jueves, 26 de mayo de 2016

47. La Sinagoga Central de NYC

A David lo recuerdo cada día desde que fue asesinado, pero estando en Nueva York quise acercarme a su memoria visitando la Sinagoga Central.
Detrás de una fachada de ladrillos de tres portales, dos cúpulas bulbosas de bronce brillan sobre un cielo gris al lado de rascacielos que las empequeñecen. Pero el santuario mayor de los judíos en Nueva York es una inmensa nave de tres cuerpos de asientos y doble altura.  A los lados, balconean dos tribunas de asientos que miran hacia el centro. Revestido de madera labrada, el segundo piso es sostenido por columnas talladas con oro y colores. El lugar tiene un aire a iglesia rusa pero también reina una atmósfera morisca desde los arcos y las cúpulas. El piso de cerámica de colores reluce y parece nuevo.


La Sinagoga fue inaugurada en su actual ubicación en 1872 y en 1888 sufrió su primer incendio. Luego vendrían otros. El más reciente ocurrió en 1998, cuando el fuego consumió el techo de la nave y al derrumbarse destruyó gran parte del templo. El techo que cobijaba los rollos de la ley no cedió, por lo tanto las torot (plural de tora) no sufrieron daño.  
La señora que nos guíaba abrió las puertas del tabernáculo para exponer los rollos envueltos en fundas de terciopelo azul, reclinados en una pared sobre la que un haz de luz amarilla se esparcía sobre un cielo celeste. Para ella (y supongo que para la mayoría de los creyentes) su sobrevivenvia fue obra de dios.

lunes, 16 de mayo de 2016

48. Una esfinge

Un día en el metro de Nueva York un hombre se sentó en el asiento frente a nosotros. En las ropas y en las manos se reconocía a un trabajador. Parecía cansado. Traía un paquete delgado y largo como un bastón o un bate. Luego de acomodarse, tomó con sus dos manos el paquete, lo colocó entre sus piernas algo abiertas y descargó parte de su peso en él, como si fuera un báculo. Los brazos extendidos a la altura del pecho. Entonces cerró los ojos. Cierta placidez descendió sobre él. Los músculos relajados, la boca prominente y distendida, la frente ancha y recta, lisa. Lo miré con atención. Se había transformado en una esfinge de ébano. La pigmentación oscura en los labios se continuaba uniforme por las mejillas y llegaba a los párpados hasta perderse en las nacientes del cabello. Mientras mantuvo los ojos cerrados fue la talla de un experto artesano, Una escultura en madera lustrosa. El alma escondida en un trozo de granito. Los rasgos perfectos de un grabado antiguo. Lamenté no saber dibujar. 

domingo, 15 de mayo de 2016

49. Algo nuevo, algo viejo, algo azul y algo prestado.




Conocer Nueva York es como llegar a Paris. Es reconocer más que conocer. Es rencontrarse con las imágenes tantas veces vistas en libros, en películas, sobre todo en películas.
Los edificios de ladrillos rojos con escaleras exteriores de hierro, las ventanas de guillotina, las entradas con escaleras y barandas, los subsuelos, los rascacielos, el Empire State, la Estatua de la Libertad, el lago de Central Park, el Rockefeller Center. Son todas imágenes de mi filmoteca.  Uno se regocija en el rencuentro, en la constatación. 
Otras cosas se descubren. Los mundos escondidos en los museos contienen todo lo que uno leyó en libros y vio en láminas o (de nuevo) en películas. Desde el esqueleto del Tyranosaurios rex a las Señoritas D´Avignon; de las momias egipcias a las esculturas de Degas, desde las ropas de los apaches a Les Bourgeois de Calais.  Maravillas de la humanidad en el Guggenheim, en el Moma, en el MET. Cajas chinas inabordables, inabarcables. 
Nueva York es una ciudad vieja en perpetua reconstrucción. Como ocurre en Europa pero con más vértigo. El ritmo es otro: un ascensor trepa 102 pisos en un minuto, los subtes pasan cada dos, los ferrys salen cada 20, de contínuo vuelan y aterrizan helicópteros, pasan camiones por la 5a. Avenida, autos, bomberos, bicicletas, ambulancias, buses, taxis, lanchas, peatones, miles y miles de peatones. El ritmo pautado por los guiños luminosos de Time Square.
La cuadrícula de rascacielos eriza las manzanas, pero no renuncia ni al verde ni al cielo. Sopla el viento frío del norte y la costa acecha desde el perímetro. El aire respirable espanta el hollín y los escapes. Los parques y las plazas espolvorean el espacio.    
Pero la ciudad no logra escapar del ruido. A toda hora, en cualquier momento hay una mezcla de sonidos que satura, que impide saber cómo suena qué. En el aturdimiento permanente las sirenas lastiman el cielo, los trenes frenan y arrancan, los camiones espantan a bocinazos, los buses resoplan en un abrir y cerrar de puertas, los negros gritan para festejar y para insultar, las masas zapatean atropellando escaleras, mientras el ronroneo de los motores permanece siempre como telón de fondo. Aun en la madrugada, una ambulancia desgarra la noche.


