Ir al contenido principal

39. El Gozo de Escribir


En la biblioteca de la Universidad de Salamanca, hace dos años ya, encontré un libro que se llamaba "El Gozo de Escribir" de Natalie Goldberg. Era un único ejemplar que debía leerse en sala. Del hojeo frente al estante pasé a leerlo en la mesa y a pedirlo cada día. Si hubiera sido por mí, lo terminaba en unas horas pero tuve que contenerme. Me organicé para leer sólo media hora por tarde porque corría el riesgo de ensimismarme y avanzar poco con el trabajo. Recorrí las librerías de la ciudad buscándolo, dispuesta a comprarlo y traerlo a casa pero no lo encontré.
Es un libro inspirador. Desde el principio movilizó en mí  tanto aspectos de la técnica de escribir, como (y sobre todo) de la actitud que hay que tener frente a la escritura. Me enamoré del libro. No podía dejarlo y cada tarde, al llegar a la biblioteca, me preocupaba de pensar que alguien más lo hubiera pedido y rompiera mi rutina. No es un libro nuevo, Aquella edición era de 1994 así que deambulé por las librerías de usados y recorrí en la Plaza Mayor durante días la feria del libro de segunda mano que hubo en esos días. No estaba. Busqué en internet datos sobre la autora y ahí me enteré que Natalie es una escritora estadounidense que explora la escritura como una práctica de budismo zen. El libro lleva 30 ediciones y en inglés se llama "Writing down the bones", que es más sugerente que el título en español. Cuando terminé de leerlo decidí que iba a resumirlo para no perder nada de lo que me había enseñado y así podía volver a mis apuntes cuando quisiera. Emprendí entonces una segunda relectura con cuaderno y lapicera en mano.
Cuando volví a casa traje las notas de los 68 capítulos del libro. Y volví a ellas varias veces y puse en práctica muchas de las cosas que aprendí. En esos días de lectura y soledad decidí que podía acercarme más a la literatura si intentaba que otros sacaran el escritor que llevan en su interior. Al llegar, propuse el taller de escritura creativa a CEUPA, el que le ha dado una nueva dimensión a mi vida.
Unos meses después viajamos a Bogotá. Mientras mi marido trabajaba yo aproveché a caminar por el centro de la ciudad: entré al Museo del Oro, recorrí las iglesias de la carrera Séptima y tomé por la Avenida Jiménez en busca del Centro Cultural García Márquez. En la curva hacia la Candelaria encontré una librería grande, en un edificio de otras épocas con muebles de madera y aire setentoso. Luego supe de la fama de la librería Lerner. Asomé la cabeza hacia el interior del local para evitar el encandilamiento y lo primero que vi (pura verdad) fue el libro de Natalie exhibido en la primera de las estanterías junto a la puerta. Nueva cubierta, octava edición en español, año 2013. Lo tengo acá a mi lado, para que me recuerde que al escribir hay que lograr el estilo de un arquero zen que parece no estar haciendo esfuerzo alguno pero todas sus flechas se clavan en el blanco una tras otra.    

Comentarios

Entradas populares de este blog

28. LAS ACEITUNAS DE LA TIA ORIOLA

La aceitunas más saladas que se puedan preparar eran las de la tía Oriola. Las recogía de un viejo árbol de la quinta y luego de un misterioso proceso que nunca quise conocer, llenaba el gran bollón de vidrio de la cocina con aquellas gemas verdosas y gigantes. El cucharón de madera colgando del borde del frasco prometía jugosas incursiones. Durante las aburridas horas de la siesta, arrodillada en la silla de la tía, me fascinaba mirar las aceitunas a través del vidrio como al mejor de los acuarios. Las revolvía con el cucharón y esperaba que cada una cayera encontrando su mejor lugar. Y nuevamente, el cucharón con agujeritos arremolinaba el estanque verde amarillento para volver a verlas caer. Una, dos, tres. Cada tanto atrapaba una. Como experto pescador o como un gato que da el zarpazo a la presa desprevenida. Esta es para mí. El desafío era tomarla mientras nadaba, antes de llegar al fondo. Y el botín de carozos se engrosaba en montoncitos sobre la mesa como prueba irrefutable del …

26. Retomar la casa

Hace muchos muchos años que no pasaba una temporada en casa sin un plan concreto. Cada vez que tuve licencia, o bien nos íbamos a algún lado o llegaban visitas y estaba en otra. De la casa en sí, de revisar sus lastimaduras, componer sus entuertos, sanar sus heridas, ordenar los desmanes deben haber pasado los años de mi hijo mayor desde la última vez que me compenetré. Estoy aquí desde hace un mes, un mes liberador, reconstituyente. He dado vuelta cada rincón, he ordenado estantes y armarios, descartado, cambiado, organizado. Y aún falta mucho. También he escrito y leído, escuchado radio, recomenzado gimnasia y las caminatas por el río. He cocinado, lavado, planchado, incluso cosido. En algo más de una semana debo volver al trabajo pero con gusto me quedaría acá.

4. Me quería mirar las tetas

Desde mi cuarto, cuando tengo la ventana abierta escucho con claridad las conversaciones de los vecinos de abajo. Hoy una de las muchachas había ido al médico a lo que ella creía era sólo el trámite de renovar la tarjeta que le permite comprar una medicación permanente. Su médico, el que le recetó la medicación, estaba de licencia por lo que pidió hora con otro para que se la renovara. Según contaba, su primera sorpresa fue el interrogatorio a la que la sometió. Desde, dónde vivís y con quién, hasta averiguar si fumaba, tomaba o hacía ejercicio. Según escuché ella le dijo que toda esa información estaba en su ficha y que ella sólo necesitaba la nueva tarjeta. Parece que el médico avanzó en el interrogatorio y redondeó pidiéndole que se subiera la remera para revisarle los senos. Mi vecina no salía de su asombro y su lógica conclusión fue la del título. Yo pregunto, ¿es procedente?