sábado, 10 de mayo de 2014

127. Montevideo recibió a Coetzee: las bibliotecas personales

Coetzee apareció con traje gris, peinado con prolijidad sobre el escenario. Como un mástil se paró detrás del atril y en un inglés fácilmente comprensible charló durante algo menos de una hora sobre las Biblioteca personales. El decía Bibliotecas Personales en español y en plural y Biblioteca Personale en español y en singular.
Para mí, hasta ese día, las bibliotecas personales eran aquellas bibliotecas que pertenecen a una persona. Acá les presento la mía. Ha ido creciendo, a pesar de que a menudo es objeto de saqueo o de erosión invisible.
Pero resulta que Biblioteca Personal es un concepto editorial, creado por Borges en la década del 70 cuando sacó una colección de literatura fantástica, compuesta por libros que él seleccionó y prologó. Así inauguraba el concepto de Biblioteca Personal. Años después, contó Coetzee, volvió con la idea de hacer una Biblioteca Personal de 100 volúmenes prologados por él, formada por aquellos libros de la literatura universal que lo habían marcado. No pudo terminar el proyecto porque murió en 1986, cuando aún no se había publicado ni la mitad.
Lo más parecido a eso que tengo en mi biblioteca personal son los dos tomos de la selección de cuentos que realizó Ernesto Sábato y que él llamó:Cuentos que me Apasionaron. 
La biblioteca Personal de Coetzee lleva 5 volúmenes de los 12 que van a ser y que no incluye clásicos sino autores de su gusto personal que no fueron tan difundidos. Recuerdo de memoria los nombres de Flaubert, Robert Walser y Daniel de Foe. Hay 11 novelas y un volumen de poesías.  

jueves, 8 de mayo de 2014

128. Montevideo recibió a Coetzee: los preparativos.

El lunes, el Premio Nobel de Literatura 2003, John Coetzee estuvo en Montevideo, de paso desde la Feria del Libro de Buenos Aires. 
Por trabajo yo también estaba en Montevideo y decidí ir a escucharlo. El tema eran la Bibliotecas Personales. No sabía si iba a hablar de su biblioteca, de un concepto general o qué, pero yo quería escuchar a un Premio Nobel hablar de Literatura.
Una hora antes de la convocatoria, y sólo porque había terminado temprano de trabajar, me fui al Solís. Primera sorpresa: un nutrida cola atravesaba el atrio y llegaba a la vereda. "Seguramente están comprando entradas para el teatro", pensé. Me acerqué y pregunté. Estaban allí por Coetzee. Me puse en la fila y la gente seguía llegando. Cada uno preguntaba: ¿Esta es la cola para el Premio Nobel?; ¿Esto es para Coetzee? Reinaba la incredulidad de que la Literatura fuera tan convocante. De hecho, la sala donde se preveía hacer la conferencia era chica (100 personas dijeron), así que empezaron a repartir un número por persona. A mi me tocó el 83 y la cola seguía y seguía doblando la esquina. En un momento comenzamos a entrar, un largo camino en fila hasta el segundo piso por escalera. Y la sala ya estaba colmada (¿cómo? ¿yo no tenía el 83?). Quedé parada sosteniendo una pared. Al rato, entraron las autoridades del Ministerio, de la Intendencia, la Embajadora de Sudáfrica y el mismo Coetzee, que fue recibido con un gran aplauso. Se sentaron al frente, en una mesa con mantel y arreglo de flores, prendieron las luces y habló el presentador: "Sras. y Sres.... queremos comunicarles que la Intendencia de Montevideo ha decidido pasar la conferencia a la sala mayor, debido a la gran cantidad de público que quedó afuera". Un suspiro de desaliento recorrió el recinto. Todos se levantaron, incluido Coetzee, y con lentitud pero con mucha ansiedad, aquella de las multitudes que no avanzan, la de aquel que se adelanta por el costado aunque no haya lugar, y, sobre todo,  la de la posibilidad de perder el espacio logrado con tanto esfuerzo, nos dirigimos a planta baja. Por supuesto, al llegar a la sala ya estaba casi toda ocupada. La gente parecía multiplicarse: había gente en la platea, en los palcos, en la platea alta. 
Y aún faltaba más. El escenario estaba vacío. La coqueta mesa donde se habían sentado las autoridades no existía, luces tampoco. Recién ahí, con la sala llena, comenzaron a instalar todo. Pasó el tiempo. Algunos que habían rebotado en el primer salón y aún rondaban por los cafés de los alrededores tuvieron tiempo de regresar.     
Primero el acto protocolar: le entregaron las llaves de la ciudad y la Embajadora de Sudáfrica hizo una semblanza del escritor. Nuestras autoridades le hicieron discursos en español. Yo me preguntaba si el hombre entendía algo porque no tenía expresión en el rostro y no comentó nada. Ni se lo escuchó dar las gracias. Sentí un poco de vergüenza. Por nuestros gobernantes que no saben recibir a un visitante en su lengua, o prever una traducción. Todo parecía muy improvisado. Como si todos estuvieran aún impactados por la fuerza del llamado de la Literatura.