sábado, 19 de noviembre de 2016

38. NaNoWriMo

NaNoWriMo
Hace 16 días empecé un reto personal y me inscribí en el NaNoWriMo (National Novel Writing Month) que es un movimiento global que propone escribir el primer borrador de una novela en el mes de noviembre. Hay que llegar a 50.000 palabras en 30 días, es decir, escribir 1667 palabras por día, más o menos 3 carillas. 
Si uno sabe qué va a escribir y tiene un buen esquema creo que es posible. O si tiene mucho tiempo. 
Yo tengo muy pero muy poco tiempo y voy 22.528 palabras. Los últimos días he fallado pero espero recuperar aliento el fin de semana. 
El asunto es escribir, escribir y escribir. No se trata de calidad sino de cantidad. La revisión y la corrección empiezan el 1° de diciembre.
A mí me ha servido para dejarme llevar, escribir sin pensar, sólo escribir. Separar el Aventurero del Censor. Ya veremos qué resulta.

sábado, 27 de agosto de 2016

39. El Gozo de Escribir


En la biblioteca de la Universidad de Salamanca, hace dos años ya, encontré un libro que se llamaba "El Gozo de Escribir" de Natalie Goldberg. Era un único ejemplar que debía leerse en sala. Del hojeo frente al estante pasé a leerlo en la mesa y a pedirlo cada día. Si hubiera sido por mí, lo terminaba en unas horas pero tuve que contenerme. Me organicé para leer sólo media hora por tarde porque corría el riesgo de ensimismarme y avanzar poco con el trabajo. Recorrí las librerías de la ciudad buscándolo, dispuesta a comprarlo y traerlo a casa pero no lo encontré.
Es un libro inspirador. Desde el principio movilizó en mí  tanto aspectos de la técnica de escribir, como (y sobre todo) de la actitud que hay que tener frente a la escritura. Me enamoré del libro. No podía dejarlo y cada tarde, al llegar a la biblioteca, me preocupaba de pensar que alguien más lo hubiera pedido y rompiera mi rutina. No es un libro nuevo, Aquella edición era de 1994 así que deambulé por las librerías de usados y recorrí en la Plaza Mayor durante días la feria del libro de segunda mano que hubo en esos días. No estaba. Busqué en internet datos sobre la autora y ahí me enteré que Natalie es una escritora estadounidense que explora la escritura como una práctica de budismo zen. El libro lleva 30 ediciones y en inglés se llama "Writing down the bones", que es más sugerente que el título en español. Cuando terminé de leerlo decidí que iba a resumirlo para no perder nada de lo que me había enseñado y así podía volver a mis apuntes cuando quisiera. Emprendí entonces una segunda relectura con cuaderno y lapicera en mano.
Cuando volví a casa traje las notas de los 68 capítulos del libro. Y volví a ellas varias veces y puse en práctica muchas de las cosas que aprendí. En esos días de lectura y soledad decidí que podía acercarme más a la literatura si intentaba que otros sacaran el escritor que llevan en su interior. Al llegar, propuse el taller de escritura creativa a CEUPA, el que le ha dado una nueva dimensión a mi vida.
Unos meses después viajamos a Bogotá. Mientras mi marido trabajaba yo aproveché a caminar por el centro de la ciudad: entré al Museo del Oro, recorrí las iglesias de la carrera Séptima y tomé por la Avenida Jiménez en busca del Centro Cultural García Márquez. En la curva hacia la Candelaria encontré una librería grande, en un edificio de otras épocas con muebles de madera y aire setentoso. Luego supe de la fama de la librería Lerner. Asomé la cabeza hacia el interior del local para evitar el encandilamiento y lo primero que vi (pura verdad) fue el libro de Natalie exhibido en la primera de las estanterías junto a la puerta. Nueva cubierta, octava edición en español, año 2013. Lo tengo acá a mi lado, para que me recuerde que al escribir hay que lograr el estilo de un arquero zen que parece no estar haciendo esfuerzo alguno pero todas sus flechas se clavan en el blanco una tras otra.    

jueves, 25 de agosto de 2016

40. Haikus del taller





1. 

