miércoles, 23 de julio de 2014

116. A la italiana

En Cartagena de Indias buscaba la Torre del Reloj. Todos saben como llegar, pero era nuestro primer día. Preguntamos a un hombre y nos complicó con "siga una a la izquierda, luego doble y hace una a la derecha y luego sigue derecho y ya esta". Difícil. Volvimos a preguntar. Esta vez a una señora con niños. "Sigan derecho, derecho", nos decía. Si, pero ¿cuántas cuadras?, le pregunté yo en mi mejor acento rioplatense. Ella insistía, "derechito mijita, derechito".  Y yo le volvía a hacer mi pregunta. Luego de varios intentos, me contestó: "¡Una!" Al fin nos habíamos entendido. Cuando nos alejábamos escuché que el niño le decia:
- ¿Mami, ¿en qué hablaba?
- En italiano, mijo.

jueves, 17 de julio de 2014

117. Una deuda con mi hija.

Saliendo de la ciudad de Rivera hay un puesto de Aduanas en la ruta hacia Montevideo. Nosotros íbamos a Tacuarembó en una camioneta oficial de la Universidad. El retén nos detuvo. En la noche, los faros iluminaron el vehículo de adelante que era revisado por un funcionario de Aduanas. Gordo, con el cinturón por debajo de la barriga, alumbraba con una linterna el  portaequipaje mientras con la otra mano revolvía su contenido. Pasaron verios minutos. El aduanero cumplía su tarea a conciencia.
Luego nos tocó a nosotros. El Gordo enfocó con su linterna el logo de la Universidad en la puerta de la camioneta.
-Pasen, pasen -dijo. - Esto es lo que precisamos acá. Por suerte están llegando. Pasen, pasen -repitió. - Que tengo una deuda con mi hija.

domingo, 13 de julio de 2014

118. ¿A la baja?

A la oxitocina le llaman la hormona del cariño. Es la que se segrega luego del parto y habilita la bajada de la leche y el amamantamiento.
Algunos experimentos han demostrado que el ratón de la pradera, que es monógamo, tiene más oxitocina que el ratón de campo que no lo es. Y que los humanos lujuriosos tienen más testosterona y menos oxitocina que los monógamos. 
Según las leyes de la evolución, entonces, los infieles estarían dejando más descendencia, a su vez con más testosterona.  ¿Será por eso que la monogamia está a la baja?

sábado, 12 de julio de 2014

119. Masaje capilar

Mi peluquera me hace rabiar más de una vez. O no le atina al color o me corta de más o me deja con cara de antigua. A veces también se me hace largo esperar el turno en medio de las conversaciones más frívolas que se pueden imaginar. Pero otras veces salgo contenta, sintiéndome hermosa, como si me hubiera sacado 10 años de encima.
Hoy creo que descubrí el secreto. Es el lavado de cabeza. Pero no cualquier lavado; es una ceremonia de relajación que comienza con la exacta temperatura del agua, la distribución del shampoo, hasta llegar a los masajes. Empieza a frotarte con sus dedos en círculos pequeñitos, presionando la muca y las sienes y continúa por todo el casco con generosidad y sin apuro. Enjuaga y vuelve a masajear. Retorna sobre las zonas en que el cuero cabelludo aún no se ha soltado y en un instante, una va entrando en una duermevela que baja por la espalda hasta los talones. Cuando te dice que estás lista te dan ganas de pedirle que no desista, que siga un poquito más.

miércoles, 9 de julio de 2014

120. El Horóscopo matinal.

Hoy Verónica Lavalle me auguró "una lunación  maravillosa". Nada me podía salir mal, ni en los negocios, ni en el amor, ni en las finanzas. 
Antes de salir para el trabajo tuve una fuerte discusión con mi marido, luego, en el camino entré a la farmacia a pagar la cuenta y debía bastante más de lo que había pensado y en el trabajo desempolvaron un problema que creí archivado y me trajeron otro nuevo que no sé cómo encarar.
Así ha transcurrido el día.
¡Vivan los horóscopos!

lunes, 7 de julio de 2014

121. El colmo

Una entrada como la anterior, viniendo de alguien que hace crónicas de viaje, ni siquiera periodismo de viaje, resulta paradójico, ¿no?
(y eso para los que dicen que tengo poca autocrítica)

