lunes, 27 de junio de 2011

Gentileza teutona

En Berlín tomamos el sightseeing bus para tener una idea general de la ciudad y poder elegir a qué lugares nos íbamos a dedicar con detenimiento. El día pasó intenso y sobre las 6 de la tarde nos entró la duda de si ya había pasado el último. Entré a una de las oficinas de turismo donde venden los pasajes del bus y me dirigí a la señora que estaba detrás del escritorio. Good afternoon, le dije, Could you please tell me if the 6 pm bus is the last one we can take today? o algo similar, en inglés y gentilmente. La mujer, una señora madura y robusta de cachetes colorados me miró sonriendo y comenzó entusiasta un discurso en perfecto alemán. Intenté pararla más de una vez pero ella continuaba explicándome todo el sistema de hip on hip off de los ómnibus, los recorridos y la validez de los pasajes. O me lo supuse, porque no entendí ni una palabra. "Perdón", le dije cuando logré que me escuchara, "pero yo no hablo alemán".
"Bueno", me contestó, "usted tampoco me preguntó si yo hablaba inglés".

sábado, 25 de junio de 2011

Berlin II o los efluvios del imperio






El Berlín imperial, el de las glorias prusianas, el de los edificios de Schinkel que Hitler quiso igualar, quedaron en el sector este de Berlín. La puerta de Bradenburgo, la avenida de nombre poético como verso de Schiller (unter den Linden), la Isla de los Museos, la Universidad Humboldt, la catedral de Berlín, que nunca albergó a un obispo porque no es católica aunque lo parezca. Todo detrás del muro.
En la vitrina de occidente construyeron un centro cultural, el Kulturforum en el Tiergarten, para que el Este no monopolizara la cultura. Allí, la Berliner Philarmonie es la sala de conciertos donde Herbert Von Karajan reinó como director principal durante tantos años.
Pero el núcleo cultural de Berlín es la Isla de los Museos, una isla del río Spree que atraviesa Berlín y qué, por iniciativa de varios reyes prusianos, fue albergando museos con colecciones de arte, hoy Patrimonio de la Humanidad. Berlín tiene 365 museos, difícil tarea la de abarcar tanta maravilla. Elegimos ir al Museo de Pérgamo, que es un museo al revés, porque el edificio no fue construido para albergar obras de arte, sino que primero se trajeron las obras de arte, y después, a su alrededor, se construyó el edificio, así que uno traspasa la puerta y entra en un templo helénico, o en un mercado romano. Lo más impresionante, de todos modos, es la puerta de Ishtar, trasplantada desde Babilonia a las márgenes del río Spree con todos sus 14 metros de altura y 10 de ancho y sus ladrillos azules de lapislázuli, sus relieves mitológicos y sus diseños. Uno se imagina a Nabucodonosor recorriendo la avenida de los leones rumbo a la puerta para acceder al templo de la diosa Marduk para celebrar el año nuevo. Y no atina a saber si siente admiración por el trabajo de reconstrucción o ira por el despojo. Igual que lo viví en el Louvre. Leo que hoy entre las ruinas de las murallas de Babilonia en Irak se encuentra acampado el 155º Regimiento de Combate del ejército de Estados Unidos.


