viernes, 22 de julio de 2016

Regreso a casa. En: Arca de Letras.2015.


Bajo la lluvia, un hombre se acercó a la vidriera del comercio de antigüedades buscando la protección de la marquesina. Miró a través del vidrio. En segunda fila se veía un costurero de pie, taraceado en dos maderas, que por su tapa abierta mostraba un forro de terciopelo rojo empalidecido por los años. El hombre sintió un estremecimiento que le subió desde los talones y le golpeó la garganta. Apenas logró sostener el paraguas, pero lo apretó con fuerza hasta que los dedos le dolieron. Otras personas se amontonaban también bajo el alero y el hombre, de espaldas a la lluvia, parecía hipnotizado por el reflejo del vidrio.
Volvían como un rayo las imágenes a su mente. El pecho blando de su abuela con la camisa de dibujos azules que lo sostuvieron mientras lloraba y el desparramo de libros, ropa y juguetes que quedó después que los verdes se llevaron a su madre para siempre. Ese costurero también había desaparecido junto con otras cosas que no quedaron desparramadas. En todos estos años, la había evocado tantas veces que los rasgos de la cara se le desdibujaban gastados por el recuerdo. Ni la foto en blanco y negro enmarcada sobre la biblioteca le devolvía una imagen viva.
Retenía el desconcierto del momento en que su mamá lo metió bajo una cama y la visión de un buzo rojo al que se abrazó cuando escuchó quebrarse los vidrios de la puerta. Esos recuerdos volvían.
En el costurero no había pensado. Nunca es estos años. Hasta que lo vio. Reconoció entonces los dibujos de la madera tantas veces recorridos por sus dedos de niño y las vueltas de las patas que le daban el aspecto de un cangrejo enorme. Cerró los ojos y el olor muelle del forro y los hilos le inundó el pecho y hasta sintió la tibieza de la alfombra del cuarto donde la madre cosía con la abuela.

La lluvia comenzó a disminuir de intensidad y la gente guarecida bajo la marquesina comenzó a ralearse. El hombre, con su paraguas en la mano, continuó mirando la vidriera. Descargó su emoción sobre la empuñadura que crujió apenas al partirse. El hombre giró y se apoyó en el vidrio. Lentamente, dejó deslizar su espalda al tiempo que el paraguas caía.  

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