122. La mirada del extranjero

Cuando estuve en Nigeria valoré de verdad a mi país. No por lo que vi, y vi escenas horribles, sino por el intercambio con tanta gente de otras partes del mundo que me contaban cómo ellos hacen las cosas, cómo las valoran y cómo las sienten. Observé también cómo se comportaban y vi a los hindúes ricos tratar muy mal a la gente de servicio, oler fuerte a los chinos, reir a carcajadas a los nigerianos frente a las peores miserias y comer a pura mano con elegancia a los etíopes. Aún en América Latina el excesivo apego a la región católica me ha alejado de aquellos más cercanos.
Ahora que Uruguay está de moda, con un presidente fuera de canon y la aprobación de varias leyes liberales, me molestan un poco las notas escritas por extranjeros que vienen de visita y creen conocernos. Algunas están bien informadas al menos, pero lo que me molesta es el asombro con que cuentan nuestra idiosincracia. En realidad no sé qué me molesta. Tal vez yo esté enojada con el ser uruguayo, con el chauvinismo que se ha acentuado con el Mundial. Me tiene cansada el criticismo al mango, el eterno desconforme, el criticón oficial, la viveza criolla, el "pobrismo" y el control social que no permite a nadie destacarse, salvo que lo haga primero en el extranjero.
Y en ese bajón que me hace ver a Montevideo más sucia que nunca, menos moderna que nunca, estos artículos que hablan de la paz en que vivimos, de lo mansos que somos, simplemente me embolan.  

viernes, 4 de julio de 2014

123. El costo de los ojos azules

En la mesa de al lado, en el restaurant de El Ateneo, almuerza una pareja mayor. El debe tener más de 80 años. Bien llevados, pero no menos de 80. Sospecho que ella también. Más que nada por el trato, por esa familiaridad que da el ser contemporáneos y compartir códigos y años de conocimiento. Ella tiene una apariencia de muñeca de quirófano: atemporal pero añosa. Hermosa pero estandarizada. Muy delgada,  de piel blanca y fina, sus hermosos ojos azules iluminan una melena colorada que le enmarca el rostro de pómulos rellenos y labios siliconados. Elegante desde la ropa hasta los gestos, mira fijo, se detiene a mirarte como hacen aquellos acostumbrados a mandar. Un especimen raro para Uruguay, no tanto para Buenos Aires.
El hombre habla y habla. Cuando presto atención, con facilidad escucho la conversación porque las mesas están muy cerca. El desarrolla un monólogo típico de viejos: enfermedades, consultas médicas, descripciones exhaustivas de síntomas y tratamientos, medicamentos y dosis, pasando por destrezas de uno y otro médico. 
Mientras almuerzo pienso que ella debe estar aburrida. No habla y el hombre no para. Ella lo mira, me mira, mira otras mesas con sus grandes ojos.
Al final él le pregunta:
- ¿Y vos cómo andás? - y agrega por las dudas -De salud, digo.
Pareció que ella estuviera esperando esa entrada para explayarse:
- ¿Yo? Terrible -afirmó. Mirame. Mirame cómo estoy: impecable. Y encima con la herencia maldita que tengo, al menos voy a vivir unos 100 años. Y ya no puedo más -continuó. Hace años que no como. Hace años que no disfruto una comida porque todo engorda. Y hace mucho que no me miro al espejo porque no soy capaz de verme el deterioro. Tengo una salud de hierro y así, la verdad, es que no quiero vivir.

martes, 1 de julio de 2014

124. Otro comienzo

Definitivamente hoy terminó la transición. Larga transición. Tres meses en los que he tenido que aprender a soltar y soltar. Un estado un poco incómodo, en el que no estás en la fase anterior pero tampoco en el estado futuro. Un tiempo de borrascas, de aguas quietas pero de mucho movimiento interior. Un poco como esos enfermos que están postrados pero entienden, razonan, sueñan y procesan lo que les pasa aunque exteriormente todo parezca impasible. 
Hoy inauguré oficina, que es como decir casa nueva y entre cajas y pilas de papeles garabateo esta reflexión.