viernes, 26 de septiembre de 2014

103. Inquilino molesto

El Arzobispo saliente de Madrid, Ruocco Varela, no quiere abandonar la Residencia Episcopal y le ha propuesto a su sucesor compartir el Palacio de San Justo. Pero además quiere mantener el auto, el chofer y la secretaria. ¡Han trabajado con él tantos años!
Pero, por consideración con el nuevo Arzobispo, ha propuesto no usar la puerta principal y en cambio utilizar la entrada de un apartamento lateral donde vive un nuncio. Lo que no sé es qué opina el nuncio. 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

104. La casa Lis.



No permiten tomar fotos adentro. Ni siquiera desde la terraza hacia afuera.
Cuando salgo del edificio de apartamentos donde vivo, me enfrento a la Casa Lis. Construida sobre la propia muralla de la ciudad medieval, la fachada de vitrales de colores y hierros refleja el cielo. Fue una residencia particular y ahora funciona como museo de Art Decó y Art Nouveau. La reja de acceso fracturó la muralla y la canalizó con dos escaleras custodiadas por faroles que envuelven a una venus.
Hoy se entra por la puerta de la calle de atrás y tiene estructura de museo, no de casa. De la construcción original sólo conserva esa fachada, una enorme banderola, también de vitrales, que cubre todo el patio central, las aberturas de madera y algunos pisos.  Igual es disfrutable.  Se respira una atmósfera a aquellos tiempos que a mí me remite a lo de mi abuela paterna, aunque su familia, a diferencia de la de mi madre, no era moderna.
Allí se exhiben colecciones de muebles, juguetes, pinturas, joyas, vidrios, abanicos y adornos, sobre todo, adornos. Los muebles desde Gaudí y colaboradores a la escuela de Nancy. Maravillosos los artículos de vidrio, aquellas lámparas que del pie a la pantalla representaban imágenes de la naturaleza a través de técnicas de vidrio soplado en varios colores. Los floreros, estilizados como las ninfas que presidían los escritorios o las escaleras, esa lánguida figura femenina, como la pretendió representar la moda de velos y tules. Pitilleras de nácar o plata, perfumadores de vidrio labrado, bailarinas de porcelana o vidrio, ingeniosos mecanismos que permitían que algunas de esas estatuillas, además de bailar, se denudaran. Erotismo en los adornos, crítica mordaz en los utensilios de uso diario como palilleros, caroceros, corta puros y el lujo de la Belle époque en las joyas que eran libélulas, flores o moños y hasta en los tapones de los radiadores en cristal  con forma de dioses griegos alados.

¿Y dónde está la abuela? Estaba en la colección de juguetes de lata y de muñecas de porcelana. Estaba en los muebles, en los marcos de los portarretratos, en los jarrones de vidrio azul y blanco de largo cuello como para abrazar narcisos. O en la lámpara de vidrio esfuminado y en la vitrola. Y en los adornos utilitarios, tan feos, de tan mal gusto, como la cabeza de un pelado de nariz roja, totalmente perforada donde se podían poner los escarbadientes o en el carocero en forma de inodoro, que con formas parecidas, aparecían en las reuniones familiares. Estaba la casa, no mi abuela.
Una suave música de aquellos años locos acompaña el recorrido. Jazz, foxtrot, charleston. Y mientras me paro en las vitrinas a mirar los objetos, me imagino a las tías Erla y Oriola pegadas a la radio escuchando radionovelas.


