domingo, 30 de junio de 2013

169. Y tu dulzura distante

Foto de Veinte 11
Fernando Cabrera estuvo en el Centro Universitario.
Es una sala chica, de unas 200 personas. Estaba lleno. Público contemporáneo del músico y jóvenes. Casi en partes iguales. Es un músico que acompañó a los padres en la salida de la dictadura y ahora acompaña a los hijos. 
No me lo imagino en un estadio frente a multitudes. Se disfruta en un ambiente íntimo que crea comunicación con el público y llena el alma. 
Músico y poeta, destaco la poesía de saber decir: "estuve un tiempo en la lona, del desatino fui amante" para describirte una vida.
O el poderío de "su voz chillona" que se anima a desgranar versos y silencios sólo con el acompañamiento de una cajita de fósforos con una bolita adentro. Casi a capella, en comunión con el silencio de la gente el talento se impone.

martes, 25 de junio de 2013

170. La historia del día después o lo que no volverá a ocurrir.

Esta historia es verídica. La médica también. Por suerte, no se repetirá.


Mi nombre es Rosario Echagüe y trabajo desde hace 12 años como médica en el hospital de Nueva Palmira, ciudad en la que vivo con mi esposo y mis dos hijas de 8 y 10 años. El día 14 de agosto hizo exactamente un año que viví un hecho que me conmovió de tal forma que me llevó a escribir este testimonio. Como mujer y como médica siento que debo decir lo que ocurre en nuestros hospitales, reflejo de una grave problemática de nuestro país y que podría aliviarse –en parte- con la aprobación del proyecto de ley de Defensa de la Salud Reproductiva que hoy se está debatiendo en la Comisión de Salud del Senado de la República.
Ella tenía 16 años y un bebe de 6 meses -sin padre que se hiciera cargo- que aún amamantaba por las noches. Tenía educación primaria completa y algún que otro año de secundaria. Tenía una familia numerosa y muy pobre con la que vivía y que los alimentaba a ella y a su bebé.
No tenía novio. Tenía un retraso menstrual. Tenía mucho miedo de estar nuevamente embarazada. Tenía una pastilla para matar “tucu-tucu”, la tenía desde hacia tiempo. La había comprado cuando se enteró de su anterior embarazo … pero en aquel entonces no se animó a usarla. La tenía guardada … porque nunca se sabe!
Flavia no había tenido nunca acceso a educación sexual y reproductiva, tampoco a las “clínicas de aborto seguras”. En esas condiciones un embarazo no deseado se vuelve una situación bien peliaguda. Más jodida aún, si hay problemas con el puchero en la casa. ¡Y con el tema del dólar! … peor! Aunque Flavia nunca vio un billete norteamericano y no tiene idea de lo que es un blastómero, sintió en su barriga y en su alma el terrible efecto que ambos podían tener sobre ella y su familia.
Sólo tenía un retraso menstrual, un bebe de 6 meses y mucho miedo.
Sólo tenía 16 años.
¡Lástima! … también tenía esa pastilla de veneno que colocó en su vagina con la idea de abortar.
La recibí en la puerta del Hospital de Nueva Palmira a las once y media de una noche triste, hoy hace exactamente un año y dos días. Hacía una hora que se había puesto la pastilla. Tenía mucho dolor de barriga, una diarrea abundante que olía muy mal y vómitos imparables. Estaba muy pálida y temblorosa, no sabía lo que le estaba pasando y tenía mucho miedo.
En la sala de espera un familión aguardaba a que yo –la médica de guardia- pudiera ayudarla. Ahora yo también tenía mucho miedo.
Llamé a cuanto médico y veterinario tuve a mi alcance. El veterinario que le había vendido el veneno –y que podía informarme el nombre del plaguicida- había emigrado, estaba viviendo en España. Los otros me daban pistas que no servían. No era un compuesto fosforado ni un anticoagulante, los síntomas no coincidían.
Dos médicos llegaron de apoyo. El ginecólogo lavó la vagina de Flavia y sacó los magros restos de veneno que aún no habían sido absorbidos, constató y me mostró la úlcera que había quedado en el lugar donde estuvo la pastilla. La médica de la emergencia móvil vigilaba a Flavia, mientras yo llamaba por teléfono a Toxicología en Montevideo en búsqueda de un antídoto o de pautas para manejar la situación.
