jueves, 30 de mayo de 2013

177. Estampas de Buenos Aires III

* Buenos Aires se presenta enquilombado. Tal vez sea siempre así, pero ahora que me mudé de barrio vengo menos al microcentro y ya no recordaba estos "tacos", al decir chileno, que superan una cuadra o el cambio del semáforo. Los taxistas en Retiro te aclaran que para acá no vienen. Ahora entiendo.

* Florida en reformas. Todas las baldosas del centro de la calle están levantadas, así que la gente hace malabares entre los pozos y las cintas de plástico que se sueltan, se embarran y se sacuden peligrosamente entre los peatones. Los "arbolitos", uno al lado de otro como en formación, te susurran cambio, cambio, cambio. Hoy está a $8.60 y el oficial sigue alrededor de $5,00.

*En un café que hace ochava sobre Corrientes y Esmeralda escribo estas líneas y veo pasar la gente casi trepando los autos que apenas avanzan. Algunos audaces andan en bicicleta. Suenan bocinas en distinto tono, con la esperanza absurda, tal vez, de que el sonido mueva los objetos.

* En la mesa de al lado dos actrices, de teatro seguramente, conversan sobre los pormenores de la obra. Ambas están vestidas enteramente de negro. La más joven tiene unos hermosos, ojos verdes de agua y mirada triste. Iba a cantar en la obra y la canción se la dieron a otra. Hablan de camerinos, libros y escenas. Hablan en serio de un trabajo serio. Otro mundo.

* Ya compré 3 libros en El Ateneo de calle Florida (ya me deberían pagar por la promoción que les hago). Dos de Paul Auster, para ser consecuente con lo que digo y escribo. Hoy el detalle fue la vendedora, una chica que quiere ser escritora y con quien conversé largo y tendido. Me recomendó: Cultiva tu talento literario de Thaisa Frank y Dorothy Wall, y otros más, pero sólo compré éste (por ahora). Veremos veremos...
Uno de los de Auster es también sobre el oficio de escribir (A salto de Mata). Seguro que me va a entrar una tristeza infinita, pero cada tanto necesito sacudirme la autocomplacencia.


Diario de invierno. Paul Auster

En mi supina ignorancia me restaba aún leer algo de Paul Auster. La semana anterior me senté en El Ateneo a leerlo y me lo llevé. A mi me encantó. No es una novela ni un cuento. Son relatos autobiográficos del autor sobre su infancia, travesuras, accidentes; sobre sus amores, sus trabajos y vivencias. Me gustó mucho el recurso de hilvanar los recuerdos por las casas en las que ha habitado.
Recién busqué otras reseñas en internet (siempre lo hago para ver qué opinan otros) y la primera referencia que encontré, de una periodista española fue muy negativa. El libro la aburrió, lo tuvo más de una semana para leer, etc., etc. Ella había leido 14 libros de Auster, para mí era el primero. Me entusiasmó, entonces, conseguir alguno más. 

lunes, 27 de mayo de 2013

178. Historia de taxi

Cuando uno toma un taxi queda a merced del conductor. De su humor y de sus destrezas para el oficio. A muchos les gusta conversar. Yo prefiero los que no hablan y llevan la radio prendida en algún programa potable. Detesto a los que se quejan de todo: del tiempo, de la economía del país o del tráfico, con preferencia de peatones y motos de delivery, aunque algunos odian más a los colectiveros. A veces la charla es agradable, aunque empiece por lo mal que manejan todos. El que hoy  me trajo al centro me contó que hace unos 10 años, cuando tuvo que renovar la licencia de conducir encontró que tenía $6.000 de multas, que tenía que cancelar para poder seguir trabajando."Todas eran boletas voladoras", me dijo, justificando que nunca lo habían parado los inspectores sino que lo habían filmado o se las lo habían puesto en el parabrisas por mal estacionamiento. Lo concreto es que lo mandaron al juez porque sin el "libre de deudas" no le daban la libreta. Al llegar al despacho del juez, éste estaba con otro tipo, trenzados en una pelea. El supuesto infractor no aceptaba pagar las multas y el juez iba levantando presión y la discusión, volumen. Mi taxista pensó: "Qué mala suerte, lo agarro de malhumor y no me va a perdonar ni una". Así rumiando, esperó a que el juez liquidara el asunto anterior y lo hiciera pasar. Cuando lo llamó le dijo en un tono resignado:
- Pensar que hay tipos que andan por la 9 de Julio a 92 km/h, manejando con una mano sola y con la otra totalmente afuera de la ventanilla y discuten que no hubo infracción.
Mi taxista pensó en el tipo que había estado antes que él y que había salido tan enojado y le contestó:
-Sí, la verdad que hay gente que se desubica.
El juez lo miró y a mi taxista le pareció adivinarle cierta sonrisa. El juez se inclinó, sacó una carpeta de un cajón y de adentro extrajo una foto en blanco y negro que registraba en letras blancas fecha, hora y 92km/h. En el centro de la imagen se veía claramente la cara de mi taxista manejando con una mano mientras mantenía el brazo izquierdo totalmente fuera de la ventanilla.
- ¿Usted no es uno de esos, verdad? .-le preguntó el juez.
Mi taxista tragó saliva y estiró los brazos hacia adelante cruzando las muñecas como si fueran a esposarlo.
Y nunca supo si aquel juez ya había tenido suficiente por un día, pero, sin más, le perdonó la deuda.