lunes, 22 de septiembre de 2014

105. La cueva del Diablo

Bajando la Cuesta de Carvajal, una calle corta que es un atajo desde la Rúa Mayor hacia la de San Pablo, me encontré con la cueva. En un predio recuperado y enrejado, se abre como una boca dentro de la muralla donde, dicen, daba clases el Diablo. En la cripta de una iglesia que ya no existe, enseñaba artes oscuras a siete discípulos durante siete años, al cabo de los cuales el más aplicado quedaba a su servicio y no podía abandonarla más.  
El cuento que cuentan, es que una vez el mejor alumno no quiso aceptar su destino e intentó escapar. Durante una ausencia del maestro, se metió adentro de una tinaja. Al volver y no verlo, el Diablo empezó a buscarlo y en el desespero dejó la puerta entreabierta. El joven aprovechó la oportunidad, salió corriendo pero el diablo tras de él.  Huye uno y persigue el otro, el Diablo casi lo atrapa tanto que, de un manotazo, le arrancó su sombra. Esta historia, con carácter autobiográfico, la publicó Enrique de Villena bajo el título de “El hombre sin sombra”. Parece que también Miguel de Cervantes le dedicó unos versos.

Yo no conocía esta leyenda, pero es tan famosa que por ella en muchos países de Latinoamérica a las cuevas les dicen salamancas.  

jueves, 18 de septiembre de 2014

106. El toro de la Vega

“Toro, hermano, estamos de tu lado”, coreaban  ayer en Tordesillas los grupos defensores de los derechos de los animales que se movilizaron hasta esa ciudad para impedir el torneo que se lleva a cabo hace más de 400 años. Lograron demorar la largada del toro treinta minutos y bajo una pancarta que decía “Tordesillas, vergüenza nacional”, se agarraron a pedradas con los vecinos que sostenían que la fiesta es cultura, mientras otros les discutían que no es cultura sino tradición y otro más que decía que aunque fuera cultura no tenía por qué ser buena.
La verdad es que para mí Tordesillas era simplemente la ciudad donde se había firmado el tratado que le daba a España la posesión de todas las tierras descubiertas al oeste de “acá”, un “acá” que los portugueses se ocuparon de correr y correr.
Pero resulta que también es la ciudad donde cada setiembre largan un toro en el pueblo, lo hacen llegar al campo y allí, lanceros a pie y a caballo lo hieren hasta morir. Hay escuela de lanceros en Tordesillas y este año, además, se celebró el I Congreso Internacional sobre el toro de la Vega. Lo que más me sorprende es lo de Internacional.
Este año el toro se llamaba “Elegido” (¿?) y dio digna pelea corneando a cuatro muchachos que corrían, no sé si escapando o intentando herirlo. Finalmente el triunfador fue un muchacho de 28 años que mostraba su lanza manchada en sangre con orgullo y que al preguntarle el periodista cómo lo había hecho, contestó: “Sangre fría y pa’lante”. A continuación un conductor de televisión, acotó:

“Fue una lucha de igual a igual: el toro y el muchacho estaban empatados en el número de neuronas”.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

107. La casa de las conchas. Salamanca.

Desde el Río de la Plata uno se pregunta a qué se refieren cuando todo remite a tan famosa casa. Al verla no hay dudas. Un enorme edificio todo cubierto por caparazones de crustáceos. En castellano: conchas. Fue construida como residencia particular y hoy es biblioteca pública.  Es una edificación cuadrada, enfrente de la Universidad Católica, sede de los Jesuitas, y en el centro centro de la ciudad antigua. Al menos yo siempre termino ahí: está el Carrefour y dos cajeros automáticos. Además, estos días de fiesta había casetas con pinchos de feria.
Hablando de fachadas, además de las conchas que salpican dos de sus frentes, las ventanas se guardan por rejas que ninguna es igual a


otra. Cada ventana tiene un diseño y cada diseño es singular.

Pero vayamos a las conchas. Cuenta la leyenda que un noble, que supongo de poca monta pero mucha pasta, se casó con una muchacha de familia muy conspícua, que en su escudo tenía la concha como símbolo. El hombre, que quería quedar bien con la nueva familia que lo encumbraba, llenó la fachada con la heráldica de su familia política. Pero cuando iba por la torre, recibió la visita de unos Jesuitas de la Universidad de enfrente y que hacía poco habían terminado su torre, la Clerecía, la torre más alta de Salamanca. Los curas no podían permitir que ninguna obra humana fuera más alta que la consagrada a Dios, por lo que gentilmente le sugirieron no hacerle torre alguna al castillo. Así quedó, entonces, una enorme residencia cuadrada sin elevarse para demostrar la grandeza familiar. Sin embargo, dicen los que dicen, que debajo de algunas de las conchas de la fachada hay un tesoro escondido que fue la “gentileza” de los jesuitas  por no sobrepasar la obra de dios. Uno mira la fachada y algunas conchas faltan, claramente.

