viernes, 25 de octubre de 2013

Primer Premio T cuento Q

La revolución es otra cosa –le dijo la muñeca de trapo al soldado de plomo. Y así comenzó a deshilacharse para que todos los juguetes fugaran trepando por ella.
Diego Coppa,


miércoles, 23 de octubre de 2013

153. Desprogramada

Ayer entregué un trabajo que tenía entre manos desde fines de agosto y que no lograba redondear. Para poder cumplir me había impuesto una severa rutina de levantarme muy temprano, no leer más que libros sobre el tema y no permitirme ni un fin de semana libre. Le he dado vueltas y vueltas al trabajo y recién el fin de semana pasado vislumbré una hilván por donde empecé a tirar hasta armar la madeja. 

Ayer sentía un alivio y una satisfacción que se me veían en la cara.

Hoy me levanté de nuevo siguiendo la rutina de estas semanas pasadas y no encontré qué hacer.  

lunes, 21 de octubre de 2013

Marinera

En la oscuridad de la sala
marinera
El reloj marca el tiempo
marinero

Ondean las ropas en la cuerda
La cuerda golpea la ventana

De mar y arena la ventisca
de cielo y mar la luz se cuela
descubre en las dunas
marinera
la piel de una mujer en plena entrega

Espumando encajes blancos en la orilla
la ola se demora en su contorno
el viento le susurra viejos motes,
titilan los cuarzos en la arena

La luna disuelve el mar.

jueves, 17 de octubre de 2013

154. No es cursi, es verdad.

Hoy me desperté un poco dolorida, como me sucede a veces cuando el día anterior fue tensionante. El ya se había levantado. Yo lo sentía trajinar en la planta baja y me llegaban efluvios a café recién molido. En la duermevela demoré en recordar que era mi cumpleaños. Sólo el espacio vacio de su lado de la cama acompañó mi vuelta consciente a la mañana. Pensé que me hubiera gustado que me despertara con cariño o que me trajera un café. A los pocos minutos subió, se sentó en el borde de la cama y me dijo que se iba a trabajar. Me dio un beso, me deseó un buen día y se fue. La noche anterior, cuando se hicieron las 12 me había saludado por el cumpleaños, pero ahora sólo me pasó la mano por la cabeza y me dijo que tuviera un buen día. 
En general, trato de no amargarme por lo que no puedo resolver. Pensé que él también estaba exigido, con un día cargado de actividades y la perspectiva de un viaje al extranjero esta misma noche. No me enojé ni me amargué, sólo me sentí algo decepcionada.
A su tiempo también me levanté yo. El ya se había ido. A mi me quedaban un par de horas antes de ir a la oficina. Me puse a trabajar en unos informes que debo y a leer los diarios por internet. En eso sonó el timbre y fui a atender. Un muchacho con casco me extendió un ramo de pimpollos rojos envuelto en celofán que traía una tarjeta con su nombre. Los años, las hormonas, el amor o la sorpresa me hicieron brotar las lágrimas. No podía dejar de llorar ni pude, hasta que el ajetreo banal de buscar donde ponerlos me secó los ojos y me acomodó el pecho.

viernes, 11 de octubre de 2013

Al Despertar. En: La Tertulia Nº 8. 31-32. 2013.