Surca la noche
de inviernos apurados
cálida nube



2.
Voces distantes
encuentro acordado
espacio fugaz


3.
Remueve óxidos
se desovillan ganas
y nacen versos

domingo, 7 de agosto de 2016

41. Decálogo de Elvira Navarro para escribir una novela sin trampas.(*)

A unos días de la publicación de su nueva novela en 2013, La trabajadora (PRH), una de las escritoras con más proyección de las letras desvela una de las claves de su éxito: la sinceridad. Navarro nació en Huelva en 1978, vive en Madrid. Es autora  de los libros La ciudad en invierno La ciudad feliz (XXV Premio Jaén de Novela). En 2010 fue incluida en la lista de los 22 mejores narradores en lengua española menores de 35 años de la revista Granta. Con la nueva publicación, Elvira Navarro mantiene su línea de trabajo sobre la tortura de un sistema inflexible con el recorte de las libertades del individuo. Una adelantada a estos tiempos. 
Primera trampa: si quieres escribir una novela, ensaya primero con el cuento
Muchos novelistas jamás han sido cuentistas (lo que a su vez desbarata otro tópico: que escribir cuentos es más fácil que escribir novelas). Además, el cuento y la novela son universos distintos, con lógicas a veces antagónicas. Meterlos en el mismo saco nos condena a que las novelas sean cuentos alargados y a que los cuentos sean novelas comprimidas. 
Segunda trampa: las novelas (la literatura) no ofrece respuestas, tan sólo plantea preguntas
Como cualquier otra forma de ficción, la mayor parte de las novelas tienen su razón de ser en conflictos, y está en su naturaleza el recorrerlos de forma más o menos exhaustiva. El narrador y los personajes afrontan dilemas éticos ante los que ensayan respuestas que dan pie a no pocas decisiones y digresiones.


La nueva novela de Navarro se publica en enero
La nueva novela de Navarro se publica en enero
Dejando a un lado que el socorrido eslogan de lanzar preguntas pero no ofrecer nunca respuestas, y que parece darle puntos a quien lo convoca, se enuncia desde una posición que implica una idea sobre lo literario (y por tanto una respuesta), si convenimos en lo dicho unas líneas más arriba de que toda novela maneja pensamientos y decisiones del narrador y los personajes, ¿cómo negar que ahí no hay respuestas, aunque no sean definitivas? ¿Qué es pensar, sino moverse entre tentativas de respuesta? ¿Y cómo dialogamos los lectores con un libro, sino confrontando nuestras respuestas a las suyas?
Pensemos por ejemplo en Crimen y castigo, de Dostoievski. En el inicio de la novela nos encontramos con el estudiante Raskólnikov, que decide matar a una vieja usurera. Raskólnikov está convencido de que su acto es bueno: las viejas usureras no hacen ningún bien a la humanidad. ¿No es esto una respuesta? Una vez cometido el crimen, el miserable estudiante empieza a dudar de la bondad de su acto. La duda es fruto de no estar seguro de su anterior respuesta porque quizá la respuesta adecuada sea otra. Y así. Además, Crimen y castigo termina siendo un alegato del cristianismo. Sin embargo, nadie discute que esta obra es una de las cumbres de la literatura. ¿Acaso Dostoievski sólo jugaba? Sabemos bien que no, que lo que buscaba era, sí, dar un mensaje. ¿Y sonaba panfletario? Tampoco. ¡Santo cielo!, ¿cómo puede ser eso?
Tercera trampa: el escritor siempre sabe hacia dónde va. No empieces a escribir hasta que no lo tengas todo planeado
El escritor a veces sabe hacia dónde va, y otras no tiene más que intuiciones vagas.
Cuarta trampa: piensa bien el tono y el punto de vista
Mientras caminas no te paras a reflexionar qué pierna debes adelantar. El tono y el punto de vista son las piernas de una narración: cuando ésta arranca, ya están dados. De lo contrario, no arrancaría. No quiero decir que las ficciones se desarrollen sin que el autor decida nada, pero sí  que éstas no suelen presentarse como meras abstracciones. Lo habitual es empezar porque se tiene algo escrito, quizás nimio, pero emitido desde un lugar y con una intención que son su razón de ser.
Quinta trampa: hay que pensar en el lector
No existe un lector, sino muchos tipos de lectores con gustos e ideas contrapuestas sobre lo literario. Por otra parte, estar pensando en un tipo determinado de lector, o en varios, para gustarles o disgustarles conduce a castrar lo que se escribe.
Sexta trampa: no hay que pensar en el lector
El escritor posee unas ideas sobre lo literario. Estas ideas no son sólo suyas. Lo que es suyo son los caminos que lo han llevado a escoger esas ideas. Dichos caminos tienen forma de libros, de escritores a los que se sigue, de amigos con los que se habla. Puesto que el escritor no puede obviar las ideas que ha tomado como propias (o con las que se debate), y que éstas tienen las caras de esos amigos con los que discute o de esos escritores a los que admira o detesta, no podrá evitar la impresión de que no está solo en su cuarto cuando escribe. No podrá, en suma, no pensar en ciertos lectores.  
Séptima trampa: el narrador debe intervenir lo menos posible a la hora de abordar a los personajes. Estos deben presentarse solos
Esta indicación es apropiada para un tipo de relato de carácter escénico, pero ahí debemos pararnos, o de lo contrario evidenciaremos lo poco y mal que hemos leído.
Octava trampa: las descripciones no son necesarias porque ya existe la fotografía, la televisión e Internet
Últimamente se tiende a decir que las descripciones tenían sentido cuando no podíamos verlo "todo" en Internet o en la tele. El argumento olvida que las descripciones no son un atrezo meramente visual trasladado de la realidad al libro. Amén de que las ficciones no son la realidad, las descripciones están emitidas con un tono que genera una atmósfera: en este aire emocional el libro respira. No conozco libros sin aire. En las descripciones se están vertiendo gustos, pensamientos, sentimientos; a través de ellas sabemos más del personaje o del narrador, el cual selecciona qué y de qué modo nos devuelve ese paisaje que no es una imagen aunque la convoque, sino que está hecho de palabras, de intenciones, de fabulaciones.
Novena trampa: si se quiere ser actual no hay que hacer tramas con planteamiento, nudo y desenlace
En Ventajas de viajar en tren, Antonio Orejudo dice que, puesto que ya sabemos que la linealidad es un invento de las ficciones, deberíamos poder usarla sin complejos.
Décima trampa: hay que innovar
No es que esté en contra, pero recordemos que Kafka luchaba por que su escritura se amoldase a la convención. La innovación es a menudo un efecto colateral que surge de buscar soluciones narrativas a problemas o incapacidades del autor, y cuando se logra a veces ni el propio autor es consciente de su conquista. Antes de morir, Kafka le pidió a Max Brod que destruyera sus escritos, a los que no atribuía valor.
(*) En Blogs El Confidencial.com

