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Mostrando entradas de marzo, 2013

193. Destinos y azares.

Así como hay una forma reconocida para volverse médico o arquitecto, hay tantas formas de volverse escritor como escritores hay. A mí me gusta revisar sus vidas porque siempre me enfrentan al abanico de historias y me hacen reflexionar sobre mi misma.  A veces siento que no sé nada, que aún no he leido nada. Que de Quevedo o de Dante sólo conozco lo que me mostraron en el Liceo y ni siquiera leí Poeta en Nueva York de García Lorca, que es peor. Y millones de libros y obras más, que permanecen en mi ignorancia sin inmutarse. Hace poco escuché un video de Borges en la televisión española en el 76 y me maravilló su humilde erudición. Como la de Benavídez, hace menos y más cerca. Y entonces me siento burra y me propongo una rutina sistemática para leer los clásicos o un autor en particular, que sólo queda en el propósito, por cierto. Y luego me acerco a la historia de Murakami o de J.K. Rowling quienes se pusieron a escribir como herramienta de sobrevivencia en la mitad de su vida, sin q…

194. Semana de la Cerveza

El sábado comienza a aumentar el movimiento en las calles de mi pueblo. El domingo ya hay mucha gente circulando a pie, en auto o en moto. Hay alboroto en el aire. Pero, ¿quiénes vienen? Los autos  siguen siendo en su mayoría locales, pero pasan atestados de gente. Creo que es la fecha del rencuentro familiar. En Navidad las familias tienen que elegir con quien comparten y, necesariamente, se dividen. En cambio, en Turismo ningún sanducero duda que el encuentro es en la Heroica. Entre los que vienen de visita encabezan la lista los estudiantes universitarios que vuelven a la casa de los viejos y a rencontrarse con los amigos "que no estudian" o con los que se ven poco en Montevideo. Siempre esperé esta semana: de niña porque todo era fiesta y había cosas diferentes para hacer. Luego, cuando tenía 15 ó 16 años para ver a aquel muchacho "grande" (ojalá amigo de mi hermano, así al menos lograba un saludo) que me gustaba y no veía nunca. Y renovaba mi amor (de lejos, …

195. Cuentas regresivas.

Hace bastante más de un año me planteé escribir un post diario para llegar a cero 365 días después. No me ha sido posible. He escrito 170 post con esa etiqueta en más de 700 días. ¿Qué me pasa? No he podido detenerme cinco minutos para rescatar el hecho más curioso, el juego de palabras, lo sorprendente, lo detestable.  Ahora mismo no puedo tener una semana publicado un post ¡del Papa!, cuando la vida fluye, el otoño se demora en llegar y las cuentas regresivas se multiplican en días para llegar al invierno, en horas luz del día más corto, en días para la defensa del proyecto, para la inauguración del aulario, para el cumpleaños de mi hijo, para que llegue mi compañero, para que sea de nuevo vacaciones.   A veces llego tan destruida y con la cabeza tan embrollada que no logro escribir ni siquiera "mamá amasa la masa" (cosa que la susodicha nunca hizo, por otra parte).

196. Recapitulo

Este asunto del papa me ha conmovido y la cobertura de la prensa y las redes sociales mucho más. Y hago un mea culpa (para estar a tono) porque caí en el carrusel de versiones y desmentidos. Al rato nomás de haberlo nombrado empezaron a circular fotos de él con connotados dictadores, declaraciones de familiares de desaparecidos o detenidos que no lo tenían en buena consideración, artículos de Pagina 12 que lo denostaban y personas en éxtasis convencidas que era una señal de que "Dios es argentino". Luego vino la moderación y aparecieron declaraciones de Pérez Esquivel y de Boff dándole un voto de confianza y desmintiendo sus oscuros antecedentes. Hoy el péndulo apenas oscila y permanece la imagen del cura austero, que se llamó Francisco por su opción por los pobres. El tono emotivo lo puso la beata que le cebaba mate, a quien un periodista iluminado le preguntó: -¿Y él que le decía?
Y la vieja, poniendo los ojos en blanco, respondió:
-¡Qué rico el mate!, me decía.
La otra…

197. Historias viejas

Una compañera de secundaria cuenta que el actual Papa se había enamorado de ella de una forma obsesiva. Ella le daba largas. El le escribió una carta en la que le decía: "Si no te casás conmigo me hago cura".

198. La llave

El martes esperaba temprano en casa a la empresa de fumigaciones. Cuando sonó el timbre, abrí la puerta y encontré que la llave había quedado puesta del lado de afuera.
Toda la noche, casi en la vereda, la llave en la cerradura invitando a entrar. Por suerte, esta vez me hicieron el desplante.

199. Papas y santos

Entre el Papa y la futura reina de Holanda los argentinos no caben dentro de si. Otro hombre de la Iglesia pontificó (y viene al caso):
"La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano." San Agustín

200. El Muriaga y otros relatos. Osvaldo Lezama Lara

Cuando fui  a presentar mi libro a Rivera, participé de la presentación de éste que terminé de leer recién hace unos días. En una carpa lateral y a media tarde bajo el sol de un veranillo de octubre, un señor bajito, gordo, pelado y con bigotes presentaba un libro sobre personajes populares de Rivera. Entre ellos, el Muriaga.  Más allá que el estilo del hombre de contar las anécdotas contenidas en el libro me atrajo, lo que más me sorprendió fue que el que presentaba el libro no era el autor, sino su hijo, quien cumplía en forma póstuma, un deseo del padre. Además, el libro no se vendía. Desconociendo esto último, me acerqué al hombre al final de su presentación en un intento por conseguir un volumen, pero no tenía más que el propio y me lo regaló. Así traje a tierras litoraleñas los personajes del norte y el reflejo de un Uruguay batllista, aún ajeno a la crisis, pero en el que ya se incubaban todos sus ingredientes.
Desde el lenguaje, pícaro pero lleno de inocencia; al estilo de co…

201. Secreto a voces

Llueve en Buenos Aires. Para resguardarme, espero dentro del ómnibus, en el andén de Retiro, que sea la hora de partida. El guarda y el chofer conversan. Los pasajeros van entrando. La charla del guarda se escucha con claridad. Bromea sobre un tal Sebastián a quien engaña su mujer y se explaya en los detalles del romance. En eso Sebastián se asoma por la puerta del ómnibus. Viene a traer unos paquetes. Apenas un segundo de silencio en la charla de sus compañeros que lo nombran con asombro: ¡Sebastián!, vos por aquí.  Más de un pasajero mueve la cabeza intentando identificar a Sebastián.
El pobre Sebastián no sólo no se imagina que su mujer lo engaña, sino que ni sospecha que todo el ómnibus lo sabe.