sábado, 18 de junio de 2011

Berlín y las cicatrices de la historia






Berlín es una ciudad traspasada por su historia reciente. Los berlineses no habían terminado de entender que habían perdido la guerra que los iba a llevar a liderar el mundo cuando tuvieron que asimilar que habían sido cómplices de crímenes atroces. Entonces encararon la tarea de reconstrucción al tiempo que se volvían protagonistas de la nueva guerra mundial, la Guerra Fría, que mantuvo al país dividido por más de 30 años.
Y un muro en el medio de la ciudad separó a padres e hijos en una noche. Me conmueven las historias personales, como la del padre que volvía de trabajar del lado oeste con su hijo chico y no pudo llegar a la casa. A través de la alambrada se despdió de su mujer y le dijo que le iba a mandar dinero. El niño lloraba. Quería quedarse con la madre pero los soldados no lo dejan pasar si no pasa también el padre. El bebé llora delante del alambrado y extiende sus brazos. Un soldado del Este, conmovido, abre la alambrada y ayuda al niño a pasar con su madre. El soldado es dado de baja. Vi la historia en la secuencia de fotos y la del soldado ayudando al niño a pasar se ve por toda la ciudad. Como aquella otra del niño judío que circula frente a tres soldados nazis armados con las manitos levantadas y los pantaloncitos cortos. O la de la niña vietnamita que corre desnuda por una carretera sólo cubierta por llamas. Los registros del abuso en niños como símbolos de lo incomprensible.
Del muro quedan testimonios en varios puntos de la ciudad. Saliendo del centro de Berlín se han conservado unos 3 km que fueron intervenidos por dibujos y pinturas de artistas de todo el mundo y hoy dan testimonio del absurdo. Otro segmento queda frente a lo que fue el cuartel general de la Gestapo, donde han construido un museo estremecedor que se llama Topografía del Terror. En los restos excavados de las celdas y de espaldas al muro montaron una galería de fotos al aire libre. El museo, un enorme edificio de 2005 cuenta con minuciosidad la historia de Alemania de 1933 a 1945 y un poco más. La gente circula entre los bastidores en silencio y en tanto uno asimila lo que ve y escucha se va hundiendo en el pesar de tantas muertes, tantos perseguidos, tanta infamia.
Había muchos grupos de escolares y liceales. ¿Cómo entiende un niño alemán de hoy esa historia? ¿Qué otras historias les resuenan de tíos o abuelos?
La otra cara (o la misma) se ve en el Museo Judío, donde el Arq. Daniel Libeskind hizo una escultura de un edificio. Al lado de un viejo edificio prusiano se levanta un volumen irregular revestido de zinc. Se entra por el edificio antiguo y se accede al nuevo por un tunel subterráneo. Desde afuera parecen dos edificios separados pero están conectados por líneas invisibles, como el pueblo alemán y el pueblo judío.
El edificio nuevo tiene tres corredores o ejes que dirigen el recorrido: el eje del exilio, el eje del holocausto y el eje de la continuidad que termina en la exposición permanente que cuenta la historia de los judíos en Alemania.
El eje del exilio es un corredor que asciende para terminar en el jardín del exilio, que es un cuadrado de hormigón "sembrado" por 49 columnas huecas equidistantes en las que crecen olivos en su interior. El piso no es horizontal y uno sólo ve tramos parciales del espacio. La inclinación del piso genera cierta confusión y mareo, como las sensaciones que acompañaron a los que tuvieron que empezar una nueva vida en países lejanos. Pero es prometedor: se ve el cielo y dentro del hormigón crecen los árboles, pero es incierto y duro también.
El eje del holocausto está escoltado por algunas historias con nombre y apellido contadas por objetos personales. Un paquete que una mujer envió a Estados Unidos a su sobrina unos días antes de ser enviada a un campo de concentración, permaneció cerrado hasta que fue evidente que no volvería a buscarlo. Unas fotos de un novio, artículos de tocador y un anillo fueron las posesiones que la mujer intentó proteger. Termina el corredor en una torre de hormigón de base triangular estrecha y completamente vacía. La única luz natural entra por una hendija de la arista superior del prisma. Una pesada puerta se cierra detrás de uno al entrar.
El eje de la continuidad no tiene nada en las paredes del corredor que conduce a la exposición permanente ubicada tres pisos más arriba. El arquitecto buscó poner en evidencia el vacío que la ausencia de judíos hoy en Alemania ha generado y lo trabajoso que es darle continuidad y por eso se accede a la exposición permanente por una empinada escalera.
La cicatriz del muro recorre la ciudad en una línea de dos adoquines por detrás de la puerta de Bradenburgo, por el medio de la Poszdammerplatz, por delante del museo Bauhaus. Cuesta entender la lógica de los muros de encerrar la vida de los pueblos, de impedirles moverse, mezclarse. No se entiende la lógica de los muros entre México y Estados Unidos, entre Israel y parte de Cisjordania, entre barrios de Berlín.

