sábado, 21 de septiembre de 2013

158. Las videoconferencias o el mundo en observación

Ayer participé de tres entrevistas por videoconferencia. Yo aquí sola y a 400 km tres hombres conectados conmigo. Cada vez es más habitual en algunos lugares de trabajo. Y no es lo mismo. La calidad de la comunicación o el intercambio no son los mismos. A mí no me gusta mucho y cuando puedo prefiero viajar, pero debo reconocer  que ahorra tiempo, dinero y salud (casi un refrán).
El asunto es que no somos muchos los que nos hemos ido acostumbrando a esta modalidad de trabajo. Y la gente se olvida que a cientos de kilómetros hay otro que escucha, observa y , a veces, también quiere hablar.
La segunda entrevistada era una mujer. Joven pero madura. No podía reconocerle bien los rasgos pero parecía bonita y vestía bien. Seria, solvente, estableció de entrada un juego de seducción con los tres hombres presentes. Ellos aceptaron las reglas con la naturalidad de viejos caballeros (al menos dos). Bromas, sonrisas, lenguaje corporal. La historia del mundo vista por televisión o como si estuviera en una cámara Gesell. Todos se olvidaron de mí y yo decidí escuchar y observar. 
La segunda entrevista fue a un hombre conocido por al menos dos de los entrevistadores. Una larga charla entre amigos, por la que transitaron recuerdos de infancia, expectativas, proyectos. Faltó la grappa para entrelazar las almas y sentirnos en el boliche. En un momento, el entrevistado  levantó la cabeza y me pidió disculpas por no incluirme en la conversación. Claro, era como un cuadro en la pared. Y si me movía, podrían imaginarse en el mundo de Harry Potter. 
Una experiencia casi indecente de espionaje psicológico.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Salí

Salí buscando el sol
o aire que me golpeara la cara
y me golpeara, pero no hay aire
en la calle, sólo hay ruido y
humedad y un resplandor
que me entrecierra los ojos
de llanto, de tanto llorar
de querer morir de soledad y angustia
de algún prohibido dolor
que se confunde, con cientos de piernas
de gente que cruza la calle.

No son torsos ni rostros ni brazos
sólo piernas en colores de a dos
que cruzan
con el semáforo en rojo
como las calzas de la muchacha
que apura los últimos pasos para llegar
al cordón de la vereda y sentirse a salvo
como si quisiera correr el tiempo
y también alcanzarlo

miércoles, 11 de septiembre de 2013

159. Yo pisaré las calles nuevamente


En el festejo por la recuperación de la democracia en Uruguay, aquel 1° de marzo del 85, con todas las esperanzas intactas y las ilusiones por estrenar, escuché, sentada en la calle frente a la explanada de la Intendencia de Montevideo a Pablo Milanés y a Silvio Rodríguez. En comunión con otros miles, con un nudo en la garganta, me envolvió su canto: 

"Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada,
y en una hermosa plaza liberada

me detendré a llorar por los ausentes.



Yo vendré del desierto calcinante

y saldré de los bosques y los lagos,

y evocaré en un cerro de Santiago

a mis hermanos que murieron antes.


Yo unido al que hizo mucho y poco
al que quiere la patria liberada
dispararé las primeras balas
más temprano que tarde, sin reposo.

Retornarán los libros, las canciones
que quemaron las manos asesinas.
Renacerá mi pueblo de su ruina
y pagarán su culpa los traidores.

Un niño jugará en una alameda
y cantará con sus amigos nuevos,
y ese canto será el canto del suelo
a una vida segada en La Moneda.

Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada,
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes"

Me venían a la memoria frases sueltas del último discurso de Allende llenas de esperanza aún bajo las bombas y pensaba en el "Confieso que he vivido" de Neruda y en sus poesías que me habían acompañado siempre, con cada amor. ("Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte/.../ a veces van mis besos en esos barcos graves hacia donde no llegan"), versos que se mezclaban con el reclamo de Zitarrosa de que  "falta mi cara en la gráfica del Pueblo, mi voz en la consigna, ...en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, ...mis manos en la bandera"; y en mi madre, a la que encontré, a la vuelta del liceo, llorando como si le hubieran matado al padre cuando se confirmó la muerte del compañero Presidente y en el portarretrato de Allende que pasó a presidir la sala de mi casa. Para quien quisiera verlo, en plena dictadura.  

Y tomé la absoluta y clara decisión, en aquel momento, en comunión con miles de personas que habían hecho mucho o poco para llegar allí, pero que sin dudas habían hecho lo que podían, en ese momento, embriagada por la voz de Pablo, decidí que yo también pisaría las calles de lo que fue Santiago ensangrentada y prometí que "en una hermosa plaza liberada/ me detendré a llorar por los ausentes".

Y cumplí. Y me fui a vivir a Chile cuando tuve oportunidad. Nos fuimos con los niños chicos, que jugaron en la alameda y cantaron con sus amigos nuevos y donde aprendieron las primeras letras; hicimos amigos que duran hasta hoy y fue por ese entonces que empecé a comprender la diversidad latinoamericana y a no sentirme orgullosa de venir de "la Suiza de América". Pero, por sobre todo, me pude sentar en la Plaza de Armas, en el centro de Santiago, a llorar por los ausentes. 

