domingo, 25 de noviembre de 2012

222. Entrar a las iglesias III. Bogotá.

De la Veracruz y la Tercera
San Francisco desde el Parque Santander
Frente al parque Santander, en la Carrera Séptima se alinean 3 iglesias: San Francisco, de la Veracruz y la Tercera, que así se llama, aunque suene raro. ¿Qué historia hay detrás de la construcción de tres iglesias en una misma cuadra? ¿Los fieles estaban enemistados entre sí? ¿Fue una competencia entre curas? ¿Respondió a la vanidad de algún señor o a la fe de los colombianos? La Tercera es la más pequeña y la más nueva y tiene una sola torre que parece construida más tarde que el conjunto. En su interior los fieles rezan el rosario en una cantinela cansona. Pesados retablos de madera oscura, profusamente labradas, guardan santos y vírgenes sobre un piso rústico de ladrillo rojo y entre cuatro paredes blancas.
La de la Veracruz estaba cerrada y le da la espalda al largo paredón de ladrillo trabado de la antiquísima Iglesia de San Francisco. Desde la carrera 7º uno accede por el lado. Los años pesan en el silencio de la nave en penumbras que ilumina más los reflejos de oro del altar que las luces de la calle. El techo del coro en verde y oro pone un sobretecho a la galería por donde se ingresa desde la puerta principal. Por ahí salimos al bullicio de la Avenida Jiménez, a la romería de esmeralderos que negocian piedras preciosas dentro de papelitos blancos.

domingo, 18 de noviembre de 2012

223. El edificio de Avianca. Bogotá

El parque de Santander, en pleno centro de Bogotá, se encuentra custodiado por el Museo del Oro, por un lado, la Iglesia de la Veracruz por otro y por el Edificio de Avianca que sobresale por su altura y su estilo, en una zona de construcciones más bajas y antiguas. Si pensamos que se construyó entre el 67 y el 70, en una ciudad muy distinta a la actual y que pasó a ser el edificio más alto de Sudamérica, podemos imaginarnos el impacto de esta obra.
Pero su historia me hace acordar a la del Titanic, el mayor transatlántico del mundo. Este edificio, el primer rascacielos de Bogotá, decidió no tener Piso 13 por aquello de la mala suerte. Al poco tiempo de inaugurado, se produjo un terrible incendió en el ¡Piso 14! que dejó cuatro muertos.
Pareciera que al destino no hay como darle.

sábado, 17 de noviembre de 2012

224. Las alas de los seres humanos

Escuché que nuestra estructura ósea y muscular en la zona pectoral es igual a la estructura de las alas de los pájaros, y que cuando una persona logra aliviarse de las contracturas y tensiones que se acumulan en esa zona, empieza a encontrar otros horizontes, otras posibilidades y es capaz de desarrollar la creatividad.

martes, 13 de noviembre de 2012

225. El Museo del oro. Bogotá

Poporo y aguja para tomar la cal
Pinza de depilar
Piezas de tumbaga

Con humor colombiano, lo conocen como el Museo del Loro. En pleno centro de Bogotá y financiado por el Banco República, bajo una moderna concepción museística se exhiben piezas en oro y la tecnología de los pueblos que habitaron el territorio de la actual Colombia desde tiempos prehispánicos. Se destacan los Calima, Muisca, Nariño, Quimbaya, TaironaTolima, entre otras. Las piezas están organizadas en cuatro salas: El trabajo de los metales, La gente y el oro en la Colombia prehispánica; Cosmología y simbolismo y La ofrenda. 
Se avanza desde la descripción de las técnicas de minería y de metalurgia antigua, para contextualizarlas dentro de la organización política y religiosa, explorando los mitos, el chamanismo y la simbología de los metales. Estos pueblos tenían una concepción dual del mundo, al que entendían compuesto por opuestos complementarios: hombre mujer, oro plata, luz oscuridad, brillo opacidad. Esto se expresa en la orfebrería a través de la mezcla de metales y el trabajo diferencial de pulido en las superficies. La tumbaga es la combinación más importante y consiste en una aleación de oro y cobre que, para ellos, reúne lo femenino y lo masculino, el amarillo y el rojo. 
Máscara de jaguar
Los seres míticos como el jaguar y los murciélagos se multiplican en piezas ornamentales y utilitarias. Los chamanes se transformaban en hombres murciélagos para controlar el inframundo, lo oscuro y femenino del universo (sic), ya que entendían que este animal observa el mundo en forma inversa a la nuestra.
Las transformaciones chamánicas eran realizadas con coca, la que consumían con cal que se guardaba en los poporos, utensilios que ocupan un lugar importante en el museo. Durante el ritual, los hombres se transformaban en en ancestros míticos para mediar por el equilibrio del mundo. La coca, por sus efectos activadores de la concentración, la memoria y el habla, era usada por caciques y chamanes para pensar, renovar y transmitir los conocimientos sagrados.
En el tercer piso, la atmósfera cambia. Las salas están en penumbras y la iluminación se centra en los objetos dentro de las vitrinas. En una  sala, única, diminuta y monumental a la vez,  se exhibe la balsa de la ofrenda, totalmente en oro y llena de detalles que representan las ofrendas que los muiscas hacían a los dioses para restablecer el equilibrio del mundo. Yo había visto fotos pero nunca imaginé que fuera tan minúscula y tan perfecta. Cuentan que para los muiscas las lagunas eran los úteros de la tierra y que creían que en esos lugares se podía restablecer el equilibrio de los opuestos complementarios del que depende nuestra vida. En la laguna de Guatavita se llevaba a cabo este ritual que desencadenó la leyenda de El Dorado. 
La ceremonia de la ofrenda se representa en otra sala única, en la que, a través de efectos visuales y sonoros, más el cuidadoso montaje de piezas de orfebrería que parecen hundirse en la laguna, trasladan al visitante a las aguas de Guatavita y a la codicia de los españoles.  




