domingo, 24 de julio de 2011

Glotonería

Hay un sonido profundo, largo, como una queja sorda. Al principio es apenas audible, como si fuera el telón de fondo de tanto ruido callejero. Después aumenta su intensidad y no puedo ignorarlo. Parece que alguien gime. Presto atención. Dejo sobre la mesa los platos que acarreaba, levanto la cabeza y trato de identificar de donde viene el sonido. Parece venir de afuera. Igual que el rayo de luz que se cuela por los postigos se mete el quejido en mi cabeza. No sé si aumenta su volumen o soy yo la que lo oye por encima de los otros sonidos que se diluyen. Luego parece ceder. Ya no se escucha. Y de nuevo, apenas una queja, difícil de identificar entre la gama de sonidos del día que vuelven a hacerse significativos. Me despreocupo por instantes, parece haber cedido y continúo con mis tareas. Pero al rato comienza a aumentar el volumen de aquel quejido prolongado, como de un alma en pena. Intento por segunda vez identificar su origen y me dirijo hacia la puerta del patio segura de que viene de afuera. La entreabro y el resplandor que se mete por la ranura me enceguece por un instante. Con cautela, casi con sigilo voy sacando el cuerpo hacia afuera sin saber con qué me voy a encontrar. Cuando mi vista se acostumbra a la luz del mediodía recorro el jardín buscando algo que me identifique la fuente del sonido que ya se me ha metido bajo la piel y hace latir mis sienes al ritmo de aquella respiración pesada que crece y cede, crece y cede.

Contra el muro, al fondo, detrás del árbol viejo sobre el suelo distingo apenas un bulto oscuro que se agita al compás del quejido imperturbable. Me acerco con cuidado, como midiendo los pasos y me enfrento al vecino del fondo, caído, lastimado, con los ojos cerrados y la cara vuelta contra el muro. Una de sus piernas forma un ángulo inverosímil. Me sale en un grito: "¡Don Cosme!, ¿qué le pasó?". "Disculpe vecina", me contestó, "pero me tentaron sus ciruelas".

Publicado en Revista Hipoética. Nº 21. Mayo 2011.

martes, 12 de julio de 2011

Los puentes de las Brujas





Brugge en flamenco quiere decir “puente” por lo que sorprende el hechizo de la traducción. Para un latinoamericano la fisonomía de la ciudad es de cuentos infantiles, así que desde cualquier esquina o cualquier ventana uno espera ver aparecer a Hagrid, Genoveva de Brabante o incluso Papá Noel. Y eso que no nieva.

La declaración de Patrimonio de la Humanidad fuerza a que las fachadas en escalera, los canales, los puentes y las plazas se conserven con prolijidad prusiana y se alegren con flores los balcones, fuentes y zaguanes. Los faroles llevan canastas de flores al cuello. Las ventanas collares de flores en los pretiles. Los castillos y mansiones hunden sus pies en el agua y se prolongan en terrazas con embarcaderos de madera.

Manadas de turistas sedientos de imágenes disparan sus cámaras en una era en la no hay restricción en la cantidad. Click, click, click, cientos de disparos perpetúan los momentos pasados allí o apenas insinuados.

Un perro adormilado mira desde la ventana pasar un trencito de patos por el canal. El aire se siente fresco y huele a limpio entre los sauces que acarician el agua. De los 20 km de canales sólo recorremos 5. Unos nadadores completan el recorrido de un triatlón por las aguas del canal entre los cisnes y el frío.

En una plaza remodelada me tomo una cerveza de frutas que se llama “Muerte súbita”.

lunes, 4 de julio de 2011

315. Diario de Ana Frank


Como impostergable, volví a leer el diario de Ana Frank. Ahora, con la mirada de la adultez y mis veleidades de escritora hago otra lectura que se superpone al recuerdo pero lo empalma. Revalorizo el texto de una niña de trece años en la primera mitad del siglo XX.
Y me hubiera gustado tener el libro más presente cuando estuve en la Casa de atrás. Ahora me entran las dudas y se me mezclan los espacios. Pero la magia de internet me auxilia y la visita guiada a la casa en 3D en la página del museo, me aclara cualquier duda. Y lo vuelvo a disfrutar.

sábado, 2 de julio de 2011

Gante, la desconocida.