Cuarenta años después siguen resonado en mi cabeza las palabras de aquel discurso: "Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor" . En mí, al menos, seguirán resonando hasta que las vea abrirse. 

domingo, 8 de septiembre de 2013

160. Las mañanas de domingo y Juana de Ibarbourou

Apenas bastó una lluvia para que el verde iluminara el jardín. Hasta los helechos en el tronco del viejo ciruelo brillan más.
Hay mañanas de domingo, sobre todo en primavera, que me siento como la amiga de Chico Carlo, es decir, la Juana niña (y ni te cuento si me pongo a mirar las manchas de humedad).

miércoles, 4 de septiembre de 2013

161. Donde quede el alma.

Otra vez la angustia que me asalta el pecho y me ata las manos. Esa angustia. La que me roe en el pleno centro donde tendría que estar el alma (si es que está). Esa angustia. La que me orada. Tanto, que hasta puedo sentir el crepitar de los huesos. Como una termita que me come desde adentro, aunque todavía parezca intacta. Entonces, espero el empujón. Este armazón no sostiene nada y, como un mueble viejo, se desmorona al golpe. Que se desmorone. De terrible amor o de maldito dolor por descuidar el alma (donde quiera que se suponga que esté).

lunes, 2 de septiembre de 2013

162. Las tardecitas de Buenos Aires

Balada para un loco se me ha instalado en el corazón. Al salir de clase  "... por Arenales, lo de siempre, en la calle y en mí". Porque paso entre la gente y "los maniquíes me guiñan, los semáforos me dan tres luces celestes y las naranjas del frutero de la esquina" se trepan entre ciruelas y frutillas en ordenadas torres de colores. Una de las más elegantes calles de Buenos Aires se ríe del tango de arrabal. 
Sin embargo, en ese universo de figurín "... de repente, detrás de ese árbol aparece él: mezcla rara de penúltimo linyera y primer polizonte en un viaje" a la gran ciudad. Posiblemente desde el norte argentino o desde Bolivia, aún con la "ilusión super sport de correr por las cornisas con una golondrina en el motor". Ya hace mucho que no lo aplauden, ni le gritan ¡viva!. Medio melón por cabeza, las rayas de la vida tatuadas en la piel, dos alpargatas sin suelas en los pies y un repasador de la China levantado en cada mano. Parece que sólo yo lo veo porque no lo sale a saludar la gente linda ni le tiran azahares. Seguro que se pregunta qué hace día tras día parado en el cruce donde nadie le compra nada."Y a vos te vi tan triste", tarareo mientras pienso si, cuando anochezca en la porteña soledad, tendrá a alguien que, por la ribera de su sábana, llegue a desvelarle el corazón. Al menos con un poema, aunque no tenga trombón.
Sigo por Arenales hasta que muere en Montevideo. Camino por Santa Fé. En Callao la luna va rodando pero no aparece el "corso de astronautas" ni los niños y no escucho el vals. Apenas me cruzan jóvenes trasnochados, perros callejeros, milicos y vagabundos. 
Canto bajito "Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión"   

domingo, 1 de septiembre de 2013

Tombuctú. Paul Auster

Paul Auster es mi gran escritor de 2013. Por suerte, estas ediciones económicas me han permitido comprar tres de sus libros al hilo y todos me han dejado diferentes aristas de su literatura. Me ha gustado con rotundidad. Una prosa sencilla que recorre vidas al límite, pequeñas grandes aventuras y heroicidades anónimas. En esta novela, nuevamente se ofrece una visión amarga, dura y sin embargo hermosísima de la naturaleza humana a través de los ojos de un perro. Mister Bones es un perro callejero, hijo del mundo y de la calle, que se encariña y se "establece"  con un humano Willy G. Christmas, un vagabundo hijo y consecuencia de la generación de los excesos sesenteros, demasiado parecido al personaje que Auster describe en su Diario de Invierno. Mister Bones asiste a los últimos días de Willy, a sus interminables monólogos en los que rememora su existencia y la certidumbre de que el fin está próximo, y con él la partida hacia el último viaje, la mítica Tombuctú donde moran los seres humanos tras la muerte. Realidad y recuerdos se entremezclan mientras Willy realiza su último viaje en busca de su maestra, hacia una ciudad de Baltimore. Llegado el momento de la muerte de su amigo, Mister Bones debe enfrentar la vida y, lo que resulta más atemorizante, a la especie humana. Su periplo de amo en amo es al mismo tiempo la peripecia de no poder confiar en nadie pero a la vez, que siempre habrá alguien dispuesto a acogerte. Y Mister Bones continúa, como buen trotamundos, en busca de Tombuctú donde, por fin, podrá reunirse con Willy. Mister Bones, aunque comprende el mundo de los humanos, no puede comunicarse con ellos, salvo con Willy a quien pierde. Se vuelve así un personaje entrañable, más humano que muchos humanos.