viernes, 17 de junio de 2011

Holanda III: la Casa de Anna Frank



Si puedo hablar de un libro de cabecera en mi vida, ese ha sido el Diario de Anna Frank. Y no he vuelto a encontrar un libro que me acompañe por años y al que recurra cuando estoy aburrida, contenta o melancólica. No he vuelto a tener una relación de cercanía, casi de intimidad con ningún otro libro. Y he leido muchos. Algunos que por supuesto son mejores que el Diario o incluso más entretenidos. Pero con el Diario, y por lo tanto con Anna, éramos amigas. Compartíamos la complicidad de las siestas, las charlas con Peter mirando el castaño, su rabia hacia Mrs. van Daan (van Pels en realidad), su repugnancia por las coles agrias y su sueño de convertirse en escritora.
Entonces, no podía pasar por Amsterdam sin conocer la "casa de atrás". Materializar las imágenes que estaban en mi mente, sentir la atmósfera, tratar de trasladarme a esos años y por un instante acercarme a aquella niña cercada que también fui yo.
Y allá fuimos. Mientras hacíamos la cola de varios minutos intenté concentrarme en el entorno, en aquellas cosas que podían haber permanecido desde la época de Anna, pero con la conciencia de que ella desde su escondite no había podido disfrutarlas, como el farol de la esquina o las fachadas de enfrente que dan al canal.
Adentro, pude ubicarme espacialmente en el plano, entender donde estaba en almacén, donde las oficinas de la empresa y donde el depósito. Entender que cuando Ana decía que los domingos bajaba a las oficinas qué quería decir y, al fin, me enfrenté con la famosa puerta giratoria camuflada por la estantería.
Y entramos en el escondite de los Frank. Nada coincidía mucho con mi imaginación pero no me sentí defraudada. Me impresionó que esas habitaciones tan pequeñas hubieran podido contener la vida de ocho personas durante dos años. Vacías como están ahora parecen más chicas y tuve que volver más de una vez (con lo difícil que fue andar a contracorriente de los visitantes) a buscar la maqueta que me recordara dónde estaba la cama catre de Margot o la cama rebatible de los van Pels. Una luz mortecina de una bombita que pendía del techo no debería ser muy diferente a la luz bajo la cual Anna escribía en sus cuadernos. Pero la mayor impresión fue sin dudas las ventanas selladas para no ser vistos desde afuera. La constatación de que la mayor parte del día pasaban en silencio y en penumbras. No me había hecho esa idea, tanta vida había en las páginas del diario y tanta energía había en Ana.
Y luego me enfrenté al cuartito de ella, que además debía compartir con Fritz Pfeffer (Dussel en el Diario), un hombre maduro y vulgar con el que no tenía nada en común. Al ver el tamaño del cuarto no alcanza la imaginación para entender cómo entraban las dos camas, el escritorio donde escribía y las otras pertenencias. Sólo quedan en las paredes, sobre el empapelado las fotos de los artistas de cine favoritos de Anna, entre las que distinguí a Liz Taylor y fotos de la familia real de Holanda e Inglaterra. Recortadas con una tijera con trazos imprecisos son las únicas testigos que compartieron las horas con Ana, saben qué pasó durante el allanamiento y han visto desfilar cientos de miles de visitantes de todo el mundo que fueron conmovidos por el espíritu de Ana y traspasados por la tragedia de una época.
Con el baño con su inodoro floreado, que no podían usar durante el día, termina la primera planta de la "casa de atrás", para acceder a la residencia de los van Pels a través de una escalerita muy pero muy empinada. En esa habitación además del dormitorio del matrimonio, transcurría la vida en común de las dos familias. Cocinaban, comían, estudiaban en ese espacio sin luz natural y sólo algo mayor que las anteriores habitaciones. Se siente la atmósfera cargada de malhumor de las cenas compartidas, la electricidad que recorre el espacio ante las discusiones de Mrs. van Pels y Mrs, Frank, el nerviosismo contenido al escuchar los avances de la guerra por la radio.
Y luego en el pequeño cuarto de Peter la escalerilla que conduce al altillo, único lugar en el que ambos jóvenes encontraban paz para sus almas en crecimiento. No está permitido el acceso pero se llega a ver la mansarda por la que se cuela el cielo más azul de Amsterdam.

jueves, 16 de junio de 2011

Holanda II: Openluchmuseum




A pocos kilómetros de Wageningen vale la pena visitar este museo vivo en el que la consigna es “Prohibido no tocar”.

En un parque generoso de árboles y jardines se distribuyen aldeas y construcciones que cuentan la historia de las costumbres de Holanda. Como dice un cartel: si llueve visite las exposiciones, si está cansado tome el tranvía y si no, haga el recorrido a pie. Así que no hay pretexto que valga para no participar. En no menos de tres horas se va pasando por una granja donde los niños pueden ordeñar una vaca de madera con tetas de goma, lavar ropa a mano, sacar agua de un pozo o alimentar a los animales. Sin contar con que pueden subirse a las famosas camas jaulas holandesas, esconderse en los armarios o hamacarse en el sillón de la abuela.

