Ir al contenido principal

49. Algo nuevo, algo viejo, algo azul y algo prestado.




Conocer Nueva York es como llegar a Paris. Es reconocer más que conocer. Es rencontrarse con las imágenes tantas veces vistas en libros, en películas, sobre todo en películas.
Los edificios de ladrillos rojos con escaleras exteriores de hierro, las ventanas de guillotina, las entradas con escaleras y barandas, los subsuelos, los rascacielos, el Empire State, la Estatua de la Libertad, el lago de Central Park, el Rockefeller Center. Son todas imágenes de mi filmoteca.  Uno se regocija en el rencuentro, en la constatación. 
Otras cosas se descubren. Los mundos escondidos en los museos contienen todo lo que uno leyó en libros y vio en láminas o (de nuevo) en películas. Desde el esqueleto del Tyranosaurios rex a las Señoritas D´Avignon; de las momias egipcias a las esculturas de Degas, desde las ropas de los apaches a Les Bourgeois de Calais.  Maravillas de la humanidad en el Guggenheim, en el Moma, en el MET. Cajas chinas inabordables, inabarcables. 
Nueva York es una ciudad vieja en perpetua reconstrucción. Como ocurre en Europa pero con más vértigo. El ritmo es otro: un ascensor trepa 102 pisos en un minuto, los subtes pasan cada dos, los ferrys salen cada 20, de contínuo vuelan y aterrizan helicópteros, pasan camiones por la 5a. Avenida, autos, bomberos, bicicletas, ambulancias, buses, taxis, lanchas, peatones, miles y miles de peatones. El ritmo pautado por los guiños luminosos de Time Square.
La cuadrícula de rascacielos eriza las manzanas, pero no renuncia ni al verde ni al cielo. Sopla el viento frío del norte y la costa acecha desde el perímetro. El aire respirable espanta el hollín y los escapes. Los parques y las plazas espolvorean el espacio.    
Pero la ciudad no logra escapar del ruido. A toda hora, en cualquier momento hay una mezcla de sonidos que satura, que impide saber cómo suena qué. En el aturdimiento permanente las sirenas lastiman el cielo, los trenes frenan y arrancan, los camiones espantan a bocinazos, los buses resoplan en un abrir y cerrar de puertas, los negros gritan para festejar y para insultar, las masas zapatean atropellando escaleras, mientras el ronroneo de los motores permanece siempre como telón de fondo. Aun en la madrugada, una ambulancia desgarra la noche.


En Central Park, un paraíso verde en medio del bullicio urbano, deambulan ardillas y pájaros. Pájaros cantores con nidos fabricados con hilos de nailon, Una calandria nos ofreció su canto y Jorge, enamorado de sus trinos, prendió el grabador. Cuando después la escuchamos, apenas se distinguían sus silbidos del ruido mecánico y las voces de la gente. En esa mixtura multisensorial Nueva York se las ingenia para mantener las dimensiones humanas y te permite caminarla por lo alto en el High Line Park o al ras del suelo por Broadway, verla pasar por debajo del Flatiron Building, contemplarle el perfil desde el ferry o amodorrarla desde un banco al sol en Bryant Park.   
La Gran Manzana se deja comer a mordiscones sin empachar.  

Comentarios

Entradas populares de este blog

28. LAS ACEITUNAS DE LA TIA ORIOLA

La aceitunas más saladas que se puedan preparar eran las de la tía Oriola. Las recogía de un viejo árbol de la quinta y luego de un misterioso proceso que nunca quise conocer, llenaba el gran bollón de vidrio de la cocina con aquellas gemas verdosas y gigantes. El cucharón de madera colgando del borde del frasco prometía jugosas incursiones. Durante las aburridas horas de la siesta, arrodillada en la silla de la tía, me fascinaba mirar las aceitunas a través del vidrio como al mejor de los acuarios. Las revolvía con el cucharón y esperaba que cada una cayera encontrando su mejor lugar. Y nuevamente, el cucharón con agujeritos arremolinaba el estanque verde amarillento para volver a verlas caer. Una, dos, tres. Cada tanto atrapaba una. Como experto pescador o como un gato que da el zarpazo a la presa desprevenida. Esta es para mí. El desafío era tomarla mientras nadaba, antes de llegar al fondo. Y el botín de carozos se engrosaba en montoncitos sobre la mesa como prueba irrefutable del …

26. Retomar la casa

Hace muchos muchos años que no pasaba una temporada en casa sin un plan concreto. Cada vez que tuve licencia, o bien nos íbamos a algún lado o llegaban visitas y estaba en otra. De la casa en sí, de revisar sus lastimaduras, componer sus entuertos, sanar sus heridas, ordenar los desmanes deben haber pasado los años de mi hijo mayor desde la última vez que me compenetré. Estoy aquí desde hace un mes, un mes liberador, reconstituyente. He dado vuelta cada rincón, he ordenado estantes y armarios, descartado, cambiado, organizado. Y aún falta mucho. También he escrito y leído, escuchado radio, recomenzado gimnasia y las caminatas por el río. He cocinado, lavado, planchado, incluso cosido. En algo más de una semana debo volver al trabajo pero con gusto me quedaría acá.

111. Las fachadas de Salamanca II: el astronauta y el dragón que come helado.

En la fachada norte de la Catedral de Salamanca, construida entre los siglos XV y XVI, aparece la escultura de un astronauta. Los turistas, de a montones, levantan la cabeza intentando ubicarlo entre la miríada de figuras míticas, animales,  vegetales o humanas. Al final aparece. Al costado del portal, del lado derecho y a mediana altura, un astronauta flotando en su cordón umbilical se distingue sin lugar a confusiones. La primera versión que recogí fue la clásica premonición de algún picapedrero tan ignoto como sabio. Pensé que History Channel se podría hacer un festín de ovnis y extraterrestres. Pero seguí leyendo y escuchando (¡todo lo que se puede aprender “robando oreja” a los guías con banderín!) y la respuesta es menos mágica pero más lógica. En alguna de las últimas restauraciones del siglo XX, se incorporaron estas figuras como un tributo al paso del tiempo y a lo permanente de la iglesia católica. Se encuentran también un dragón comiendo un helado en cucurucho y una liebre,…