martes, 16 de septiembre de 2014

108. La escalera virtuosa. Salamanca


Detrás de la fachada de la rana hoy funciona la biblioteca de la Universidad de Salamanca. Al menos las más antigua. El jueves, día de puertas abiertas en la ciudad, pude visitar la primera Universidad española e inspiradora de las nuestras, las latinoamericanas. Una galería, hoy vidriada, desvía los pasos del visitante hacia la derecha y arriba por la escalera que durante siglos recibió a los estudiantes que habían decidido el camino del estudio.  La escalera tiene tres tramos, como tiene tres tramos la vida que representa: juventud, madurez y vejez, que se simboliza en el primer pilar con tres cabezas humanas. El primer tramo comienza con un estudiante atravesando todas las tentaciones de la vida juvenil. Aparecen bufones, mujeres, bailes y todos aquellos “peligros” que podrían distraer al muchacho de su destino. Al llegar al primer pilar de la escalera, las tres caras de las etapas de la vida parecen indicarle que el tiempo ya pasó.

Primer tramo: comienza el ascenso y debe escapar de las tentaciones: la mujer


Las tres etapas de la vida

Segundo tramo
 En el segundo tramo, el más corto, el simbolismo me supera un poco. Las dos figuras centrales son una mujer cabalgando a un hombre, ambos desnudos y señalando a una enorme araña sobre ellos. Enfrentados, otra pareja pero esta vez un hombre que cabalga a una mujer y señala una laboriosa abeja, tan grande como la araña. Las interpretaciones que leí y escuché se refieren al bien y al mal; al control de las pasiones y el culto al trabajo cuando el hombre está sobre la mujer y son guiados por la abeja, y el pecado y el descontrol cuando la mujer está encima y llevan la araña como símbolo. ¿Dije que me supera? Creo que está muy claro, más en el siglo XVI, que aunque hubiera reinas, no tenían dudas para qué servían las mujeres.
El bien y el mal: la abeja y la araña

El bien: el control de las pasiones y el culto al trabajo


El mal: el desenfreno y el pecado


El tercer tramo es el virtuoso. En el segundo pilar se ve a Eros atrapado por una red y con las flechas y alas a sus pies. El trayecto se acompaña de figuras a caballo, vestidas con plumas y uniformes. Aparece incluso un toro de lidia que está siendo lanceado. Dicen que en evocación a la fiestas de los estudiantes al culminar sus estudios. Al final, en el último pilar, un joven de atuendo formal con sombrero de ala ancha y pluma, alegre, abre su pecho y muestra su corazón. Con él se simboliza la amistad y el amor puro que ha vencido a las tentaciones. A su lado, un estudiante sonando la trompeta, saluda al que egresa.


Tercer tramo: los caballeros lancean a un toro

 


El último pilar: el joven sonriente y de corazón abierto.

 







domingo, 14 de septiembre de 2014

109. Las fachadas de Salamanca III: la ranita en la calavera.





La rana es el emblema de Salamanca. Hay ranas de cerámica, de peluche, de papel mache, imanes con rana, camisetas con rana, jarritos con rana e incluso relojes con rana. La rana están en todos lados y en todas las cosas, pero ¿dónde está la rana?