42. La escopeta y la guitarra

La escopeta y la guitarra recostadas contra el muro. Alineadas. Como bastones. Como centinelas con distinto destino. 
La escopeta con su ojo único, la guitarra con su boca única. Negras profundidades de donde surge el disparo de sonido. De donde surge el gemido de fuego.
La escopeta y la guitarra alineadas contra el muro. Cabellera de cuerdas ofrece la guitarra voluptuosa. Rulo único como gatillo ofrece la escopeta.

La escopeta y la guitarra alineadas contra el muro. Como bastones esperan. Esperan en silencio quien las haga sonar.

jueves, 4 de agosto de 2016

43. Instrucciones para visitar el paisito


En este país el clima es imprevisible. No es raro que hagan treinta grados en julio o que refresque en pleno verano. Más aún, a veces se producen las cuatro estaciones el mismo día: hace calor, llueve, se levanta viento y luego hace frío. Durante los “veranillos” en invierno, la gente que salió abrigada por la mañana comienza a desesperarse con el transcurrir del día al ir aumentando la temperatura. Algunos prefieren sacarse la ropa de a poco sin perder la compostura y otros, por no perderla, llegan a caer desvanecidos como moscas sobre un tablero antes que descubrir la camiseta vieja que sólo usan debajo del pulóver. 
Es así que el clima es muy importante en la vida de todos y constituye el principal tema de conversación en las salas de espera, en las colas de pago o en el mercado. Diría más, en un país sin farándula artística y con escasa vocación para ocuparse de la vida ajena, los meteorólogos, junto con futbolistas y políticos, son los famosos que despiertan pasiones de amor o de odio. Y están los hinchas del meteorólogo de Canal 10 y están los otros que opinan “ese no le pega nunca”. Entonces, si usted viene a visitarnos y quiere entablar conversación con un desconocido en la fila o en la sala de espera, o más aún llenar esos incómodos silencios que se producen cuando uno queda a solas con alguien a quien recién presentaron, es conveniente tener a mano una frase del estilo “¡Qué tiempo de locos! ¡Tanto calor con el frío que hizo ayer!” (o viceversa, según el caso), con lo que el otro puede responder “¡Quién diría señora! ¡A dónde vamos a parar!”, con lo que se abre un infinito abanico de posibilidades, pero también puede contestar simplemente “¡mmm!”, lo que demuestra escaso interés en el tema o en usted misma. Si esta última fuera la circunstancia, no insista. Diríjase al que está detrás de usted en la cola o al otro lado en la sala de espera e intente nuevamente comenzar el diálogo. Antes que sus palabras se desprendan del muro seguramente alguno picará el anzuelo y entonces podrá explayarse sobre aquella vez que viajó a sólo cincuenta kilómetros de su casa y la ráfaga polar la encontró sin chaqueta. Si el otro le devuelve su historia de cómo un imprevisto chaparrón le arruinó los zapatos nuevos, seguramente harán más corta la espera, o tal vez, por qué no, será el comienzo de una linda amistad.  

viernes, 29 de julio de 2016

44. La Resistencia. Ernesto Sabato.

Natalia recuperó un texto hermoso:
"Casi con candor recuerdo la anécdota de aquel hombre que se desvaneció en la calle y, cuando fue reanimado, quienes lo socorrieron le preguntaron cómo no se había comprado algo de comer con el dinero que llevaba en su bolsillo, a lo que aquel ser humano maravilloso respondió que ese dinero era del sindicato."

viernes, 22 de julio de 2016

Regreso a casa. En: Arca de Letras.2015.