Sala de la ofrenda

viernes, 9 de noviembre de 2012

226. Universo frutal II

Mangostino y carambolo
Carambolo


























Diana, nuestra anfitriona en Bogotá, se ha propuesto que pruebe todas las frutas del trópico antes de irme. Por eso insisto con el punto. Cada mañana al desayuno, nos ofrece lo que encontró en el puesto. Las de hoy podrían dar lugar a personajes de historietas: mangostino y carambolo. El mangostino tiene una cáscara dura y gruesa, de color morado y por dentro una "pulpa" naranja. Parece una ciruela de madera. La "pulpa" es extremadamente amarga y no se come, salvo por equivocación como me pasó a mí. Lo que se come es un muscílago blanco que envuelve a la semilla. Poca sustancia. Apenas da para chuparla y saborearla en gotas. La caparazón de la naturaleza dispuesta a proteger una semilla con muy poco de comestible.
El carambolo por el contrario se deja comer hasta el cabito. Del color de la papaya es un fruto con cinco costillas bien marcadas que al cortarlo muestra secciones en estrellas perfectas. Dulce, un aguadito le colorea el sabor.

Granadilla y pitaya
Ayer puso en la mesa granadilla y pitaya. La granadilla es como un pomelo rosado por fuera. Y por dentro, un rosario de semillas negras envueltas en un muscílago transparente se deja comer. Algo similar a la granada pero sin el rojo interior. Y la pitaya sorprende con un camuflaje de guerra para abrirse en una papilla blanca que se retira con cucharita. Como una piña carnosa y amarilla que augura sabores fuertes pero de derrite en el calor de la boca. 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

227. Cosmografía de frutas


Exuberancia de gustos, colores y resonancias. Abundancia en formas y texturas. De la apariencia austera del zapote, el naranja fibroso de su pulpa; del aspecto espinoso de la pitaya a la mermelada traslúcida de su interior; de la similitud del tomate de árbol a su homónimo rioplatense al acaramelado de su jugo. Dulce, ácido, amargo, dulce, dulce, dulce. Lulo, uchuva, pitaya, granadilla, mango, manga, zapote, papaya, melón, guanábana, tomate de árbol, chirimoya, mamoncillo. Suenan como saben.  

martes, 6 de noviembre de 2012

228. Santander de Quilichao

Rumbo a una finca en el Valle vimos en la ruta los carteles con el nombre de esta ciudad de donde era oriunda una amiga que conocí en Africa. Le pedimos al conductor que entrara para poder mandarle a Alejandra unas fotos de su pueblo natal.
Y entramos por la calle principal, llena de árboles y pastos altos y duros y tierra roja sangrando en las cunetas. Y los puestos de mercado sobre la calle y la gente negra en la venta, en los paseos, en las charlas. Vestidos de colores y negociando en las calles. Me pareció por un instante estar de vuelta en Nigeria. Sólo que todo es más limpio y ordenado.
Y me pareció entender porqué ella se sentía tan bien en Ibadan.