miércoles, 27 de febrero de 2013

202. Un abuelo

http://www.laondadigital.com/LaOnda/LaOnda/614/C4.htm

Definición de abuelo

Raúl Legnani*
Urumex80@gmail.com
Lo que sigue es la redacción de una alumna de 8 años, publicada en Jornal do Cartaxo, en Florianópolis/Santa Catarina, Brasil. Una de nuestras lectoras, Ana María, nos hizo llegar estas líneas. Vale la pena, porque la vida también son estas pequeñás-grandes cosas que saben crear los niños, casi siempre con mirada aguda.

REDACCION
“Un abuelo es un hombre que no tiene hijos y por eso le gustan los hijos de los otros.

Los abuelos no tienen nada que hacer, a no ser estar allí. Cuando nos llevan a pasear, caminan despacio y no pisan las flores bonitas ni los gusanos.

Nunca dicen: ¡Vete de aquí!, ¡Te vas a dormir!, ¡Ahora no! ¡Te vas a pensar a tu cuarto!

Normalmente son gordos, pero igual consiguen abrochar nuestros zapatos.

Saben siempre lo que nosotros queremos. Sólo ellos saben como nadie la comida que nosotros queremos comer.

Los abuelos usan anteojos y a veces hasta consiguen sacarse los dientes.

Los abuelos no precisan ir al peluquero porque son pelados o están siempre con los pelos prolijitos.

Cuando nos cuentan cuentos no se saltean partes y no les importa tener que contar la misma historia varias veces.

Los abuelos son las únicas personas grandes que siempre tienen tiempo para nosotros.

No son tan débiles como dicen, a pesar de que se mueren más veces que nosotros.

Todas las personas deben hacer lo posible para tener un abuelo, sobre todo si no tienen televisión”.
* Maestro y periodista
LA ONDA® DIGITAL

viernes, 22 de febrero de 2013

203. Repostería cerebral

A veces pienso que mi cerebro está formado por capas, una encima de la otra, como milhojas unidas por dulce de leche. Las de abajo, impregnadas por el dulce, se ven crocantes y sabrosas. Las del medio están más juntas, el dulce de leche es menos abundante y parecen una pila de papeles intercalados. Las de arriba tienen las puntas despegadas. Se ven resecas y pálidas.
A veces pienso que las de abajo fueron cocinadas en mi infancia, conservan toda la sustancia y hasta huelen como recién preparadas. Las del medio parecen el trabajo de un aprendiz y las de arriba el burdo intento de un mal cocinero.
En las capas profundas, entre la melaza y el olor del dulce de leche he logrado guardar los recuerdos más vívidos, aquellos que aparecen sin necesidad de invocarlos. Las caras de mis compañeros, aunque la vida los haya maltratado, mantienen los rasgos que no se olvidan. Entre las muchas capas del medio, a veces apretados, a veces entremezclados se guarecen los recuerdos de aquellos años en los que la vorágine era mucha y el tiempo poco. 
Y estos últimos estratos, resecos, quebradizos, apenas retienen referencias de nombres, rostros sin señas, cifras que no dan.


jueves, 14 de febrero de 2013

204. Curioso

En la ciudad de 10 millones de habitantes, iba en colectivo a encontrarse con una persona que nunca había visto. Tampoco conocía el barrio. Sólo contaba con una dirección donde bajarse. Cuando creyó estar cerca, aguzó los sentidos y buscó leer los carteles a través de la ventanilla. Tenía miedo de pasarse. Le preguntó al hombre sentado a su lado si sabía dónde era Puán.  El hombre la obligó a repetir tres veces el nombre. No se sabía si no oía o no entendía. En eso una mujer que viajaba parada cerca del asiento la señaló con el dedo y le dijo:
-         -  No me digas que vos sos…
Y ella le contestó:
-          - Y no me diga que usted es…

lunes, 11 de febrero de 2013

205. Tarde de tormenta

Sobre la orilla barrosa una bandada de teros pespuntea el contorno del río. Adustos, con traje de funebreros y camisa blanca caminan en fila india intercambiando lugares. Picotean el barro, levantan la cabeza y andan. Cada tanto, un grito rasga el aire. Alguno alza vuelo abriendo las alas en un muestrario de plumas negras. Planea. Se cuela por los pliegues de las nubes oscuras. Tan oscuras como el río, la orilla y los mismos teros. 

martes, 5 de febrero de 2013

206. Atardece

Detrás de la isla
el sol dibuja
en tinta china
la silueta de los árboles

Se incendia el cielo

el río
lo arrulla en sombras

viernes, 1 de febrero de 2013

207. Otra visita

Por la puerta entreabierta una señora asomó la cabeza y preguntó por mi. El pelo de varios colores, que denunciaba los meses sin tinta, estaba recogido con descuido en un broche. La piel colgaba flácida de los pómulos y marcaba unos surcos hacia abajo a partir de los labios. Una sombra violácea le rodeaba los ojos. Era alta y delgada, pero la espalda parecía pesarle y le curvaba la figura. 
-Soy Fulana, -se presentó-, fui amiga de tu hermano. Su nombre sonó en mi cabeza y aparecieron sus hermanos, la cara de sus padres, su propio recuerdo borroso.
La saludé con afecto mientras buscaba en el fondo de sus ojos color miel algún vestigio de la hermosa muchacha rubia que no había vuelto a ver por treinta años.