Bajo la lluvia, un hombre se acercó a la vidriera del comercio de antigüedades buscando la protección de la marquesina. Miró a través del vidrio. En segunda fila se veía un costurero de pie, taraceado en dos maderas, que por su tapa abierta mostraba un forro de terciopelo rojo empalidecido por los años. El hombre sintió un estremecimiento que le subió desde los talones y le golpeó la garganta. Apenas logró sostener el paraguas, pero lo apretó con fuerza hasta que los dedos le dolieron. Otras personas se amontonaban también bajo el alero y el hombre, de espaldas a la lluvia, parecía hipnotizado por el reflejo del vidrio.
Volvían como un rayo las imágenes a su mente. El pecho blando de su abuela con la camisa de dibujos azules que lo sostuvieron mientras lloraba y el desparramo de libros, ropa y juguetes que quedó después que los verdes se llevaron a su madre para siempre. Ese costurero también había desaparecido junto con otras cosas que no quedaron desparramadas. En todos estos años, la había evocado tantas veces que los rasgos de la cara se le desdibujaban gastados por el recuerdo. Ni la foto en blanco y negro enmarcada sobre la biblioteca le devolvía una imagen viva.
Retenía el desconcierto del momento en que su mamá lo metió bajo una cama y la visión de un buzo rojo al que se abrazó cuando escuchó quebrarse los vidrios de la puerta. Esos recuerdos volvían.
En el costurero no había pensado. Nunca es estos años. Hasta que lo vio. Reconoció entonces los dibujos de la madera tantas veces recorridos por sus dedos de niño y las vueltas de las patas que le daban el aspecto de un cangrejo enorme. Cerró los ojos y el olor muelle del forro y los hilos le inundó el pecho y hasta sintió la tibieza de la alfombra del cuarto donde la madre cosía con la abuela.

La lluvia comenzó a disminuir de intensidad y la gente guarecida bajo la marquesina comenzó a ralearse. El hombre, con su paraguas en la mano, continuó mirando la vidriera. Descargó su emoción sobre la empuñadura que crujió apenas al partirse. El hombre giró y se apoyó en el vidrio. Lentamente, dejó deslizar su espalda al tiempo que el paraguas caía.  

