila que pedí año tras año. Una cachila verde con capota de lona negra, igualita igualita a las de verdad con pedales para subirse y andar. Varios años seguidos la incluí en la lista. Nunca me la regalaron, pero un año al salir a la vereda a mostrar los regalos a los amigos vi al vecinito de enfrente pasar pedaleando en "mi" cachila. Entré corriendo a casa gritando "¡Mamá, mamá, los Reyes se equivocaron! Tenía entre asombro y alegría porque, después de todo, era la vez que la tenía más cerca. Pero mamá no me dejó cruzar a explicarle al vecino el equívoco.

miércoles, 5 de enero de 2011

343. Lotería

Este año el Gordo de Fin de Año se quedó sin dueño. A pesar de los 5 de Oros, las Tómbolas y el Kini, el Gordo es el sorteo de más prestigio. El que se compra entre todos los compañeros de trabajo o el que relega al compañero de trabajo que no es invitado a "entrar". Es con el que sueñan los oficinistas, las amas de casa, los funcionarios y los bomberos. Todos sueñan en cambiar la vida con el premio del Gordo. Y no pocas familias tienen un pariente que sacó el Gordo y les permitió, el viaje de sus vidas, la inversión de sus vidas o, como contaba papá, los mejores zapatos de su vida.
Bueno, este año el Gordo no tuvo dueño. El número no entusiasmó a nadie y fue devuelto sin vender. Quedó colgado en la vitrina de la agencia de un barrio rico, guiñándole sus dos ceros a los que pasaban, pero nadie entendió.

martes, 4 de enero de 2011

344. Lecturas

En 2010 leí menos. Tuve menos capacidad de concentración, estuve más urgida con el trabajo pero sobre todo, creo, que al viajar de noche cuando volvía de Mdeo. hizo que el cansancio me venciera antes y no avanzara en la lectura.
Lo mejor: Caín de Saramago.
Lo peor: La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón

lunes, 3 de enero de 2011

El lenguaje del abanico


Estoy leyendo la novela "Chiquita" de Antonio Orlando Rodríguez, que tiene el llamador de haber sido premio Alfaguara 2008, pero no mucho más. Encontré documentado el lenguaje del abanico y con esto de las hormonas, el calentamiento global y las latitudes he decidido volver a él como método instantáneo y portátil de refrescamiento. Además, por aquello de Darío: "bajo el ala aleve del leve abanico", que me marcó por siempre.
Y se traduce:
Acariciarse la mejilla: Te quiero
Apoyarlo en la sien y mirar hacia abajo: Pienso en ti noche y día
Apuntar el corazón: Te amo con locura y no puedo vivir sin ti.
Tocarse la punta de la nariz: Algo me huele mal, ¿estás siéndome infiel?
Apartar los cabellos de la frente: No me olvides.
Dejarlo caer al piso: Te pertenezco
Acercarlo a los labios cerrado: Bésame.