sábado, 27 de agosto de 2016

39. El Gozo de Escribir


En la biblioteca de la Universidad de Salamanca, hace dos años ya, encontré un libro que se llamaba "El Gozo de Escribir" de Natalie Goldberg. Era un único ejemplar que debía leerse en sala. Del hojeo frente al estante pasé a leerlo en la mesa y a pedirlo cada día. Si hubiera sido por mí, lo terminaba en unas horas pero tuve que contenerme. Me organicé para leer sólo media hora por tarde porque corría el riesgo de ensimismarme y avanzar poco con el trabajo. Recorrí las librerías de la ciudad buscándolo, dispuesta a comprarlo y traerlo a casa pero no lo encontré.
Es un libro inspirador. Desde el principio movilizó en mí  tanto aspectos de la técnica de escribir, como (y sobre todo) de la actitud que hay que tener frente a la escritura. Me enamoré del libro. No podía dejarlo y cada tarde, al llegar a la biblioteca, me preocupaba de pensar que alguien más lo hubiera pedido y rompiera mi rutina. No es un libro nuevo, Aquella edición era de 1994 así que deambulé por las librerías de usados y recorrí en la Plaza Mayor durante días la feria del libro de segunda mano que hubo en esos días. No estaba. Busqué en internet datos sobre la autora y ahí me enteré que Natalie es una escritora estadounidense que explora la escritura como una práctica de budismo zen. El libro lleva 30 ediciones y en inglés se llama "Writing down the bones", que es más sugerente que el título en español. Cuando terminé de leerlo decidí que iba a resumirlo para no perder nada de lo que me había enseñado y así podía volver a mis apuntes cuando quisiera. Emprendí entonces una segunda relectura con cuaderno y lapicera en mano.
Cuando volví a casa traje las notas de los 68 capítulos del libro. Y volví a ellas varias veces y puse en práctica muchas de las cosas que aprendí. En esos días de lectura y soledad decidí que podía acercarme más a la literatura si intentaba que otros sacaran el escritor que llevan en su interior. Al llegar, propuse el taller de escritura creativa a CEUPA, el que le ha dado una nueva dimensión a mi vida.
Unos meses después viajamos a Bogotá. Mientras mi marido trabajaba yo aproveché a caminar por el centro de la ciudad: entré al Museo del Oro, recorrí las iglesias de la carrera Séptima y tomé por la Avenida Jiménez en busca del Centro Cultural García Márquez. En la curva hacia la Candelaria encontré una librería grande, en un edificio de otras épocas con muebles de madera y aire setentoso. Luego supe de la fama de la librería Lerner. Asomé la cabeza hacia el interior del local para evitar el encandilamiento y lo primero que vi (pura verdad) fue el libro de Natalie exhibido en la primera de las estanterías junto a la puerta. Nueva cubierta, octava edición en español, año 2013. Lo tengo acá a mi lado, para que me recuerde que al escribir hay que lograr el estilo de un arquero zen que parece no estar haciendo esfuerzo alguno pero todas sus flechas se clavan en el blanco una tras otra.    

jueves, 25 de agosto de 2016

40. Haikus del taller





1. 

Surca la noche
de inviernos apurados
cálida nube



2.
Voces distantes
encuentro acordado
espacio fugaz


3.
Remueve óxidos
se desovillan ganas
y nacen versos

domingo, 7 de agosto de 2016

41. Decálogo de Elvira Navarro para escribir una novela sin trampas.(*)

A unos días de la publicación de su nueva novela en 2013, La trabajadora (PRH), una de las escritoras con más proyección de las letras desvela una de las claves de su éxito: la sinceridad. Navarro nació en Huelva en 1978, vive en Madrid. Es autora  de los libros La ciudad en invierno La ciudad feliz (XXV Premio Jaén de Novela). En 2010 fue incluida en la lista de los 22 mejores narradores en lengua española menores de 35 años de la revista Granta. Con la nueva publicación, Elvira Navarro mantiene su línea de trabajo sobre la tortura de un sistema inflexible con el recorte de las libertades del individuo. Una adelantada a estos tiempos. 
Primera trampa: si quieres escribir una novela, ensaya primero con el cuento
Muchos novelistas jamás han sido cuentistas (lo que a su vez desbarata otro tópico: que escribir cuentos es más fácil que escribir novelas). Además, el cuento y la novela son universos distintos, con lógicas a veces antagónicas. Meterlos en el mismo saco nos condena a que las novelas sean cuentos alargados y a que los cuentos sean novelas comprimidas. 
Segunda trampa: las novelas (la literatura) no ofrece respuestas, tan sólo plantea preguntas
Como cualquier otra forma de ficción, la mayor parte de las novelas tienen su razón de ser en conflictos, y está en su naturaleza el recorrerlos de forma más o menos exhaustiva. El narrador y los personajes afrontan dilemas éticos ante los que ensayan respuestas que dan pie a no pocas decisiones y digresiones.