sábado, 2 de julio de 2016

Allá en la isla. En: Arca de Letras. Paysandú. 2015

Tomás Ventura era un muchacho del río. Se había criado en las orillas y no sabía quién le enseñó, ni cuando aprendió a nadar. Le gustaba decir que lo había hecho “mirando a los patos”. De diciembre a marzo, e incluso hasta abril si el año era templado, vivía en el agua con otros gurises. Le gustaba imponerles desafíos como quien aguanta más abajo del agua, quien llega primero hasta aquella boya o quien encuentra un cangrejo vivo entre las piedras. Luego aprendió a remar y a colarse en las expediciones de pesca de algunos hombres del puerto que le sirvieron de guía. Le gustaba escuchar las historias de los pescadores y hasta cambiaba una buena mateada con ellos por las salidas con los muchachos de su edad que perdían el tiempo en las esquinas del centro. Tomás Ventura aprendió en qué época se pescaba cada especie, cuál abundaba en la desembocadura de Arroyo Malo y cuál en Casa Blanca, cuál en invierno y cuál en verano.
Su universo era ese río tumultuoso que desangraba el cielo en cada atardecer al esconderse el sol, allá, detrás de las islas. No era el mismo que le contara su abuelo, por el que llegaban los barcos con mercaderías y pasajeros, cuando la zona del puerto era la más rica de la ciudad. Ya no era ese río. Las carreteras y los puentes habían desviado el tránsito a los camiones y la ciudad hacia las cuchillas.
Un día se entusiasmó con un viejo pescador que contaba que en la isla de enfrente crecían sandías silvestres que podían ser usadas como flotadores para cruzar el río sin esfuerzo. Varias semanas la idea le rondó la cabeza. Había nadado en las orillas, había unido un muelle con otro y había ido hasta la isla en chalana, pero nunca nunca se había atrevido a desafiar su caudal poderoso en un cruce a nado.  Desde aquel domingo, soñó con dejarse llevar donde la corriente quisiera, abrazado a una sandía. Se imaginaba llegando a un recodo inexplorado en el que lo esperaban plantas y animales desconocidos y, ¿porqué no?, una muchacha abandonada por piratas. Pensó alternativas, pero el viejo Tito no quiso llevarlo en bote y el Bebe ni consideró la posibilidad de armar una balsa para dejarla luego a la deriva, mientras ellos volvían abrazados a las sandías.
Pasó el tiempo, muchos se olvidaron del cuento pero él no desistía de inventar formas de llegar hasta la isla para volver flotando. Se le ocurrió, entonces, desafiar a los nadadores más diestros a cruzar el río a nado. Pocos habían atravesado todo el ancho. Tomás Ventura no era de los mejores, pero insistió.
-       ¿Qué necesitan para animarse? -los provocaba. -¿Un médico en un bote? Pues tendrán un médico y ¡muchos botes, cagones! –se enojaba ante la vacilación del resto de los muchachos.
Acostumbrado a construirse la vida desde niño, Tomás Ventura convenció al médico que era socio del Club de Remo a sumarse a la expedición y luego, alegando la seguridad de los nadadores, también consiguió las chalanas que los acompañarían.
Pensó en todos los detalles. Hasta pensó que el mejor momento para partir era un domingo después de misa para, al menos, llevar con ellos la bendición del Señor. El Presidente del Club golpeó la claque habilitando la partida y las ansias por llegar más las ganas contenidas durante tanto tiempo le impulsaron río traviesa como si le hubiera nacido un motor en los pies. Con veinte brazadas dejó rezagados a los más rápidos y se perdió, en lucha contra la corriente, hacia la isla. El agua clara de la orilla se volvió negra en el medio del canal. Cada tanto sentía mordiscos de los peces en los muslos y en el torso. Veía el cielo al levantar la cara y las burbujas rojizas de su respiración al hundirla. Ni una nube templaba al sol implacable. Más de una vez sintió el peso de los brazos e imaginó la vuelta, abrazado a la sandía. Y siguió avanzando. 
Cuando sus pies tocaron la arena de la playa se incorporó y corrió hacia el monte. Aún jadeaba. El resto de los nadadores se veían como aletas braceando a la distancia. El monte era intrincado. Apenas podía avanzar de pie. Se espinó manos y espalda, quebró ramas y gajos buscando el claro en que crecían las sandías. Una vegetación densa y agreste le cerraba el paso. No desistió. Tomás Ventura, encorvado entre los arbustos, seguía en la búsqueda de la fruta prometida. A través de los matorrales oía las voces de los nadadores que  llegaban a la playa. El tiempo pasaba y él, cada vez más herido, seguía persistente en su intento.  
Las voces se transformaron en gritos que lo llamaban. Escuchaba a los nadadores preguntarse si alguien lo había visto o si se habría ahogado. Los botes de apoyo comenzaron a buscarlo hundiendo los remos en el lecho y continuaron hasta que las sombras amenazaron el regreso. El viejo Tito sintió la opresión de no haber querido traer al muchacho en la chalana. Desalentados, enfilaron hacia la costa para informar a la Prefectura. El Bebe tiritaba aunque la brisa del atardecer soplaba tibia. Giró la cabeza hacia la isla por última vez y miró la silueta de los árboles dibujándose en el horizonte. En el río, dos esferas alineadas se acercaban con velocidad. Miró de nuevo y distinguió que una de ellas se erguía sobre la superficie mientras la otra sobresalía apenas, meciéndose. Gritó. Y vio levantarse el brazo de Tomás Ventura que se impulsaba hacia los botes.


lunes, 13 de junio de 2016

46.High Line Park. NYC

Sobre una vieja vía elevada los neoyorquinos construyeron un parque. Entre los bloques de apartamentos, sobre las calles y espiando ventanas, un camino enjardinado avanza llevando visitantes y lugareños, perros y vendedores. Intervenciones artísticas, bancos, tribunas, plazoletas y miradores van pautando el recorrido. High Line Park serpentea entre balcones por 2,3 km y espía a Chelsea hasta llegar a la vieja estación del tren.



jueves, 26 de mayo de 2016

47. La Sinagoga Central de NYC

A David lo recuerdo cada día desde que fue asesinado, pero estando en Nueva York quise acercarme a su memoria visitando la Sinagoga Central.
Detrás de una fachada de ladrillos de tres portales, dos cúpulas bulbosas de bronce brillan sobre un cielo gris al lado de rascacielos que las empequeñecen. Pero el santuario mayor de los judíos en Nueva York es una inmensa nave de tres cuerpos de asientos y doble altura.  A los lados, balconean dos tribunas de asientos que miran hacia el centro. Revestido de madera labrada, el segundo piso es sostenido por columnas talladas con oro y colores. El lugar tiene un aire a iglesia rusa pero también reina una atmósfera morisca desde los arcos y las cúpulas. El piso de cerámica de colores reluce y parece nuevo.


