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Mostrando entradas de octubre, 2012

228. Del muro de Deborah

‎"El pastor se acercó a la hoguera donde la noche anterior habían quemado a la bruja. De entre las cenizas todavía tibias rescató un hueso largo, ennegrecido, que luego ahuecaría con paciencia para poder soplar por él y sacar música. Cada vez que salía melodía del agujero del hueso, un monasterio, en algún lugar del mundo, se incendiaba. Cada vez que el instrumento del músico sonaba, una monja cedía a la tentación. Era un fuego dulce, que miraba desde lejos la apariencia de las cosas y las convertía a su danza, crepitando" R. Courtoisie

229. Camino a la escuela.

¿Te acordás, hermana, qué tiempos aquellos?, pregunta María Elena Walsh, parafraseando a Gardel. La radio hace sonar esa canción mientras vacío la biblioteca de mi madre. ¿Te acordás, hermana?, me pregunto yo parafraseando a María Elena, en tanto intento clasificar las pilas de fotos y recortes que salen de sobres amarillos, carpetas de cartón y cuadernos manuscritos. Fotos de cumpleaños, fotos de la escuela, fotos de vacaciones en blanco y negro y con sello de fotógrafo sobre la cartulina blanca. ¿Te acordás, hermana? El inicio de clases fue una fiesta. La emoción de empezar la escuela de los niños grandes, la de tu hermano mayor, no te tenía quieta. Habías mirado con ansiedad la túnica blanca y el moño azul,  colgados en una percha en el armario durante días. “Imita los colores de la bandera”, te dijo el abuelo cuando te sorprendió observando ese flaco fantasma. El moño azul, bien planchado, que en la foto se ve en prolijo paralelismo con el piso, poco duraba en su lugar y al poco …

230. Diluvio universal by Hollywood

I. La lluvia caía como una cortina de caireles. Las ráfagas azotaban polleras y paraguas y por los cordones escurrían los desechos. Un barquito de papel zozobró en una boca de tormenta. Miró calle arriba buscando al niño. Sólo vio gente con la cabeza baja, contra el viento, con el paraguas como escudo. El agua le golpeaba las piernas y  en minutos el pantalón se le confundió con la piel. Apenas avanzaba. A lo lejos, en el semáforo, divisó la luz roja de un taxi libre. Sin pensar que iba a dos cuadras de distancia ni medir la circulación por la calle contraria se lanzó hacia el vehículo.  En Nueva York, por la puerta opuesta habría subido al mismo tiempo el galán y, superada la sorpresa inicial, (este taxi es mío, pero yo lo vi primero, bueno, ya que estamos te llevo) habría comenzado la historia de amor. 

II. La lluvia cae como cortina de caireles desde hace más de una semana. Apenas sale el sol por el oeste cuando un toldo de nubes grises se desparrama por el norte. El ojo del huracá…

231. El reflejo del tiempo

El reflejo de la vidriera le devolvió su silueta. Iba caminando apurada cuesta arriba y reconoció su figura sólo por la ropa que llevaba puesta. ¿Quién era esa mujer? Un abdomen que nacía por debajo del busto y un brazo ancho que tensaba la remera  en la sisa, la hicieron detenerse. Se veía más baja. ¿Cuándo había pasado eso? ¿Cuándo había dejado de ser una mujer para pasar a ser una vieja gorda? Hacía un tiempo que no miraba como le quedaba la ropa porque no le gustaba ver el paso del tiempo, pero cuando lo hacía, el espejo de su casa no era tan cruel como aquel perfil que no reconocía.

232. Las viejas chotas y la autoestima

Recién llego de Buenos Aires. Como no llevé equipaje, fui de las primeras en hacer los trámites y salir de la terminal a buscar taxi. Lloviznaba. En la parada, sólo había un flaco que también esperaba. Le pregunté si esa era la cola y me contestó que sí, entonces, me puse detrás de él. Al ratito llegó un taxi, el flaco se subió y se fue. La garúa se intensificó y empezó a molestar. El cuidador me aconsejó ponerme debajo del techo, con la gente que esperaba a los pasajeros que iban desembarcando. No había nadie cuando empezó a caer la llovizna pero en pocos minutos se juntaron unos cuantos. Un par de ellos me preguntó "si esa era la cola" y les contesté que sí. Al rato, escuché a un par de viejas que increpaban a un muchacho por haberles sacado el lugar en la fila. El muchacho había sido uno de los que me había preguntado por la cola. Las viejas estaban abajo del techo, con equipaje y se acercaron para seguir la discusión. El muchacho les contestó que nos las había visto. En…