AL DESPERTAR
Margarita Heinzen

Yacía boca abajo en el lado izquierdo de la cama. Un dolor suave me oprimía la frente apenas, casi sin molestar, pero estaba ahí como una presencia invisible y un recuerdo imborrable de la noche anterior.
La cabeza, de lado, miraba hacia el borde de la cama. Intenté abrir los ojos, pero uno de ellos permanecía aplastado contra la almohada. Sólo logré entreabrir el izquierdo. La luz entraba por la ventana y al filtrarse por la cortina, acariciaba los objetos en tonalidades verdosas. Con los dedos de la mano que tenía cerca del rostro aparté el pelo que me impedía definir la visión de lo que me rodeaba. Con un solo ojo me faltaba profundidad para ver los objetos. Demoré unos segundos en regular la distancia. Me di cuenta que no sentía mi brazo derecho. El cordón que recorría el borde del colchón se me metía dentro de la boca y sobresalía como una colina casi hasta la nariz. Veía la pared verde. Apenas un área de unos metros desde la altura de mis ojos hasta el piso de mosaico veteado. ¿Es verde o la vuelve verde la cortina?, me pregunté con extrema lucidez, considerando mi estado general. Apenas reconocía el entorno. Había una radio sobre un banco. Apagada. Los parlantes le daban marco a un insecto que, parado en el borde, me cuestionaba sobre los excesos de la noche anterior. Un pozo oscuro profundizaba en mi cabeza al intentar recordar. Moví los músculos del rostro buscando liberar a la visión mi ojo derecho. Al mover la cabeza la leve molestia se volvió una puñalada en el medio de la frente. Volví a apoyar la cabeza en su sitio, cerré los ojos intentando que todo volviera a su eje y los abrí de nuevo, lentamente. Miré hacia el piso, hacia el lado inferior de la cama. El borde del
colchón se interponía en un primer plano. Por detrás, un cable naranja asomaba debajo de una camiseta blanca tirada en el piso. Su silueta mostraba el descuido con que había sido sacada y por la boca del cuello aparecía un enchufe marrón con dos dientes de cobre que me increpaban. El cuerpo de la serpiente naranja permanecía arrollado entre el extremo más alejado de la alfombra y la pared en la que se recostaba la radio con parlantes en panal. Entre brumas recordé el cuarto de hotel, el viaje en bus. Pero no más. Quise tragar saliva y la sequedad de la boca dejó el gesto sólo en un amague. Sin moverme, continué inspeccionando el ambiente que comenzaba a reconocer bañado por la luz del amanecer. Cerca de mi cabeza, tanto que no lograba abarcarla en su totalidad, una alfombra azul con dibujos geométricos color crema servía de base a una sandalia invertida. La suela hacia arriba tenía un papel blanco de chicle o de cigarrillo pegado en el taco. Parecía húmeda de caminatas pero no pude recordar si la noche anterior había llovido. A su lado un grueso cordón violeta enrollado sonreía en una mueca de payaso. Identifiqué el apremio en mi bombacha.
Moví los ojos hacia la parte superior de la cama. El vértice de la mesa de luz me acusaba como una lanza a punto de penetrar en mi cabeza. La luz que entraba rebotaba en dúo entre la superficie de la mesita y el vidrio del despertador. Entrecerré los ojos. La lengua reseca se impregnó de un gusto amargo. No sentía el brazo derecho que estaba hacia atrás de mi cuerpo. Intenté moverlo pero no pude. Un apéndice inerte se extendía más allá del hombro. Abrí de nuevo los ojos y recorrí la pared verdosa, perlada por grumos de pintura y mosquitos aplastados. El cadáver del que quedaba a la altura de mi vista estaba pegado con restos de sangre de su última comida. No había cuadros en la pared. Volví a buscar con la vista el extremo inferior de la cama. Mi rodilla en primer plano reposaba sobre el borde de madera. Detrás de ella veía el armario abierto en una hoja de su puerta. De un cajón balconeaba un corpiño de encaje. Intenté mover el brazo derecho y sentí que lo recorría un hormigueo. Me dolió como un remordimiento. Estiré la pierna y dejé de ver la rodilla en primer plano. Entonces rocé otra piel. Un hueco se me abrió en el estómago y se inundó de todos los gustos del amanecer. El hormigueo del brazo me recorrió la espalda y llegó al talón. Intenté deslizar mi pierna de nuevo y de nuevo rocé un pie que no era mío. El corazón se me atragantó. Quise incorporarme pero el cerebro rebotaba dentro de mi cabeza y no pude. Cerré los ojos con fuerza. No sentía el brazo derecho y cada vez que intentaba girar me tironeaba hacia abajo como un ancla de condenado. El brazo había quedado aprisionado y perdido la circulación. Cambié de movimiento y sólo cinché hacia mí para aflojar la presión. Mil agujas atravesaron la yema de los dedos y un dolor amargo se fue extendiendo por el músculo. La onda de calor desde la mano hacia el hombro lo fue reviviendo. Me concentré en ese dolor para volver a sentir cada célula, cada fibra. Logré deslizar el brazo por debajo del peso que lo aplastaba. Entonces giré.
Un individuo que nunca había visto dormía a mi lado boca arriba, tocado por la luz de la mañana que entraba verde a través de la cortina de la ventana de aquel cuarto de hotel.

jueves, 10 de octubre de 2013

155. La Tertula Al Despertar

En la página 31 del número 8 de la revista literaria La Tertulia aparece mi cuento "Al Despertar".
Hoy la edición en papel, dirigida por Julia Galemire y editada por el MEC, ve la luz en la Feria del Libro de Montevideo. Me hubiera gustado estar, pero pago el costo de vivir a 400 km de allí. 
Compartir las páginas con la poesía de Tatiana Oroño, Andrés Echeverría o la misma Julia, y con los cuentos de Mabel Altieri o de Glenia Eyharbide, ya es un orgullo, aunque me quede con la ñata contra el vidrio.

miércoles, 9 de octubre de 2013

156. Cambalache

Las aspas de un ventilador de techo apoyadas en la pared, una bicicleta de niño invertida, libros antiguos adentro de una caja, escobas rotas, botellas vacías cubiertas de polvo, un pedestal para macetas coronado por una vieja máquina de escribir, sillas desvencijadas amontonadas en columnas de a tres, frascos de farmacia en un estante, juegos de mesa en otro. Años de guardar. Hoy apenas asoman, según su suerte, por debajo de montañas de tierra que las hormigas del vecino, en su entusiasmo, tiraron por debajo del piso del galpón hasta cubrir los restos acumulados de la familia.

viernes, 4 de octubre de 2013

157. Dolores

Desde el sacro y hacia arriba por la espalda. El canal de la columna le sirve de pista y sube como por un tubo. En la cintura, se escapa entre las soldaduras de las vértebras y punza. En el tórax se instala y una mano grande lo esparce. Llega al omóplato por el lado izquierdo. Ahí se encarama en el hombro y se desliza por el brazo hasta el codo. Y desde el codo hasta los dedos. Tiesos, en el aire los tortura el hormigueo.