La Sinagoga fue inaugurada en su actual ubicación en 1872 y en 1888 sufrió su primer incendio. Luego vendrían otros. El más reciente ocurrió en 1998, cuando el fuego consumió el techo de la nave y al derrumbarse destruyó gran parte del templo. El techo que cobijaba los rollos de la ley no cedió, por lo tanto las torot (plural de tora) no sufrieron daño.  
La señora que nos guíaba abrió las puertas del tabernáculo para exponer los rollos envueltos en fundas de terciopelo azul, reclinados en una pared sobre la que un haz de luz amarilla se esparcía sobre un cielo celeste. Para ella (y supongo que para la mayoría de los creyentes) su sobrevivenvia fue obra de dios.

lunes, 16 de mayo de 2016

48. Una esfinge

Un día en el metro de Nueva York un hombre se sentó en el asiento frente a nosotros. En las ropas y en las manos se reconocía a un trabajador. Parecía cansado. Traía un paquete delgado y largo como un bastón o un bate. Luego de acomodarse, tomó con sus dos manos el paquete, lo colocó entre sus piernas algo abiertas y descargó parte de su peso en él, como si fuera un báculo. Los brazos extendidos a la altura del pecho. Entonces cerró los ojos. Cierta placidez descendió sobre él. Los músculos relajados, la boca prominente y distendida, la frente ancha y recta, lisa. Lo miré con atención. Se había transformado en una esfinge de ébano. La pigmentación oscura en los labios se continuaba uniforme por las mejillas y llegaba a los párpados hasta perderse en las nacientes del cabello. Mientras mantuvo los ojos cerrados fue la talla de un experto artesano, Una escultura en madera lustrosa. El alma escondida en un trozo de granito. Los rasgos perfectos de un grabado antiguo. Lamenté no saber dibujar. 

domingo, 15 de mayo de 2016

49. Algo nuevo, algo viejo, algo azul y algo prestado.




Conocer Nueva York es como llegar a Paris. Es reconocer más que conocer. Es rencontrarse con las imágenes tantas veces vistas en libros, en películas, sobre todo en películas.
Los edificios de ladrillos rojos con escaleras exteriores de hierro, las ventanas de guillotina, las entradas con escaleras y barandas, los subsuelos, los rascacielos, el Empire State, la Estatua de la Libertad, el lago de Central Park, el Rockefeller Center. Son todas imágenes de mi filmoteca.  Uno se regocija en el rencuentro, en la constatación. 
Otras cosas se descubren. Los mundos escondidos en los museos contienen todo lo que uno leyó en libros y vio en láminas o (de nuevo) en películas. Desde el esqueleto del Tyranosaurios rex a las Señoritas D´Avignon; de las momias egipcias a las esculturas de Degas, desde las ropas de los apaches a Les Bourgeois de Calais.  Maravillas de la humanidad en el Guggenheim, en el Moma, en el MET. Cajas chinas inabordables, inabarcables. 
Nueva York es una ciudad vieja en perpetua reconstrucción. Como ocurre en Europa pero con más vértigo. El ritmo es otro: un ascensor trepa 102 pisos en un minuto, los subtes pasan cada dos, los ferrys salen cada 20, de contínuo vuelan y aterrizan helicópteros, pasan camiones por la 5a. Avenida, autos, bomberos, bicicletas, ambulancias, buses, taxis, lanchas, peatones, miles y miles de peatones. El ritmo pautado por los guiños luminosos de Time Square.
La cuadrícula de rascacielos eriza las manzanas, pero no renuncia ni al verde ni al cielo. Sopla el viento frío del norte y la costa acecha desde el perímetro. El aire respirable espanta el hollín y los escapes. Los parques y las plazas espolvorean el espacio.    
Pero la ciudad no logra escapar del ruido. A toda hora, en cualquier momento hay una mezcla de sonidos que satura, que impide saber cómo suena qué. En el aturdimiento permanente las sirenas lastiman el cielo, los trenes frenan y arrancan, los camiones espantan a bocinazos, los buses resoplan en un abrir y cerrar de puertas, los negros gritan para festejar y para insultar, las masas zapatean atropellando escaleras, mientras el ronroneo de los motores permanece siempre como telón de fondo. Aun en la madrugada, una ambulancia desgarra la noche.


