martes, 30 de octubre de 2012

228. Del muro de Deborah

‎"El pastor se acercó a la hoguera donde la noche anterior habían quemado a la bruja. De entre las cenizas todavía tibias rescató un hueso largo, ennegrecido, que luego ahuecaría con paciencia para poder soplar por él y sacar música. Cada vez que salía melodía del agujero del hueso, un monasterio, en algún lugar del mundo, se incendiaba. Cada vez que el instrumento del músico sonaba, una monja cedía a la tentación. Era un fuego dulce, que miraba desde lejos la apariencia de las cosas y las convertía a su danza, crepitando" R. Courtoisie

domingo, 28 de octubre de 2012

229. Camino a la escuela.


¿Te acordás, hermana, qué tiempos aquellos?, pregunta María Elena Walsh, parafraseando a Gardel. La radio hace sonar esa canción mientras vacío la biblioteca de mi madre. ¿Te acordás, hermana?, me pregunto yo parafraseando a María Elena, en tanto intento clasificar las pilas de fotos y recortes que salen de sobres amarillos, carpetas de cartón y cuadernos manuscritos. Fotos de cumpleaños, fotos de la escuela, fotos de vacaciones en blanco y negro y con sello de fotógrafo sobre la cartulina blanca.
¿Te acordás, hermana? El inicio de clases fue una fiesta. La emoción de empezar la escuela de los niños grandes, la de tu hermano mayor, no te tenía quieta. Habías mirado con ansiedad la túnica blanca y el moño azul,  colgados en una percha en el armario durante días. “Imita los colores de la bandera”, te dijo el abuelo cuando te sorprendió observando ese flaco fantasma. El moño azul, bien planchado, que en la foto se ve en prolijo paralelismo con el piso, poco duraba en su lugar y al poco rato se torcía en un ángulo que imitaba tu sonrisa. Sonrisa no, carcajada abierta y franca, carcajada desdentada. ¿Te acordás, hermana? Todo te divertía, pero en clase había que apretar los labios y aguantar la risa y entonces la sangre te calentaba las mejillas. Con la cabeza metida entre los hombros tratabas de esconder detrás de la mano la carcajada que se escapaba en cada poro. ¿Te creías que engañabas a la maestra? Ella sabía que no podía con ese exceso de energía en forma de niña. Ese torbellino de alegría con dos colitas. Y se hacía la distraída. Pero el primer día de clases no sabías que todo eso vendría. Ese primer día de clases sentías el alboroto en la barriga y caminabas a los saltos apretando la mano de mamá. Tu hermano iba al lado, también con su túnica almidonada y con mucho menos entusiasmo porque ya estaba en tercero y tenía claro que se le terminaban las tardes de libertad en el campito y en el río. ¿Te acordás, hermana? Con su gesto te decía, mirá que no vas a una fiesta, vas a la escuela.
Al llegar, la vereda parecía una kermese. Montones de niños vestidos de blanco acompañados por padres, madres, tíos y hermanos. Una romería. Los más grandes se separaban de sus acompañantes y se metían en el patio para juntarse con los amigos del año anterior que, tal vez, hacía meses no veían. Los más chicos esperaban con sus padres el sonido de la campana. Algunos no se aguantaban quietos, como tú. Otros lloraban. Como Violeta, que después fue tu amiga toda la vida. La viste por primera vez escondida detrás de la pollera de su mamá y pensaste que se había lastimado porque no entendías que alguien llorara por entrar a la escuela. Te acercaste y le preguntaste qué le pasaba. ¿Te acordás, hermana? Después, tu madre, con esa manía de registrar todo, llamó a tu hermano, los paró uno a cada lado del busto de Artigas y le pidió al fotógrafo que los retratara. Justo antes que tocara la campana. Y así quedó tu risa desdentada congelada para siempre.

martes, 23 de octubre de 2012

230. Diluvio universal by Hollywood

I. La lluvia caía como una cortina de caireles. Las ráfagas azotaban polleras y paraguas y por los cordones escurrían los desechos. Un barquito de papel zozobró en una boca de tormenta. Miró calle arriba buscando al niño. Sólo vio gente con la cabeza baja, contra el viento, con el paraguas como escudo. El agua le golpeaba las piernas y  en minutos el pantalón se le confundió con la piel. Apenas avanzaba. A lo lejos, en el semáforo, divisó la luz roja de un taxi libre. Sin pensar que iba a dos cuadras de distancia ni medir la circulación por la calle contraria se lanzó hacia el vehículo.  En Nueva York, por la puerta opuesta habría subido al mismo tiempo el galán y, superada la sorpresa inicial, (este taxi es mío, pero yo lo vi primero, bueno, ya que estamos te llevo) habría comenzado la historia de amor. 