Su pulso se iba perdiendo y su presión se hizo intomable. Comenzó a adormilarse. “Flavia no te duermas. Flavia tenés que colaborar!!” .
La médica de Toxicología estaba tan confundida como nosotras, quedó en llamar a su profesora y tratar de obtener más información.
Flavia tenía mucho frío y le dolía el pecho, su presión ya era audible, de sus brazos salían las cánulas que nos permitían pasarle suero “a baldes” y mantener su presión en 60/40. La cubrían 4 frazadas que no lograban abrigarla.
“Le duele el pecho” –me informó la madre. “Tranquila ha de ser la angustia”-proyecté. “Viste Flavia, la doctora dice que estés tranquila que ya llega la ambulancia para llevarte donde puedas estar mejor.”
Había reservado cama en el CTI más próximo y mientras hacíamos el papeleo de autorizaciones, llega de Montevideo el aviso de que la sustancia era seguramente Fosfuro de Aluminio, un potentísimo plaguicida.
“¿De dónde lo sacó? –me preguntó la médica de Montevideo- no es de venta libre y además se usa en medio del campo”
“Estamos en medio del campo –le contesté.
“Mandala urgente a un CTI –y siguió dándome indicaciones para mantenerla hasta que llegara la ambulancia.
A las dos de la mañana partió rumbo al CTI de Carmelo, a sólo 20 km. Con pulso lleno, presión 70/40, despierta y algo más calientita, despedí a Flavia.
¿Cómo está?” –preguntó la madre que no pudo acompañarla porque se quedó a cuidar del bebé. “Bueno está mejor que cuando llegó y va a un lugar especializado, yo creo que va a estar bien.”
Flavia hizo un paro cardíaco a las 6 de la mañana en el CTI de Carmelo. Varios médicos intensivistas y enfermeros especializados intentaron reanimarla por el lapso de 1 hora. Su corazón no pudo volver a latir.
Tenía 16 años, un bebé de 6 meses y mucho miedo. No tenía apoyo legal, ni social, ni económico, ni cultural, ni médico para afrontar con éxito la situación que le tocó vivir.
El semanario local informó ese fin de semana, que según la autopsia Flavia murió por los efectos directos del veneno y, reveló además, que no estaba embarazada.
Como mujer, como médica y como ciudadana yo me hago responsable de lo que pasó, esta muerte que por acción y/u omisión yo no pude evitar tiene que ver conmigo y me duele.
Unos meses más tarde, estaba pasando visita en sala a mis pacientes (también soy siquiatra) cuando desde una rincón una señora desconocida me llama. “Dra, Dra. Echagüe, acérquese que quiero agradecerle … Ud. trató a mi hija.”
- “De nada –le respondí- ¿cómo está ella ahora?
- Está muerta doctora, yo soy la mamá de Flavia ¿la recuerda?
Del rostro de la mamá de Flavia no me recordaba, pero de Flavia, sí. Me senté a los pies de la cama y ella comenzó a llorar …. “Fue culpa mía doctora, usted hizo lo que pudo, la culpa fue mía y de los médicos de Carmelo … ella salió de acá hablando y en Carmelo la descuidaron.”
- “No doña, usted no tuvo la culpa y tampoco en Carmelo, el veneno era muy fuerte.”
- ¿En serio?¿Usted está segura que hicieron todo lo posible?
- Sí, yo hablé con ellos y fue así.
- Pero yo si soy culpable, si ella me hubiera dicho … otro bebé podíamos haberla ayudado a tener.
- Pero ella no le dijo y usted no podía saberlo.
Pensó un rato en silencio y dijo: – Yo tengo la culpa doctora, yo permití que la alcanzara la miseria”
- La culpa no es de nadie o es de todos … pero no es suya. En este país las leyes no están hechas para ayudar a los pobres y esa es nuestra culpa y no otra.
- En esto tiene razón, a nosotros nadie nos ayuda. La noche del entierro de Flavia era un martes 13, ¿se acuerda? y nosotros creíamos que era suerte. Totó, el bebé, lloraba desesperado, extrañaba la tetita. Un tío viejo le dio a Fanny –mi otra hija- la ropa de Flavia para que se pusiera y así se durmió tranquilo, con el olor de la madre … y así unos días hasta que se acostumbró.
Personalmente creo que cuando debatimos sobre leyes, sobre las normas que nos damos para convivir en sociedad, su discusión se enriquece y clarifica cuando la idea deja de ser abstracta y sustituimos los números y las estadística por nombres y rostros concretos. Por eso traigo esta historia 