En otro lado se ha armado una aldea marina a la que se llega con un bote antiguo tirado por cuerdas y en la que las mujeres tejen las redes mientras los hombres trabajan en un astillero artesanal como se hace desde hace siglos. Las casas de los ricos y los pobres, las casas del campo y la ciudad, los talleres de telares o de muebles, la estación de trenes, los molinos, están todos disponibles para acercar la vida de los antepasados y sus tecnologías y darles continuidad con el presente del país.

Y las tiendas abiertas al público también venden golosinas de las abuelas, juguetes hechos a mano, tortas caseras y jugos de frutas. Es un viaje en el tiempo para volver a andar en monopatín, ensayar con el aro o andar en bicicleta de una rueda o en manomóvil. También se puede probar puntería con un arco medieval o cocinar de verdad recetas de mamá.

Algunas casas son originales y fueron desmontadas de su emplazamiento y re armadas en el parque. El jardín de plantas medicinales y una vieja aphoteek (farmacia) donde se muestra el instrumental con que secaban, molían y procesaban las plantas para obtener las medicinas y los extractos espirituosos me atrajeron en particular, tal vez por cierta desviación familiar.

La primera parada del tram es una muestra de “cosas viejas” que explica el espíritu del museo e invitan al público a hacerles llegar todo lo que esté por descartar. Entonces ya están en el museo los cassettes y los walkman, los tocadiscos, el arado a mancera, los muebles de la casa de mis padres y las valijas de cartón, pero tan bien exhibidos que cada uno es capaz de contar su propia historia. Y también las colecciones personales, como la de alcancías que donó un apasionado banquero; o la otra, tan absurda en si misma, de bolsas de papel de los aviones, pero que el museo logró realzar al colgarlas del techo de un trozo de fuselaje como de los de verdad.

Fui con dos niños de cuatro años y se divirtieron desde que llegamos hasta que nos fuimos. Muy recomendable.

martes, 14 de junio de 2011

Holanda I.




Holanda desde el aire parece un puzzle armado sobre una mesa en el que los relieves sólo se intuyen por el cambio de colores. Ya desde el aire es perfecta.

Y viniendo del Africa impone cierta distancia. La perfección no me conmueve, tal vez me maraville, no sé. Pero en un principio me incomodó un poco.

Wageningen es una ciudad universitaria espaciosa, verde y moderna con no más de 40.000 habitantes. Y uno la recorre entre bosques recortados por calles señalizadas con extrema prolijidad y casas y jardines pequeños y cuidados. De pronto, de los bosques cruzan bandadas de jóvenes en bicicleta, todos rubios y altos como walkirias en procesión. Tienen un idioma muy difícil pero como todos hablan inglés la comunicación es fácil y la gente amable, aunque algo inexpresiva. En Wageningen todo está claro y parece fácil y todos parecen vivir bien sin extremos ni ostentación.

Desde el 2006, está pasando de ciudad universitaria con edificios en distintas localizaciones a un campus donde se han concentrado los edificios y laboratorios de primer nivel, como el Atlas de Biotecnología construido por Vignoli, el uruguayo que también diseñó Carrasco y que en su envoltura de red algo se parece al estadio chino. O el Ayax, portador de, toda la tecnología de sustentabilidad energética así que lo que aparenta un piso superior de madera es un tanque de agua que en verano se calienta con el sol y se usa en el invierno como calefacción. El concepto es centralizar las edificaciones y así hay un gran aulario para todos los institutos y una maravillosa biblioteca donde es un gusto trabajar. Porque también trabajan allí muchos docentes de horario libre o de laboratorios a los que se les ha sacado de las oficinas para pasar a un sistema de planta flexible en el cual la Universidad te provee de laptop y celular y uno trabaja en cualquiera de los múltiples lugares públicos o semi públicos que hay. Very interesting.

Amsterdam es otra cosa, pero las hordas de turistas enmascaran su verdadera identidad. Posiblemente para descubrirla se requiera más tiempo. Pero se la intuye única. Atrae su fama de ciudad libre, en la que todo es posible, más viniendo de un país donde el debate por el consumo libre de marihuana está candente. Hay que verlo. Y ver las chicas detrás de las vitrinas en el Red Light District vendiendo sexo legal y limpio. Y hay que ver el Museo del Sexo porque es el más antiguo, aunque el de Paris sea mejor.

Dentro de cierta algarabía y cientos de turistas, diría que es un relajo con orden. En los coffee shop te venden marihuana dosificada según tu experiencia pero no alcohol y las bicicletas siguen circulando con prioridad por las callecitas del Distrito Rojo. No hay drogadictos tirados en las calles pero el olor a marihuana está en todos lados y el humo te nubla los ojos. Las chicas que se exhiben se ven muy jóvenes y son hermosas. Más en la periferia las mujeres son más viejas y sufridas.