La nueva novela de Navarro se publica en enero
La nueva novela de Navarro se publica en enero
Dejando a un lado que el socorrido eslogan de lanzar preguntas pero no ofrecer nunca respuestas, y que parece darle puntos a quien lo convoca, se enuncia desde una posición que implica una idea sobre lo literario (y por tanto una respuesta), si convenimos en lo dicho unas líneas más arriba de que toda novela maneja pensamientos y decisiones del narrador y los personajes, ¿cómo negar que ahí no hay respuestas, aunque no sean definitivas? ¿Qué es pensar, sino moverse entre tentativas de respuesta? ¿Y cómo dialogamos los lectores con un libro, sino confrontando nuestras respuestas a las suyas?
Pensemos por ejemplo en Crimen y castigo, de Dostoievski. En el inicio de la novela nos encontramos con el estudiante Raskólnikov, que decide matar a una vieja usurera. Raskólnikov está convencido de que su acto es bueno: las viejas usureras no hacen ningún bien a la humanidad. ¿No es esto una respuesta? Una vez cometido el crimen, el miserable estudiante empieza a dudar de la bondad de su acto. La duda es fruto de no estar seguro de su anterior respuesta porque quizá la respuesta adecuada sea otra. Y así. Además, Crimen y castigo termina siendo un alegato del cristianismo. Sin embargo, nadie discute que esta obra es una de las cumbres de la literatura. ¿Acaso Dostoievski sólo jugaba? Sabemos bien que no, que lo que buscaba era, sí, dar un mensaje. ¿Y sonaba panfletario? Tampoco. ¡Santo cielo!, ¿cómo puede ser eso?
Tercera trampa: el escritor siempre sabe hacia dónde va. No empieces a escribir hasta que no lo tengas todo planeado
El escritor a veces sabe hacia dónde va, y otras no tiene más que intuiciones vagas.
Cuarta trampa: piensa bien el tono y el punto de vista
Mientras caminas no te paras a reflexionar qué pierna debes adelantar. El tono y el punto de vista son las piernas de una narración: cuando ésta arranca, ya están dados. De lo contrario, no arrancaría. No quiero decir que las ficciones se desarrollen sin que el autor decida nada, pero sí  que éstas no suelen presentarse como meras abstracciones. Lo habitual es empezar porque se tiene algo escrito, quizás nimio, pero emitido desde un lugar y con una intención que son su razón de ser.
Quinta trampa: hay que pensar en el lector
No existe un lector, sino muchos tipos de lectores con gustos e ideas contrapuestas sobre lo literario. Por otra parte, estar pensando en un tipo determinado de lector, o en varios, para gustarles o disgustarles conduce a castrar lo que se escribe.
Sexta trampa: no hay que pensar en el lector
El escritor posee unas ideas sobre lo literario. Estas ideas no son sólo suyas. Lo que es suyo son los caminos que lo han llevado a escoger esas ideas. Dichos caminos tienen forma de libros, de escritores a los que se sigue, de amigos con los que se habla. Puesto que el escritor no puede obviar las ideas que ha tomado como propias (o con las que se debate), y que éstas tienen las caras de esos amigos con los que discute o de esos escritores a los que admira o detesta, no podrá evitar la impresión de que no está solo en su cuarto cuando escribe. No podrá, en suma, no pensar en ciertos lectores.  
Séptima trampa: el narrador debe intervenir lo menos posible a la hora de abordar a los personajes. Estos deben presentarse solos
Esta indicación es apropiada para un tipo de relato de carácter escénico, pero ahí debemos pararnos, o de lo contrario evidenciaremos lo poco y mal que hemos leído.
Octava trampa: las descripciones no son necesarias porque ya existe la fotografía, la televisión e Internet
Últimamente se tiende a decir que las descripciones tenían sentido cuando no podíamos verlo "todo" en Internet o en la tele. El argumento olvida que las descripciones no son un atrezo meramente visual trasladado de la realidad al libro. Amén de que las ficciones no son la realidad, las descripciones están emitidas con un tono que genera una atmósfera: en este aire emocional el libro respira. No conozco libros sin aire. En las descripciones se están vertiendo gustos, pensamientos, sentimientos; a través de ellas sabemos más del personaje o del narrador, el cual selecciona qué y de qué modo nos devuelve ese paisaje que no es una imagen aunque la convoque, sino que está hecho de palabras, de intenciones, de fabulaciones.
Novena trampa: si se quiere ser actual no hay que hacer tramas con planteamiento, nudo y desenlace
En Ventajas de viajar en tren, Antonio Orejudo dice que, puesto que ya sabemos que la linealidad es un invento de las ficciones, deberíamos poder usarla sin complejos.
Décima trampa: hay que innovar
No es que esté en contra, pero recordemos que Kafka luchaba por que su escritura se amoldase a la convención. La innovación es a menudo un efecto colateral que surge de buscar soluciones narrativas a problemas o incapacidades del autor, y cuando se logra a veces ni el propio autor es consciente de su conquista. Antes de morir, Kafka le pidió a Max Brod que destruyera sus escritos, a los que no atribuía valor.
(*) En Blogs El Confidencial.com