II. La lluvia cae como cortina de caireles desde hace más de una semana. Apenas sale el sol por el oeste cuando un toldo de nubes grises se desparrama por el norte. El ojo del huracán está instalado en este país con proa al mar. El viaje estaba planificado desde hace unos cuantos meses, el pasaje comprado, los contactos hechos y confirmados. Mañana a las 9 de la mañana sale el avión. Pero no le queda limpio ni un par de calcetines. Esperó el sol el fin de semana para lavar, pero sólo pudo acumular más ropa sucia. Olió las camisetas una a una pensando cuáles disimularían mejor los días de uso. Todo apestaba como perro mojado. Eran las 9 de la noche. Faltaban 12 horas para que despegara el avión y no rescataba una muda limpia entre todas sus pertenencias. Se le ocurrió que podía haber un lavadero abierto las 24hs cerca de su casa. Buscó en internet hasta encontrarlo, metió la ropa en un bolso y desafiando las ráfagas que se corporizaban con los faros de los coches llegó hasta el lavadero. Chorreaba. Los pelos duros sobre la frente le pinchaban los ojos. Se paró con las piernas y brazos abiertos para escurrirse y sendos charcos marcaron su huella. Tomó un canasto y colocó la ropa que traía en el bolso. Después miró para ambos lados, se quitó la ropa exterior que seguía chorreando y la colocó en otro canasto para secarla. En calzoncillos, se sentó a esperar que el ciclo terminara. Hipnotizado, quedó prendido al giro de la máquina de lavar. En Nueva York, por la puerta entreabierta habría entrado una mujer hermosa, tan mojada como él y con un bolso lleno de ropa sucia en la mano. Luego de la sorpresa inicial (perdone; no, no lo vi, disculpe creí que no había nadie), ella se sacaría la ropa exterior y de calzón y sostén se habría sentado al lado del muchacho a mirar girar la ropa.Y habría comenzado la historia de amor. 

En Montevideo continúa lloviendo y anuncian alerta roja hasta las 21 horas pm.


  

sábado, 20 de octubre de 2012

231. El reflejo del tiempo

El reflejo de la vidriera le devolvió su silueta. Iba caminando apurada cuesta arriba y reconoció su figura sólo por la ropa que llevaba puesta. ¿Quién era esa mujer? Un abdomen que nacía por debajo del busto y un brazo ancho que tensaba la remera  en la sisa, la hicieron detenerse. Se veía más baja. ¿Cuándo había pasado eso? ¿Cuándo había dejado de ser una mujer para pasar a ser una vieja gorda? Hacía un tiempo que no miraba como le quedaba la ropa porque no le gustaba ver el paso del tiempo, pero cuando lo hacía, el espejo de su casa no era tan cruel como aquel perfil que no reconocía.

miércoles, 17 de octubre de 2012

232. Las viejas chotas y la autoestima

Recién llego de Buenos Aires. Como no llevé equipaje, fui de las primeras en hacer los trámites y salir de la terminal a buscar taxi. Lloviznaba. En la parada, sólo había un flaco que también esperaba. Le pregunté si esa era la cola y me contestó que sí, entonces, me puse detrás de él. Al ratito llegó un taxi, el flaco se subió y se fue. La garúa se intensificó y empezó a molestar. El cuidador me aconsejó ponerme debajo del techo, con la gente que esperaba a los pasajeros que iban desembarcando. No había nadie cuando empezó a caer la llovizna pero en pocos minutos se juntaron unos cuantos. Un par de ellos me preguntó "si esa era la cola" y les contesté que sí. Al rato, escuché a un par de viejas que increpaban a un muchacho por haberles sacado el lugar en la fila. El muchacho había sido uno de los que me había preguntado por la cola. Las viejas estaban abajo del techo, con equipaje y se acercaron para seguir la discusión. El muchacho les contestó que nos las había visto. En ese momento yo pensé si me habrían visto a mí. No soy muy grande ni muy ruidosa, pero tenía campera violeta con capucha en la cabeza, así que pensé que la cosa no era conmigo. Pasaron los minutos. Unos cuantos. Y cuando al fin se acercó el primer taxi, las viejas me gritaron que me pusiera en la cola, que les había sacado el lugar. Intenté explicarles que yo había estado acá de las primeras, que hasta había organizado la fila, pero las dos me gritaban al tiempo. Con desolación miré al muchacho pidiéndole algo de solidaridad.Que les dijera que yo ya estaba cuando él llegó. Que él ya había pasado por eso. Empezó a articular alguna palabra pero las viejas seguían gritando. Me acordé de otros tiempos en que resultaba invisible para los que no me conocían. Fueron otras épocas. Ahora, con total tranquilidad, les dije,  "Viejas locas" y me subí al taxi.

martes, 16 de octubre de 2012

233. La ñata contra el vidrio (pero del lado de adentro)

Miro caer la lluvia a través de los vidrios de Retiro. Gris sobre gris, la villa frente a la Terminal le pone color al horizonte en un revivir de La Boca en las paredes de ticholos. Dicen que allí viven 2 millones de personas, más que en todo Montevideo.