  • De Bélgica uno escucha de Bruselas, ha oido de Amberes por su valor estratégico y de Brujas por su belleza. Tiene además la referencia de la abuela de los gobelinos de Bruselas y de los encajes y chocolates de Brujas, pero menos se escucha de Gante. Sin embargo, allí nació Carlos V, en la confluencia de los ríos Leie y Escalda, y por eso en flamenco se llama confluencia (Gent que proviene de ganda). A media hora de Brujas o de Bruselas es un buen punto para establecer el centro. En torno a la Universidad de Gante viven unos 45.000 estudiantes que se suman a los 200.000 habitantes de la ciudad.
  • Su esplendor medieval se observa en la plaza resguardada por el Belfort, la Opera y la Catedral de San Bavon, donde se puede visitar el retablo en doce piezas "El cordero místico" de los hermanos van Eyck de 1432 y el púlpito que representa el árbol de la vida y que fue declarado Patrimonio de la Humanidad.
  • El Belfort es una enorme torre de 95 metros que los gremios construyeron frente a la iglesia para contraponer el poder laico al religioso. Se puede subir hasta el campanario donde una gran campana, la Roeland, y cuarenta campanas menores suenan al ritmo de un carrillón de bronce con 17.000 orificios cuadrados que permiten cambiar la melodía según la ocasión. Cada quince minutos suena un minuto. La ciudad se desparrama a los pies de esta torre donde se impartió justicia en otros tiempos. Como una maquette de exposición se ven las callejas medievales y los tranvías siglo XXI.
  • Amadeus es un restaurant art déco donde se come sin restricción costillas de cerdo con salsa dulce. Una lata vieja de café en el centro de la mesa me cuestiona antes de empezar. El mozo trae una botella de dos litros de vino y cuatro platos con costillas de cerdo. Sin preguntar. Se comen las costillas con la mano y los huesos se van tirando dentro de la lata. Y el vino va bajando en la botella y las costillas aterrizan en los platos hasta que uno dice basta. Al irse la botella de vino se coloca al lado de otra graduada para cobrarte la diferencia.
  • El castillo Gravensteen o Castillo de los Condes quedó aprisionado por la ciudad. Me gusta imaginarme la vida cuando ahí vivían los padres de Carlos V y venían los campesinos a comerciar sus productos en el patio. Hoy luce diferente. Bajo la lluvia que arrecia por momentos se trabaja en la preparación de una fiesta de estos tiempos. Una carpa para quienes preparan las comidas en el patio dificulta el acceso al gran salón de los caballeros donde será el banquete. Por el otro lado se ingresa a una sala del castillo en la que se exhiben espadas enormes y asfixiantes armaduras que remiten al sacrificio de portarlas. Donde eran los aposentos de las damas hay una muestra de instrumentos de tortura. Leo que el castillo también fue prisión. El hijo del último verdugo de Gante donó a la ciudad las cuchillas con que el padre cortaba manos o pies a los penitentes. La piedras de los muros encierran las cadenas, los dispositivos de torsión, los tornillos del garrote y los chalecos y máscaras de contención de los epilépticos con la frialdad de su naturaleza. En los niveles inferiores las celdas y los depósitos de agua y en los superiores las atalayas que permitían controlar la llegada de los enemigos a lo lejos. Antes. Hoy se ven los tejados de la tienda de waffles de la vereda de enfrente.

Belgica o un país por tres.




Flandes al norte y Valonia al sur se disputan los nacionalismos. La región alemana es apenas una seña. Bélgica se escurre entre las regiones y el vacío de identidad nacional lo llena Europa con la sede política de la Unión Europea en Bruselas, capital de Bélgica y de Flandes, la que ha sido casi cooptada por los valonios que son el 85% de su población.
La disposición de obligatoriedad bilingüe se cumple sólo en los carteles porque en Bruselas casi nadie habla flamenco.
- ¿Qué mantiene unida a Bélgica, entonces? -le pregunté a Iván. Y me respondió:
-Bruselas.
-Y el rey. -agregué.
- No, creo que es Bruselas -me respondió con seguridad-. Los valonios la necesitan porque es la ciudad cercana más importante y de hecho se la han ido quedando, pero para nosotros es la capital de Flandes.
Hace un año hubo elecciones pero no han podido conformar el gobierno federal. Nadie se preocupa porque las provincias tienen su gobierno y avanzan. "Pas de gouvernement? Profitons- en!" (¿No hay gobierno? ¡disfrutémoslo!), decía un graffitti en un muro. Esa parece la tónica. Una familia real que se rebela al control parlamentario de sus vidas y un país federal sin gobierno nacional.