42. La escopeta y la guitarra

La escopeta y la guitarra recostadas contra el muro. Alineadas. Como bastones. Como centinelas con distinto destino. 
La escopeta con su ojo único, la guitarra con su boca única. Negras profundidades de donde surge el disparo de sonido. De donde surge el gemido de fuego.
La escopeta y la guitarra alineadas contra el muro. Cabellera de cuerdas ofrece la guitarra voluptuosa. Rulo único como gatillo ofrece la escopeta.

La escopeta y la guitarra alineadas contra el muro. Como bastones esperan. Esperan en silencio quien las haga sonar.

jueves, 4 de agosto de 2016

43. Instrucciones para visitar el paisito


En este país el clima es imprevisible. No es raro que hagan treinta grados en julio o que refresque en pleno verano. Más aún, a veces se producen las cuatro estaciones el mismo día: hace calor, llueve, se levanta viento y luego hace frío. Durante los “veranillos” en invierno, la gente que salió abrigada por la mañana comienza a desesperarse con el transcurrir del día al ir aumentando la temperatura. Algunos prefieren sacarse la ropa de a poco sin perder la compostura y otros, por no perderla, llegan a caer desvanecidos como moscas sobre un tablero antes que descubrir la camiseta vieja que sólo usan debajo del pulóver. 
Es así que el clima es muy importante en la vida de todos y constituye el principal tema de conversación en las salas de espera, en las colas de pago o en el mercado. Diría más, en un país sin farándula artística y con escasa vocación para ocuparse de la vida ajena, los meteorólogos, junto con futbolistas y políticos, son los famosos que despiertan pasiones de amor o de odio. Y están los hinchas del meteorólogo de Canal 10 y están los otros que opinan “ese no le pega nunca”. Entonces, si usted viene a visitarnos y quiere entablar conversación con un desconocido en la fila o en la sala de espera, o más aún llenar esos incómodos silencios que se producen cuando uno queda a solas con alguien a quien recién presentaron, es conveniente tener a mano una frase del estilo “¡Qué tiempo de locos! ¡Tanto calor con el frío que hizo ayer!” (o viceversa, según el caso), con lo que el otro puede responder “¡Quién diría señora! ¡A dónde vamos a parar!”, con lo que se abre un infinito abanico de posibilidades, pero también puede contestar simplemente “¡mmm!”, lo que demuestra escaso interés en el tema o en usted misma. Si esta última fuera la circunstancia, no insista. Diríjase al que está detrás de usted en la cola o al otro lado en la sala de espera e intente nuevamente comenzar el diálogo. Antes que sus palabras se desprendan del muro seguramente alguno picará el anzuelo y entonces podrá explayarse sobre aquella vez que viajó a sólo cincuenta kilómetros de su casa y la ráfaga polar la encontró sin chaqueta. Si el otro le devuelve su historia de cómo un imprevisto chaparrón le arruinó los zapatos nuevos, seguramente harán más corta la espera, o tal vez, por qué no, será el comienzo de una linda amistad.