En Central Park, un paraíso verde en medio del bullicio urbano, deambulan ardillas y pájaros. Pájaros cantores con nidos fabricados con hilos de nailon, Una calandria nos ofreció su canto y Jorge, enamorado de sus trinos, prendió el grabador. Cuando después la escuchamos, apenas se distinguían sus silbidos del ruido mecánico y las voces de la gente. En esa mixtura multisensorial Nueva York se las ingenia para mantener las dimensiones humanas y te permite caminarla por lo alto en el High Line Park o al ras del suelo por Broadway, verla pasar por debajo del Flatiron Building, contemplarle el perfil desde el ferry o amodorrarla desde un banco al sol en Bryant Park.   
La Gran Manzana se deja comer a mordiscones sin empachar.  

domingo, 8 de mayo de 2016

50. Strawberry fields for ever


Escucho Strawberry fields. Luego suena Imagine y después Give peace a chance. No puedo dejar de pensar en John, un hombre pacífico muerto en un acto demencial en la puerta de su casa frente a su esposa. Pasamos por el Edificio Dakota en Strawberry fields, un día gris de primavera en Nueva York. Es tonto, pero uno se siente más cerca porque transita la vereda donde cayó.
Mi amigo David, un hombre bueno y pacífico, hace dos meses hoy, fue asesinado en la puerta de su comercio frente a su hijo. Pasamos a menudo frente al edificio, una tarde cualquiera en Paysandu. No los comparo, pero un hilo invisible los une en mi mente. A David le gustaba John. A John le hubiera gustado David. Muertes injustas, inexplicables, causadas por motivos que no les correspondían. Muertes que no eran para ellos.

51. Strangers in the night

Suenan sirenas en la noche. A través de las ventanas cerradas, de las paredes incluso, el ulular se acerca, atraviesa y se va. Al poco rato  se escucha de nuevo.
Tantas películas he visto que me imagino persecuciones policiales, ambulancias evacuando heridos  o carros de bomberos hacia algún incendio feroz. No sé si son por atrapar o por socorrer pero no paran de sonar.

52. Primero de mayo en Nueva York o sin lugar para los debiles

En Unión Square un puñado de inmigrantes y otras minorías, bajo la lluvia, reclaman por condiciones de trabajo justas y por la hermandad de los trabajadores del mundo. Una perturbación apenas en el centro de Manhattan. Una gritería, amplificada por parlantes, que hace volver la cabeza al peatón, un minuto apenas, para identificar de donde provienen las voces. Y luego sigues, cabeza baja, evitando la lluvia y el viento. Por debajo del borde del paraguas logras ver un cartel que se desdibuja en chorros por la lluvia. Impreso en hoja A4, llora el cartel mientras recuerda las condiciones de trabajo en la frontera.
Nadie registra el pequeño acto en el centro del centro del mundo. Nadie homenajea a los cristianos en la Roma de los romanos. Nadie retiene el alboroto de unos pocos que, de tan pocos, son nadie.
A la tarde, pocas horas después del homenaje invisible, se incendia la iglesia ortodoxa de Manhattan. Los escasos minutos y centímetros reservados en los medios para mencionar el Primero de Mayo son devorados por las llamas de una iglesia que ardió  antes de la salida de los diarios.