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Dra. Rosario Echagüe

domingo, 23 de junio de 2013

171. Estambul, la sub 20 y la maternidad

Estamos mirando el partido Uruguay Croacia de la sub20. Mi marido es fanático del fútbol y con los años, me he visto obligaba a entender de cosas tales como las jugadas de Messi, las vicisitudes del Barca, las desventuras aritméticas de la selección nacional y el horario de transmisión de los partidos de la Champion League. "Cosas veredes, Sancho", diría nuestro amigo Don Quijote, pero henos aquí esperando el comienzo de la transmisión. En la tribuna, un puñado de uruguayos con banderas patrias y de Peñarol, que anuncian que integran el grupo de viaje de Arquitectura. ¡Mi hijo está haciendo ese viaje! y, por supuesto, ya sabía que está en  Estambul. Menos sabía del partido. Me concentro en identificar las caritas para ver si lo veo o veo a algunos de sus compañeros. Conociéndolo, apuesto a que prefirió otros paseos antes que meterse en el estadio, Jorge dice "yo no pierdo las esperanzas, debe estar ahí". Maravillas del mundo global, le pongo un mensajito para preguntarle si está en el estadio, en el mismo momento que le cobran mal un penal a Uruguay y la tribuna partidaria se desgañita en la rechifla. Que está, que no está.
Ahí recibo la respuesta: No, no estoy. Pero están casi todos ahí. jaja, qué ruidosos! Yo toy paseando por el centro... Cómo va el partido?
Genio y figura.

miércoles, 19 de junio de 2013

172. Repasando lecturas

He estado mirando mi mesita de luz. Una pila de libros se acumula en una esquina, mis anteojos de lectura sobre ella, una cajita que me regaló mi hijo en un día de la madre para guardar la bijou, el reloj despertador y alguna que otra factura  suelta. Esa en mi mesa de luz. En el estante inferior, otras dos pilas de libros, pero que hace bastante más tiempo que no toco. Miro y veo que no he hecho las reseñas de Paseos con Robert Walser de Carl Seeling; El alma de Gardel de Levrero, El último adios de Roberto Santullo, Tomboctú de Paul Auster, El Poder Invisible de Alicia Escardó Vegh y El Amante de Marguerite Duras. Ahora estoy leyendo Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, que me está costando, no nos engañemos.
Y tengo mucha lectura académica, además. Pido tiempo, pero más que tiempo pido energía para encarar lo que debo.

jueves, 13 de junio de 2013

173. Escenas de la vida conyugal

En un bar de Av. Santa Fé, una pareja de gays tiene una discusión muy intensa en la mesa de al lado a la mía. Son dos muchachos. No tienen aspecto afeminado, al menos no el que está frente a mí. Por esa costumbre de mala educación que tengo de observar a la gente, pero que me fascina, paro la oreja. ¿Cómo son las discusiones amorosas de los gays (si fuera posible generalizar)? Asumiendo que los cerebros del hombre y la mujer son diferentes, ¿cómo son las discusiones entre ellos? ¿Repiten esa intrincada red de argumentaciones y manipulaciones que se dan en las discusiones de las parejas hetero? Ese agarrarse de una palabra para hacer un mundo, el acusar al otro de cosas que no vienen al caso pero estaban agazapadas. No escucho mucho. El que tengo de frente lleva la discusión de forma muy masculina: no me hinchés; estás usando mal la palabra, la palabra no es que no soy tierno, sino que a vos nada te alcanza; ¿qué te matan mis silencios? ¡y sí, te respeto tus horarios de trabajo! No es que no piense en vos. Sí, lo reconozco, lo reconozco, me enamoré sí, me enamoré. ¿eso querías escuchar? Pero después no lo bancás, yo sé que no te lo bancás. Frases sueltas. Duro, enojado, exigente. 
Al que me da la espalda no lo oigo pero tiene voz ronca y la espalda curvada, la mano apoyada en la mejilla, la cabeza caída sobre esa mano. Se acaricia la ceja, cada tanto.
Están en problemas, parece que el esquema es el mismo.

miércoles, 12 de junio de 2013

174. Descubriendo Orsai

Desde que leí "El pibe que arruinaba las fotos" y me consustancié con el proyecto cultural de Orsai, me hice admiradora de Casciari. Con la admiración que me provocan las personas creativas, las que se animan a ir "un poco más allá", tienen talento y hacen la diferencia.
Hace días que estoy en Buenos Aires, así que no podía dejar de ir a visitar el bar. Esperé que mi hija viniera a visitarme y nos preparamos para la salida, bromeando con que tal vez nos encontrábamos con el Gordo o con el Chiri.
Por supuesto no ocurrió nada de eso. Es sólo un lindo bar de San Telmo, con la curiosidad de que tiene un quiosquito de libros y en las puertas de los baños, cartelitos de "Parados" y "Sentadas" para indicar quienes están habilitados a usarlos, descartando, al parecer, que los hombres procedan al N°2.
Ese día actuaba una banda que se llama Falopa, que hacía música mezclada de tangos, milongas, algún malambo, hip hop y un toque de reggae. Básicamente tangos y milongas. Muy loco, muy de estas juventudes que tienen que enfrentar una vida con mucha mierda, poca esperanza, individualismo y miedo al otro. Si lo veo así, ahora pienso, es un grupo que sintetiza todo ese mundo urbano de la juventud. Yo estoy muy lejos, pero está bueno acercarse un poco para entender. Son muy buenos músicos, seis guitarras y un percusionista, más un cantante con terrible voz. Pero las letras eran horribles, entre ácidas y groseras. El cantante representaba un personaje bastante desagradable, provocador. Cuando Mariana me preguntó qué me había parecido, le contesté más o menos lo que acabo de escribir. Ella me contestó:
- Es tango. Cuando el tango empezó también chocó en las clases medias porque hablaba de lo marginal y lo prohibido en un nuevo lenguaje.

