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Mostrando entradas de octubre, 2013

153. Desprogramada

Ayer entregué un trabajo que tenía entre manos desde fines de agosto y que no lograba redondear. Para poder cumplir me había impuesto una severa rutina de levantarme muy temprano, no leer más que libros sobre el tema y no permitirme ni un fin de semana libre. Le he dado vueltas y vueltas al trabajo y recién el fin de semana pasado vislumbré una hilván por donde empecé a tirar hasta armar la madeja. 
Ayer sentía un alivio y una satisfacción que se me veían en la cara.
Hoy me levanté de nuevo siguiendo la rutina de estas semanas pasadas y no encontré qué hacer.

Marinera

En la oscuridad de la sala
marinera
El reloj marca el tiempo
marinero

Ondean las ropas en la cuerda
La cuerda golpea la ventana

De mar y arena la ventisca
de cielo y mar la luz se cuela
descubre en las dunas
marinera
la piel de una mujer en plena entrega

Espumando encajes blancos en la orilla
la ola se demora en su contorno
el viento le susurra viejos motes,
titilan los cuarzos en la arena

La luna disuelve el mar.

154. No es cursi, es verdad.

Hoy me desperté un poco dolorida, como me sucede a veces cuando el día anterior fue tensionante. El ya se había levantado. Yo lo sentía trajinar en la planta baja y me llegaban efluvios a café recién molido. En la duermevela demoré en recordar que era mi cumpleaños. Sólo el espacio vacio de su lado de la cama acompañó mi vuelta consciente a la mañana. Pensé que me hubiera gustado que me despertara con cariño o que me trajera un café. A los pocos minutos subió, se sentó en el borde de la cama y me dijo que se iba a trabajar. Me dio un beso, me deseó un buen día y se fue. La noche anterior, cuando se hicieron las 12 me había saludado por el cumpleaños, pero ahora sólo me pasó la mano por la cabeza y me dijo que tuviera un buen día.  En general, trato de no amargarme por lo que no puedo resolver. Pensé que él también estaba exigido, con un día cargado de actividades y la perspectiva de un viaje al extranjero esta misma noche. No me enojé ni me amargué, sólo me sentí algo decepcionada. A…

Al Despertar. En: La Tertulia Nº 8. 31-32. 2013.

AL DESPERTAR
Margarita Heinzen

Yacía boca abajo en el lado izquierdo de la cama. Un dolor suave me oprimía la frente apenas, casi sin molestar, pero estaba ahí como una presencia invisible y un recuerdo imborrable de la noche anterior.
La cabeza, de lado, miraba hacia el borde de la cama. Intenté abrir los ojos, pero uno de ellos permanecía aplastado contra la almohada. Sólo logré entreabrir el izquierdo. La luz entraba por la ventana y al filtrarse por la cortina, acariciaba los objetos en tonalidades verdosas. Con los dedos de la mano que tenía cerca del rostro aparté el pelo que me impedía definir la visión de lo que me rodeaba. Con un solo ojo me faltaba profundidad para ver los objetos. Demoré unos segundos en regular la distancia. Me di cuenta que no sentía mi brazo derecho. El cordón que recorría el borde del colchón se me metía dentro de la boca y sobresalía como una colina casi hasta la nariz. Veía la pared verde. Apenas un área de unos metros desde la altura de mis ojos hast…

155. La Tertula Al Despertar

En la página 31 del número 8 de la revista literaria La Tertulia aparece mi cuento "Al Despertar".
Hoy la edición en papel, dirigida por Julia Galemire y editada por el MEC, ve la luz en la Feria del Libro de Montevideo. Me hubiera gustado estar, pero pago el costo de vivir a 400 km de allí.  Compartir las páginas con la poesía de Tatiana Oroño, Andrés Echeverría o la misma Julia, y con los cuentos de Mabel Altieri o de Glenia Eyharbide, ya es un orgullo, aunque me quede con la ñata contra el vidrio.

156. Cambalache

Las aspas de un ventilador de techo apoyadas en la pared, una bicicleta de niño invertida, libros antiguos adentro de una caja, escobas rotas, botellas vacías cubiertas de polvo, un pedestal para macetas coronado por una vieja máquina de escribir, sillas desvencijadas amontonadas en columnas de a tres, frascos de farmacia en un estante, juegos de mesa en otro. Años de guardar. Hoy apenas asoman, según su suerte, por debajo de montañas de tierra que las hormigas del vecino, en su entusiasmo, tiraron por debajo del piso del galpón hasta cubrir los restos acumulados de la familia.

157. Dolores

Desde el sacro y hacia arriba por la espalda. El canal de la columna le sirve de pista y sube como por un tubo. En la cintura, se escapa entre las soldaduras de las vértebras y punza. En el tórax se instala y una mano grande lo esparce. Llega al omóplato por el lado izquierdo. Ahí se encarama en el hombro y se desliza por el brazo hasta el codo. Y desde el codo hasta los dedos. Tiesos, en el aire los tortura el hormigueo.