234. Haciendo el sexo

Ayer miramos Bastardos sin Gloria en el cable con parte de mi familia. Una de mis sobrinas tiene 9 años. Durante la mayor parte de la película estuvo en otra, así que no nos preocupamos por la violencia que se muestra. Pero como es bastante larga, al final se aburrió y vino a sentarse con nosotros. No daba ni para que mirara ni para que los adultos nos quedáramos sin final. El hermano intentó resolverlo tapándole los ojos en las escenas escabrosas. Cuando Hans Landa se tira con violencia sobre la doble espía y la estrangula barbotando de furia, intentamos que no mirara. -¿Pero que pasa? -preguntó con aires de superada. Y agregó: -Si le quiere hacer el sexo.

235. El pibe que arruinaba las fotos. Hernán Casciari

Hernán Casciari  es el pibe que arruinaba las fotos. El libro es un relato novelado con características autobiográficas que surgió de los escritos que publicaba en su blog Orsai.es. Cuenta, con un humor ácido, sus manías de niño, sus andanzas de juventud, su relación con sus padres y su hija. Casciari rememora su historia personal entretejiendo, con humor y ternura, episodios de su vida hasta llegar a los dos eventos que lo marcaron en su trayectoria vital y literaria: la muerte de su padre y la llegada a España de su mejor amigo. 
La novela está dividida en cuatro partes, y ya en la primera uno no puede dejar de reir. Hace tiempo que no se me caían lágrimas de risa al leer un libro. Me atrapó, tal vez porque uno no puede dejar de identificarse con ese costado de pibe que arruinaba las fotos que todos tenemos. Entonces, y por eso mismo, me interesó su itinerario como escritor, su posturas ante el mercado editorial, ante las nuevas tecnologías, ante la cultura. Después del libro me fu…

236. De ladrillos y simientes

Un texto anónimo, recogido por Paulo Coelho, dice que cada persona en su existencia puede tener dos actitudes: construir o plantar. Los constructores pueden demorar años en sus tareas, pero un día terminan lo que estaban haciendo. Entonces, quedan limitados por sus propias paredes. La vida necesita una nueva meta cuando la construcción acaba.  Los otros plantan. Éstos, a veces, sufren con las tempestades y las estaciones. A veces parece que todo se ha perdido, pero cuando vuelve el calorcito o la humedad la semilla renace. El jardín siempre requiere la atención del jardinero porque, a diferencia del edificio, nunca deja de crecer. 

237. Me atrasé con las reseñas

La verdad es que llevó unas cuantos libros leidos que no han pasado por aquí: releí Fiesta, de Hemingway, del que no me acordaba nada; me compré Yo también tuve una novia bisexual de Guillermo Martínez; leí El Pibe que arruinaba las fotos de Hernán Casciari; Paseos con Robert Walser de Carl Seelig y claro, empecé a leer a Robert Walser, Los hermanos Tanner. Piano piano. Ya les iré contando.

238. Río de los Pájaros

La última vez que Sampayo cantó en público fue cuando la Estación M. A. Cassinoni cumplió 40 años. La primera vez que cantó en público su canción Río de los Pájaros, fue en la sala del Centro Universitario. Cuando se presentó en público por última vez, ya afectado por un Alzheimer severo, no lograba redondear una idea y repetía una y otra vez una frase que le había resultado graciosa. Pero cuando  aquel hombre en tinieblas comenzó a cantar, las canciones brotaron como agua clara.

239. Y fue en Salto

Ayer estuve en Salto con mi libro de historias de mujeres. En la linda casa del Anglo salteño, una cálida noche de primavera me acompañaron Enrique Cesio por la Fundación Horacio Quiroga y mi amigo Caillabet. Mucha gente en una ciudad que conocía el libro sólo por referencias. Cesio habló del Premio y de mi; Carlos de literatura, de autores, de la vida, aterrizando por mis cuentos y mis personajes cada tanto. Yo les agradezco a todos.

240- Estrategias de sobrevivencia

Ayer me di cuenta que hay dos cosas que hago en cualquier lado: leer y dormir. He dormido parada en el ómnibus apoyada en mi propio brazo; he leido aún en el baño de un avión. Creo que no me quedaba otra: he desarrollado esta capacidad para poder vivir viajando de un lado a otro sin morir en el intento.