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232. Las viejas chotas y la autoestima

Recién llego de Buenos Aires. Como no llevé equipaje, fui de las primeras en hacer los trámites y salir de la terminal a buscar taxi. Lloviznaba. En la parada, sólo había un flaco que también esperaba. Le pregunté si esa era la cola y me contestó que sí, entonces, me puse detrás de él. Al ratito llegó un taxi, el flaco se subió y se fue. La garúa se intensificó y empezó a molestar. El cuidador me aconsejó ponerme debajo del techo, con la gente que esperaba a los pasajeros que iban desembarcando. No había nadie cuando empezó a caer la llovizna pero en pocos minutos se juntaron unos cuantos. Un par de ellos me preguntó "si esa era la cola" y les contesté que sí. Al rato, escuché a un par de viejas que increpaban a un muchacho por haberles sacado el lugar en la fila. El muchacho había sido uno de los que me había preguntado por la cola. Las viejas estaban abajo del techo, con equipaje y se acercaron para seguir la discusión. El muchacho les contestó que nos las había visto. En ese momento yo pensé si me habrían visto a mí. No soy muy grande ni muy ruidosa, pero tenía campera violeta con capucha en la cabeza, así que pensé que la cosa no era conmigo. Pasaron los minutos. Unos cuantos. Y cuando al fin se acercó el primer taxi, las viejas me gritaron que me pusiera en la cola, que les había sacado el lugar. Intenté explicarles que yo había estado acá de las primeras, que hasta había organizado la fila, pero las dos me gritaban al tiempo. Con desolación miré al muchacho pidiéndole algo de solidaridad.Que les dijera que yo ya estaba cuando él llegó. Que él ya había pasado por eso. Empezó a articular alguna palabra pero las viejas seguían gritando. Me acordé de otros tiempos en que resultaba invisible para los que no me conocían. Fueron otras épocas. Ahora, con total tranquilidad, les dije,  "Viejas locas" y me subí al taxi.

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