Hay que buscarla en la fachada de la Universidad de Salamanca, frente al Patio de las Escuelas Mayores. Y no es tarea fácil. Mucho más difícil que encontrar al astronauta. Porque esta fachada es más compleja, con más planos y figuras y la ranita apenas es una protuberancia sobre una de las tres calaveras que rodean un dintel de la columna derecha. Se dice que el estudiante que la localice aprobará los exámenes. Sin embargo, la leyenda dice que representa lo efímero del placer. Es que una de las formas de ver la fachada es como la representación de la  virtud y el vicio a derecha e izquierda, respectivamente. Con la ayuda de una guía turística que le mostraba la fachada a un grupo de ancianos, pude identificar del lado izquierdo unas figuras montadas en el acto sexual al lado de otra que defecaba. Según la guía, ese par significaba que “del polvo venimos y al polvo volvemos”. También les mostró una Venus quebrada como símbolo de la vida licenciosa vencida por la virtud. “Mucho toro, mucha mujer en la mala”, les decía, “puro machismo, acá es puro machismo”, agregó. Los viejos le sonreían. 

110.Un paseo por el barrio. Salamanca





A orilla del Tormes, un parque lineal de álamos, sauces y abetos en la orilla. Juncos y cañizos metiendo los pies en el agua. El río límpido parece que no corre y espeja a las torres de la ciudad y los arcos de los puentes.
El más cercano, el romano, construido en el siglo I DC, se encabeza por un verraco decapitado. Me paro debajo de las piedras milenarias y no logro abarcar los ojos que lo han mirado y las manos que lo han tocado. La mitad más alejada de mi orilla fue reconstruida en el siglo XVI y, hacen la salvedad, porque aquella mitad es moderna. Viniendo de un país de apenas 200 años, no me da para sutilezas de 1500.

Ciclistas, corredores y caminantes  disfrutan de ciclovías y senderos entre el follaje que empieza a enrojecer. 

viernes, 12 de septiembre de 2014

111. Las fachadas de Salamanca II: el astronauta y el dragón que come helado.



En la fachada norte de la Catedral de Salamanca, construida entre los siglos XV y XVI, aparece la escultura de un astronauta. Los turistas, de a montones, levantan la cabeza intentando ubicarlo entre la miríada de figuras míticas, animales,  vegetales o humanas. Al final aparece. Al costado del portal, del lado derecho y a mediana altura, un astronauta flotando en su cordón umbilical se distingue sin lugar a confusiones.
La primera versión que recogí fue la clásica premonición de algún picapedrero tan ignoto como sabio. Pensé que History Channel se podría hacer un festín de ovnis y extraterrestres. Pero seguí leyendo y escuchando (¡todo lo que se puede aprender “robando oreja” a los guías con banderín!) y la respuesta es menos mágica pero más lógica. En alguna de las últimas restauraciones del siglo XX, se incorporaron estas figuras como un tributo al paso del tiempo y a lo permanente de la iglesia católica. Se encuentran también un dragón comiendo un helado en cucurucho y una liebre, que ha ganado fama de ser buena para la suerte, así que ya se ve negra y brillosa de tanto roce.


112. Las Fachadas de Salamanca I



Muchas fachadas, múltiples fachadas. Si alguien no tenía claro el barroco, el plateresco o más aun el churrigueresco, a los que tan afectos fueron nuestros indígenas y arquitectos del período colonial, en Salamanca se despejan todas las dudas, entre otras cosas porque acá nacieron y trabajaron los hermanos Churriguera. Las principales comparten el horror vacuoi , esa necesidad de ocupar todo el espacio con esculturas y relieves a la manera de un tapiz. De piedra caliza de color amarillento, varias figuras tienen los bordes suavizados por el tiempo o los rasgos desleídos de tantas manos que los han acariciado.

Las fachadas son las caras de los edificios y acá como en la mayor parte de Europa, muchas no coinciden con el interior. Interiores modernos, adecuados a la vida del Siglo XXI, custodiados por máscaras de tantos siglos.