En Central Park, un paraíso verde en medio del bullicio urbano, deambulan ardillas y pájaros. Pájaros cantores con nidos fabricados con hilos de nailon, Una calandria nos ofreció su canto y Jorge, enamorado de sus trinos, prendió el grabador. Cuando después la escuchamos, apenas se distinguían sus silbidos del ruido mecánico y las voces de la gente. En esa mixtura multisensorial Nueva York se las ingenia para mantener las dimensiones humanas y te permite caminarla por lo alto en el High Line Park o al ras del suelo por Broadway, verla pasar por debajo del Flatiron Building, contemplarle el perfil desde el ferry o amodorrarla desde un banco al sol en Bryant Park.   
La Gran Manzana se deja comer a mordiscones sin empachar.  

domingo, 8 de mayo de 2016

50. Strawberry fields for ever


Escucho Strawberry fields. Luego suena Imagine y después Give peace a chance. No puedo dejar de pensar en John, un hombre pacífico muerto en un acto demencial en la puerta de su casa frente a su esposa. Pasamos por el Edificio Dakota en Strawberry fields, un día gris de primavera en Nueva York. Es tonto, pero uno se siente más cerca porque transita la vereda donde cayó.
Mi amigo David, un hombre bueno y pacífico, hace dos meses hoy, fue asesinado en la puerta de su comercio frente a su hijo. Pasamos a menudo frente al edificio, una tarde cualquiera en Paysandu. No los comparo, pero un hilo invisible los une en mi mente. A David le gustaba John. A John le hubiera gustado David. Muertes injustas, inexplicables, causadas por motivos que no les correspondían. Muertes que no eran para ellos.

51. Strangers in the night

Suenan sirenas en la noche. A través de las ventanas cerradas, de las paredes incluso, el ulular se acerca, atraviesa y se va. Al poco rato  se escucha de nuevo.
Tantas películas he visto que me imagino persecuciones policiales, ambulancias evacuando heridos  o carros de bomberos hacia algún incendio feroz. No sé si son por atrapar o por socorrer pero no paran de sonar.

52. Primero de mayo en Nueva York o sin lugar para los debiles

En Unión Square un puñado de inmigrantes y otras minorías, bajo la lluvia, reclaman por condiciones de trabajo justas y por la hermandad de los trabajadores del mundo. Una perturbación apenas en el centro de Manhattan. Una gritería, amplificada por parlantes, que hace volver la cabeza al peatón, un minuto apenas, para identificar de donde provienen las voces. Y luego sigues, cabeza baja, evitando la lluvia y el viento. Por debajo del borde del paraguas logras ver un cartel que se desdibuja en chorros por la lluvia. Impreso en hoja A4, llora el cartel mientras recuerda las condiciones de trabajo en la frontera.
Nadie registra el pequeño acto en el centro del centro del mundo. Nadie homenajea a los cristianos en la Roma de los romanos. Nadie retiene el alboroto de unos pocos que, de tan pocos, son nadie.
A la tarde, pocas horas después del homenaje invisible, se incendia la iglesia ortodoxa de Manhattan. Los escasos minutos y centímetros reservados en los medios para mencionar el Primero de Mayo son devorados por las llamas de una iglesia que ardió  antes de la salida de los diarios.

domingo, 24 de abril de 2016

53. De nuevo la lluvia

El alivio recorrió la ciudad el segundo día sin lluvia. Una capota grisácea, por momentos oscura por otros liviana y casi traslúcida, se mantuvo amenazante para recordarnos que aún quedaba mucho por mojar. Siguió el calor como otro indicio de que nos faltaba al menos un capítulo más. Sin embargo el resplandor dio para secar alguna ropa y ventilar las habitaciones. Algún iluso pensó, incluso, que todo había terminado.
Mientras se va acabando el día, comienza a oirse un repiqueteo lento sobre las chapas del techo. El golpeteo se acelera, ya no parecen pedradas sino un galope liviano que se transforma en un motor de fondo. Se acabó la tregua, ya empezó otra vez.  

sábado, 23 de abril de 2016

54. Procastinear II

Como todos los días tengo la sensación de que quiero escribir pero no concreto. Abro el computador, no resisto pasar por facebook y ahi me derivo por artículos que hablan de la habilidad para cantar con la boca llena o sobre cuáles son los libros preferidos del mes o miro las fotos del viaje de una conocida a quien, ni siquiera, le conozco la familia. En eso paso una hora o dos. 
Querer escribir dista mucho, en mi, a ponerme a escribir. Y cuando lo hago, como ahora, escribo lo que estoy pensando o por lo que voy pasando. ¿Por qué no abro el computador y encaro los archivos incompletos de la novela que hace dos años no avanza? ¿Por qué encaro la escritura como una tarea, un trabajo a cumplir? Sólo procastinear.