Me dejó pensando.

martes, 11 de junio de 2013

A salto de mata. Crónica de un fracaso precoz. Paul Auster.

Es un libro atobiofráfico en el que Paul Auster relata sus años más duros, una vez tomada la decisión de ser escritor. Comienza en la infancia, que no fueron años duros, y continúa hasta sus 30. Son memorias de cómo tuvo que pelearla para no traicionar su vocación, consiguiendo trabajos de mala muerte que le permitieran comer para tener la libertad de escribir. Esta decisión fue muy fuerte, ya que en su familia el dinero tenía un rol central, tanto, que determinó el divorcio de sus padres. Es un relato de sus años de muchas penurias pero de mayor aprendizaje y aventuras. 
Como yo acababa de leer Diario de invierno, algunas de los relatos me resultaron conocidos, como si sufriera un deja vu. A continuación seguí leyendo Tomboctu, que cuenta las andanzas del perro de un escritor que tenía mucho talento y potencial y a quien las drogas le hacen trizas el cerebro y sigue su vida como vagabundo, perseguido por fantasmas.Muy parecido al personaje que él conoció en la Universidad, que había sido un escritor de renombre, H.L. Hulme y que por diferentes desgracias que le habían ocurrido terminó siendo un vagabundo chiflado.
Es decir, tal vez no fue el mejor orden en el que leí los libros, porque me sentí demasiado metida en la vida del escritor sin ruta de escape. Pero la prosa de Auster me ha fascinado. No sé si será así, pero da la impresión de que no le cuesta nada escribir, que le sale con naturalidad, como decían que a Mozart le salía la música. Clara, fluida sencilla.
Un autor muy recomendable. Yo voy a seguir con otra novela, ahora.

lunes, 10 de junio de 2013

175. Recordando a Pedro y Pablo o el Chapulín Colorado en Baires.

En un comercio de ropa para hombres en calle Florida le compré una remera a Jorge que no le gustó. No hay problema, se puede cambiar, le dije. Guardé la factura y la bolsa de la tienda para cambiarla en el próximo viaje.
Allí fuimos, con mi hija, el sábado con la remera dentro de su bolsa. Nos atendió un vendedor alto y delgado, de prolijo traje gris oscuro, corbata azul y abundante cabellera blanca. Parecía muy profesional, aunque se comportaba con frialdad y no se esforzó mucho en mostrarnos alternativas. Sacaba remeras y pulóveres de los estantes sólo si se lo pedíamos y hablaba sin mirarnos. Mantenía su vista por encima de mi cabeza. Claro, medía al menos 40 centímetros más que yo. Yo lo observaba. Sus movimientos displicentes, su deslizarse por el piso encerado, sus comentarios de entendido en modas y negocios. No dejaba de causarme gracia ese aire de superioridad en su minúsculo destino de dependiente de tienda. 
Al final elegimos una nueva remera que rápidamente embaló, pasó a la caja y me dijo:
- Tiene que abonar una pequeña diferencia, porque ésta sale $179.
- Yo pagué por la otra también $179. -le contesté con cierta intranquilidad porque tengo mala memoria hasta para defenderme.
- No, la que devuelve sale menos. -insistió.Recordé entonces que tenía la factura anterior en la cartera. Se la mostré al cajero que vio que había pagado $179. El vendedor elegante giró sobre sus lustrados zapatos y se fue hacia el fondo de la tienda. Sin mirarme, por supuesto. Mucho menos, disculparse. 
Me acordé de Pedro y Pablo ("bronca porque roba el asaltante, pero también roba el comerciante"), pero preferí parafrasear al Chapulín Colorado y decirle "¡No contaban con mi astucia!"  

sábado, 8 de junio de 2013

176. La naturalización del delito

Una investigación comparativa entre varias ciudades del Mercosur respecto a los delitos que eran objeto los jóvenes, arrojó mayores valores absolutos en Montevideo que en Río de Janeiro. Los investigadores se sorprendieron. Revisaron la metodología y las cuentas, pero seguía dando mayor número de delitos en Montevideo que en Río de Janeiro, ignorando incluso la diferencia de población entre ambas ciudades. Los encuestadores no se conformaron. Los resultados no tenían sentido. Volvieron a las calles a preguntar. Y en Río repreguntaron: 
- Pero, ¿no es común que les roben el celular? ¿o las zapatillas? -y los jóvenes cariocas contestaron:
- ¡Ah, sí! Eso pasa todos los días, pero ya ni lo contamos.