lunes, 8 de septiembre de 2014

113. Llegar en las fiestas




"Vino en las fiestas", me dijo el taxista diligente y yo no entendí de qué hablaba. "La feria y las fiestas de la ciudad", me explicó. "No en los pueblos, en la ciudad".
A la tarde salí a ver de qué se trataba. De la ciudad vieja ya hablaré, porque me siguen maravillando la estructura de las ciudades y los edificios de la Edad Media y el Renancimiento. En las plazas habían montado casetas con carteles que decían algo así como "Pincho de Feria + Bebida" 1euro. Un puesto al lado del otro: algunos lo tenían a 1,50; otros a 2. En algunas ofrecían mojito, sidra o encurtidos y fiambres que no puedo aún retener y menos repetir. Había gente, pero circulando y las casetas parecían vacías. La movida era más tade.
En el camino me topé con un desfile de charras y charros. Coloridos, con una rica orfebrería en oro y plata, las mujeres vestían con terciopelos y bordados, con pedrería y lentejuelas. Los tocados recogidos en trenzas finas sobre las orejas estaban fijados con alfileres de filigrana en oro y cubiertos son mantillas bordadas en colores.
Encabezaba la procesión sendos arcos de flores llevados por hombres de togas. Al comienzo también iban mujeres de vestidos cortos y urbanos con mantilla y peinetón en la cabeza. Parecían fotos de las buenas señoras españolas que promovía Franco. 
Detrás de los ramos y los vestidos negros venía el jolgorio. Algunos hombres tocaban el tambor con una mano y sostenían la flauta que soplaban en la otra. Otros llevaban castañuelas y acompañaban a las mujeres que cada tantos metros se detenían y bailaban la jota en dos filas enfrentadas. Sonaban entonces las castañuelas, la flauta y el tambor. La mayoría de los participantes eran viejos. Mayores de 70 que disfrutaban del baile y el disfraz y saludaban a los vecinos con aires de importancia. Algunas mujeres algos más jóvenes y algunas niñas también componían el desfile. Yo me imaginaba la organización detrás de todo eso: decidir los trajes, los roles, quien lleva que estandarte y quiénes los ramos. Las disputas, la inevitable naturaleza humana del que cree merecer lo que no le dan y la infeliz que acepta lo que le digan y sigue postergando un año más llevar el traje de luces que le habían prometido porque le cambiaron el puesto a último momento para conformar a otra más difícil. Todo eso armaba mi mente mientras las veía pasar remontando sus huesos y sus joyas por las calles de Salamanca. Los seguí hasta el final. Quería captar algunos rostros que no sé si logré y la textura de los vestidos, que definitivamente no logré.



Luego, me instalé en la Plaza Mayor donde se preparaba el gran escenario. Mientras el sol caía detrás de las fachadas, un aire fresco soplaba trayendo rasgueos de una guitarra castellana, que inevitablemente me recordaba a mi hermano.
Miles de personas y un gran escenario para las fiestas de mañana que parecían empezar hoy. La guitarra suena por encima del bullicio. Unas volutas de humo azul y blanco envuelven al guitarrista que mis ojos cansados, a la distancia no ven. Tan pequeño, pero sé que está ahí.
Pido unas gambas al ajillo y una copa de vino blanco. Las luces de la Plaza se encienden y las ventanas y los balcones se dibujan con relieves de trazos y sombras, 
En las mesas contiguas hay muchas Nyles con sus amigas de pelo rubio batido, sus camisas de seda y las chaquetas sobre los hombros. Tantas doñas Nyl y tantas Nidias y Gracielas, Y doñas Martas y tías Edilias y tías Lidia. Creí que sólo en Uruguay había tantos viejos. No sólo tantos viejos, sino viejos conocidos. Los hombres también resultan familiares: el gallego de la esquina, el dueño de la automotora, el sastre, el tío de tu amigo.
Ahora canta con castñuelas una muchacha que yo diría "andaluza", pero no sé. Ya no sé qué es típico de donde. La voz se eleva poderosa en el crepúsculo sin más acompañamiento que sus cuerdas vocales y la muktutud que trajinaba por la plaza, enlentece el paso y gira la cabeza hacia el escenario para ver quien canta con tanto sentimiento.
Esta cuidad, de 500 mm anuales de lluvia, me recibió lloviendo ayer al bajar del tren y hoy cuando intenté salir a la feria, "Buena suerte, Baden Powell te acompaña", siemto que Jorge me susurra.