domingo, 14 de octubre de 2012

234. Haciendo el sexo

Ayer miramos Bastardos sin Gloria en el cable con parte de mi familia. Una de mis sobrinas tiene 9 años. Durante la mayor parte de la película estuvo en otra, así que no nos preocupamos por la violencia que se muestra. Pero como es bastante larga, al final se aburrió y vino a sentarse con nosotros. No daba ni para que mirara ni para que los adultos nos quedáramos sin final. El hermano intentó resolverlo tapándole los ojos en las escenas escabrosas. Cuando Hans Landa se tira con violencia sobre la doble espía y la estrangula barbotando de furia, intentamos que no mirara.
-¿Pero que pasa? -preguntó con aires de superada. Y agregó: -Si le quiere hacer el sexo.

jueves, 11 de octubre de 2012

235. El pibe que arruinaba las fotos. Hernán Casciari

Hernán Casciari  es el pibe que arruinaba las fotos. El libro es un relato novelado con características autobiográficas que surgió de los escritos que publicaba en su blog Orsai.es. Cuenta, con un humor ácido, sus manías de niño, sus andanzas de juventud, su relación con sus padres y su hija. Casciari rememora su historia personal entretejiendo, con humor y ternura, episodios de su vida hasta llegar a los dos eventos que lo marcaron en su trayectoria vital y literaria: la muerte de su padre y la llegada a España de su mejor amigo. 

La novela está dividida en cuatro partes, y ya en la primera uno no puede dejar de reir. Hace tiempo que no se me caían lágrimas de risa al leer un libro. Me atrapó, tal vez porque uno no puede dejar de identificarse con ese costado de pibe que arruinaba las fotos que todos tenemos. Entonces, y por eso mismo, me interesó su itinerario como escritor, su posturas ante el mercado editorial, ante las nuevas tecnologías, ante la cultura.
Después del libro me fui al blog y de ahí a Youtube, a una conferencia TED en la que cuenta algo de su vida como escritor y cómo se generó el fenómeno Orsai que hoy comprende además del blog, una revista en papel y virtual, varios libros, dos bares culturales en Buenos Aires y Barcelona. Todo construido a favor de los lectores y trabajando con sus lectores.


Les dejo la conferencia TED. Vale la pena.


¡Ah!, el libro, por supuesto, está en internet.

domingo, 7 de octubre de 2012

236. De ladrillos y simientes


Un texto anónimo, recogido por Paulo Coelho, dice que cada persona en su existencia puede tener dos actitudes: construir o plantar. Los constructores pueden demorar años en sus tareas, pero un día terminan lo que estaban haciendo. Entonces, quedan limitados por sus propias paredes. La vida necesita una nueva meta cuando la construcción acaba. 
Los otros plantan. Éstos, a veces, sufren con las tempestades y las estaciones. A veces parece que todo se ha perdido, pero cuando vuelve el calorcito o la humedad la semilla renace.
El jardín siempre requiere la atención del jardinero porque, a diferencia del edificio, nunca deja de crecer. 

237. Me atrasé con las reseñas

La verdad es que llevó unas cuantos libros leidos que no han pasado por aquí: releí Fiesta, de Hemingway, del que no me acordaba nada; me compré Yo también tuve una novia bisexual de Guillermo Martínez; leí El Pibe que arruinaba las fotos de Hernán Casciari; Paseos con Robert Walser de Carl Seelig y claro, empecé a leer a Robert Walser, Los hermanos Tanner. Piano piano. Ya les iré contando.

sábado, 6 de octubre de 2012

238. Río de los Pájaros

La última vez que Sampayo cantó en público fue cuando la Estación M. A. Cassinoni cumplió 40 años. La primera vez que cantó en público su canción Río de los Pájaros, fue en la sala del Centro Universitario.
Cuando se presentó en público por última vez, ya afectado por un Alzheimer severo, no lograba redondear una idea y repetía una y otra vez una frase que le había resultado graciosa. Pero cuando  aquel hombre en tinieblas comenzó a cantar, las canciones brotaron como agua clara. 

viernes, 5 de octubre de 2012

239. Y fue en Salto



Ayer estuve en Salto con mi libro de historias de mujeres. En la linda casa del Anglo salteño, una cálida noche de primavera me acompañaron Enrique Cesio por la Fundación Horacio Quiroga y mi amigo Caillabet. Mucha gente en una ciudad que conocía el libro sólo por referencias. Cesio habló del Premio y de mi; Carlos de literatura, de autores, de la vida, aterrizando por mis cuentos y mis personajes cada tanto. Yo les agradezco a todos.

miércoles, 3 de octubre de 2012

240- Estrategias de sobrevivencia

Ayer me di cuenta que hay dos cosas que hago en cualquier lado: leer y dormir. He dormido parada en el ómnibus apoyada en mi propio brazo; he leido aún en el baño de un avión.
Creo que no me quedaba otra: he desarrollado esta capacidad para poder vivir viajando de un lado a otro sin morir en el intento.