martes, 19 de abril de 2016

55. Lluvia inclemente

Hace tres semanas que no para de llover. Daría para escribir un tango o una poesía de amor contrariado, con "llueve en la ventana como dentro de mi alma" y esas cosas. Pero no da.
Hay tanta humedad que se me empañan los lentes y se me amocosa la inspiración. 
Evoco a Macondo y a los peces que entran y salen por las ventanas. Pero en mi casa sólo deambulan las babosas y los caracoles y el perro huele a perro más que nunca. Las flores naranjas de la bignonia no resisten más el asalto de las gotas de lluvia y se precipitan al suelo, como caramelos tirados al azar. Cada día, inventareo goteras para reparar cuando pare el diluvio, mientras los hongos crecen por las paredes, avanzan y superan marcas, cambiando de forma, como figuras fantásticas de la mejor Juana. 

martes, 12 de abril de 2016

56. Punto de Fuga

El lunes 4 de abril presentamos una antología de cuentos del taller de CEUPA (Centro Estudios Universitarios Permanentes y Abiertos) de Escritura Creativa. Fue mi primera experiencia en el género y para muchos de los talleristas también. Les dejo el Prólogo que encabeza el libro:

“Punto de fuga” es el producto de un año de trabajo con aquellos participantes que se atrevieron a aceptar la propuesta del taller de Escritura Creativa. Para CEUPA fue una propuesta novedosa y para mi también. Los últimos quince años me he dedicado a la literatura con mucho entusiasmo. He escrito varios libros, participado de talleres literarios, tanto presenciales como virtuales, y he estudiado con ahínco sobre técnicas de escritura, gramática y sintaxis, así como relevado herramientas para escritores y leído cuanto libro ha caído en mis manos sobre la experiencia de escribir ficción.
Con ese bagaje y mis años de docente me presenté a la Directiva con la propuesta del taller. No quise llamarlo Taller Literario, porque quería probar una experiencia más libre, más sensorial, no tan atada a lo escrito por otros autores. La misma fue bien recibida y así me enfrenté por primera vez a un grupo de gente “grande”, que según el primer sondeo “nunca habían escrito nada”. Más allá que no les creí del todo, declaraban que nunca habían escrito ficción y aunque a todos les gustaba leer, uno amenazó con abandonar el taller en el primer encuentro. Luego, varios participantes me confesaron que habían venido “para probar”.
El trabajo con el grupo fue un viaje en el que nos fuimos conociendo y aprendiendo mutuamente. Los textos se produjeron desde el primer encuentro a partir de una consigna disparadora y con el correr de las semanas cada uno se fue atreviendo más, se dejó llevar por la imaginación y se animó a expresar sus emociones. Aquellos primeros escritos empezaron a tomar cuerpo de relato, a complejizar la anécdota y a desarrollar el ambiente emocional. Yo recuperé el placer de la docencia directa, del intercambio de saberes y del afecto correspondido.

El contenido de Punto de Fuga refleja lo que fue el grupo durante el año y adonde llegó cada uno. Todos los cuentos tienen en común la alegría del descubrimiento de las primeras experiencias, del saberse capaz y de haber accedido a una nueva dimensión de nosotros mismos. Contienen la satisfacción del aprendizaje y la generosidad de compartir los logros y por eso es un material valioso que invito a todos a disfrutar.

jueves, 7 de abril de 2016

57. Una cena frugal

Trabajo entre diez y doce horas por día. Llego a casa y apenas atino a volar los zapatos. Ahora estoy sola. El perro espera que yo llegue luego de haber pasado solo en el jardín tanto tiempo como yo estuve afuera. Está ansioso. Me recibe a los saltos, saca la lengua y salta contorneándose. Le doy algo de comer y me desparramo en el sofá. Como algo que esté hecho: algo como un pedazo de queso, unas aceitunas y, cuando tengo resto, una ensalada de atún con tomate. Si hay, me tomo una copa de vino. A veces me duermo mirando la tele. Mirando cualquier cosa. Sólo es el ruido y las imágenes. 
El otro día me desperté dos horas después de haber llegado, con el cuello dolorido y la boca pastosa. La tabla, que tenía el queso que había estado comiendo, estaba limpia. El perro también dormía. La media horma de queso no apareció. Probablemente se disolvió en el estómago canino. 

sábado, 2 de abril de 2016

58. De noviembre a abril

Varios meses, muchos días. Ausencia del teclado, de los cuadernos. Falta paz para escribir. Falta cierto "estado del alma". Busco un estado del alma que me permita leer y escribir.