sábado, 25 de mayo de 2013

179. Clases de Biología

Hoy fuimos a la Escuela Técnica a pasar unas películas sobre la ciencia a muchachos entre 14 y 16 años. Uno de nuestros invitados les empezó a hablar del Mal de Chagas, del cual los chiquilines nunca habían oido. Sí del otro Tripanosoma, el africano, el del sueño, pero no del nuestro, del latinoamericano, del que vive en los ranchos y en la pobreza. Una compañera más cercana en edad a mi que a los muchachos comentó: "Ahora en Biología sólo aprenden educación sexual". La otra que nos acompañaba, mayor que ambas le contestó: "Bueno, nosotros sabíamos mucho del Mal de Chagas y de las vinchucas pero quedábamos embarazadas a los 16". Su propia historia. Nos sonreímos.

martes, 21 de mayo de 2013

180. Si el día no fluye

Buenos Aires otra vez. Pero el día no está fácil. Nada dramátco, pero nada fluye. Falta lubricante, parece. El bus llegó una hora y media más tarde y, de hecho, no llegó porque quedó estaquedo mirando Retiro y sin poder avanzar. Al menos media hora en el mismo lugar. Los pasajeros empezamos a bajar en el medio de la Av. del Libertador entre traillers y camiones. La villa 31 de Retiro, la de dos millones y medio de habitantes, hizo un piquete y tiene a toda la ciudad enquilombada.  Luego, a tomar un taxi que, con el pretexto del embotellamiento, me dio una vuelta que me salió el doble de lo habitual. Bueno, me dije, una vez en la Universidad, me siento en la Biblioteca y trabajo un poco y escribo. Tampoco. La red de FLACSO caida. Salí al barrio a buscar algún café con wifi, pero no había, y sólo tenía un billete de $100 que no me  aceptaban por un café (ya había almorzado, además). Entonces me compré un par de medias para hacer cambio, en lo de un  judío con quipá y tienda vieja vieja y buenos precios.  Y al fin encontré el café con wifi.
Todavía me quedan unas cuantas horas por estas latitudes, esperemos que los zapallos vayan encontrando su lugar en el carro.



jueves, 16 de mayo de 2013

181. Un remanso

Otra vez recalo por El Ateneo para levantarme el ánimo. Me desperté triste y con una sensación pegajosa de perder el tiempo o de dejar pasar la vida (que no es lo mismo, pero es igual, diría Silvio).
El Ateneo es un remanso. Desde las alfombras que se tragan las voces a los dorados, las pinturas, los balcones, todo susurra. Tomé de una mesa un libro de Haruki Murakami envuelto en un film de polietileno. Me dieron ganas de ojearlo, revisar su prosa, mirar su foto, pero el volumen estaba herméticamente cerrado. "Después del terremoto", se llamaba. Mi hijo está ahora en Japón. No creo que tenga algo que ver, pero tal vez sí; uno qué sabe cómo funciona la mente, Vagué por las estanterías de Narrativa con el libro en la mano, mirando autores, escuchando trozos de conversaciones ajenas. Buscando, en fin, un tomo de Murakami sin envolver. Al final le pregunté a un vendedor donde podría encontrar el libro sin el plástico, para leerlo. El muchacho interrumpió su charla con otra cliente sobre la novela histórica, alzó los hombros y me dijo sonriendo:
- Abrí ese, no hay problema.
Sentada en uno de los sillones, leí un par de cuentos de Murakami mientras el film de polietileno me miraba arrollado en la mesita de enfrente.
Cuando salí, ya no estaba triste.
El Ateneo es un remanso.

miércoles, 8 de mayo de 2013

182. Solfeo


"Para mí, el mayor placer de la escritura no es el tema que se trate, sino la música que hacen las palabras."
Truman Capote

sábado, 4 de mayo de 2013

183. Superman

"no bebo cuando vuelo", le dijo Superman a Luisa Lane cuando ella lo invitó con una copa de champán.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Mariposa nocturna

La vi desde la vereda de enfrente. La mariposa nocturna caminaba alrededor del farol alejándose unos cinco metros a cada lado para regresar siempre bajo el halo protector. El mango del paraguas en su mano centellaba en el vidrio de la panadería. Ella ondulaba las caderas con cadencias de mar bravío. El ruedo de la falda no llegaba a cubrirle las enaguas y dejaba al descubierto unos botines de tacón que resonaban en la noche sobre el empedrado mojado. No había nadie en la calle. La humedad impregnaba los muelles de olor a pan recién horneado que se mezclaba con el pescado de la carga y el aceite de los barcos que se intuían cercanos.
Su trajinar alrededor del farol acompañaba el bamboleo de un chal raído que apenas cubría el volado de una blusa mal abrochada en la última estocada. Desde mi lugar de observación, la piel del escote refulgía blanca como una mariposa en la luz. Un esmerado desfile para el cliente invisible. El pelo mal peinado también hablaba de afanes y apuros
El repicar de los tacones se prolongó entre los muros de la noche y huyó en retirada. De pronto, un carro con caballo rompió la secuencia conocida del taconeo. Como una aparición, fuera del ritmo de la calle irrumpió con sus hierros chispeantes y por segundos dejé de verla en la vereda de enfrente. Un grito se mezcló con el golpe del animal contra el farol y el chirrido de las ruedas en un deslizarse largo, extremo, como en varios tiempos. El cochero intentó evitar el vidrio de la panadería pero no pudo, dejando a la mariposa tendida sobre el empedrado, con el peinado sin armar, el paraguas deshecho, el ruedo de la falda remangado hasta las rodillas y la piel del escote que refulgía roja, como un pétalo de rosa en la luz.