El resto de Amsterdam es más tranquilo. Ya al otro lado del canal sobre la avenida Damrak que va hacia la Plaza Dam la fisonomía cambia. También es otra en el Museumplein donde, entre parques, se pasa del Museo Van Gogh al Rijksmuseum.

Y es otra también desde el agua donde la atmósfera se refresca y el silencio de los puentes se quiebra sólo por el ruido de las lanchas y el timbre de las bicicletas. Es otra mirada, la de las casas flotantes, la de los canales estrechos, la del Amstel que llega al mar.

316. Guarulhos y el Puyehue

Guarulhos está a medio camino entre un caos y una fiesta. A los cientos de pasajeros varados se sumó ahora la hichada y el propio equipo del Santos que va a Montevideo a jugar con Peñarol. El equipo ya partió. Fue el único avión que ha salido. Ese y otro con unos argentinos que le armaron piquete a Iberia y luego de una asamblea con micrófonos y cánticos lograron que les habilitaran un avión hasta Porto Alegre y un ómnibus a Buenos Aires. Y pusieron condiciones.
La hinchada de Santos está acampada frente a PLUNA con la bandera de techo.
Los argentinos no se distinguen mucho de los uruguayos pero son más ruidosos. Ahora mandaron a cuatro de la Policía Federal para que todo se mantuviera tranquilo. Podremos partir? Eu acho que no.

viernes, 3 de junio de 2011

La noticia que explica los tiros


En el mes de abril hubo elecciones en Nigeria. Un proceso complejo que implicó 3 elecciones en fines de semanas consecutivos durante los cuales, los 150 millones de nigerianos eligieron presidente, gobernadores y legisladores.
El lunes pasado fue la asunción de los electos y las transmisiones de mando. El gobernador de Oyo State, cuya capital es Ibadan, no fue reelecto y por lo tanto tampoco sus compromisos con los sectores de poder. Entre ellos el Sindicato del Transporte urbano, que son los dueños de los millones de microbuses que corren por la ciudad y que suben hasta 15 pasajeros en vehículos para 11. Y que pagan peaje obligado en los retenes policiales.
El lunes se enfrentaron en el cruce de Oyo road con Iwo road (ahí nomás, a la salida) dos fracciones del Sindicato: los que apoyaban al gobernador saliente y los que festejaban la llegada del nuevo. El lío comenzó entre ellos y luego llegó la policía, según dicen "para garantizar la seguridad de la población", aunque los partidarios del gobernador entrante aseguran que vinieron en apoyo de los otros. Saldo final: 8 muertos y 15 heridos, entre ellos 3 policías. La policía dice que fueron los del Sindicato pero las armas que incautaron no explican la matanza (machetes, hachas y alguna escopeta) ni que siguieran a los tiros al día siguiente cuando los dirigentes ya estaban presos.
El diario da cuenta de otro país que el que yo he vivido. Uno lee las noticias y aparece el Estado, el poder político, las instituciones. La transmisión del mando fue "una fiesta de democracia" y el presidente (que se llama Goodluck, por suerte) confirmó a su gabinete y se sacaban fotos las primeras damas. Mientras tanto en Abuja explotó una bomba que mató a 40 e hirió a 13 y se produjo esta rebelión en Ibadan con las consecuencias ya sabidas. Goodluck Jonathan! (más que eso vas a necesitar).


miércoles, 1 de junio de 2011

Esta vez fueron tiros.

Rumbo a Lagos para tomar el avión por Oyo road, a la salida de Ibadan vimos gente huyendo en estampida. "¡Ahí fue!", gritó el milico que venía con nosotros. Se caló la metralleta, le sacó el seguro al arma con un ruido estremecedor y sacó el caño por la ventanilla.
Llegué a ver la pelada de un hombre que corría y se escucharon 3 disparos.
¡Abajo, abajo!, gritó el chofer. Desde el fondo de la camioneta sentía correr y gritar a la gente. Jorge me apretaba la cabeza.
No entendí bien la explicación, sólo que en ese mismo lugar el día anterior habían matado a 3 policías los partidarios del gobernador que el domingo tuvo que entregar el mando porque perdió las elecciones en abril.
Ayer a la tarde, al menos dos hombres armados seguían disparando indiscriminadamente.