domingo, 7 de agosto de 2016

41. Decálogo de Elvira Navarro para escribir una novela sin trampas.(*)

A unos días de la publicación de su nueva novela en 2013, La trabajadora (PRH), una de las escritoras con más proyección de las letras desvela una de las claves de su éxito: la sinceridad. Navarro nació en Huelva en 1978, vive en Madrid. Es autora  de los libros La ciudad en invierno La ciudad feliz (XXV Premio Jaén de Novela). En 2010 fue incluida en la lista de los 22 mejores narradores en lengua española menores de 35 años de la revista Granta. Con la nueva publicación, Elvira Navarro mantiene su línea de trabajo sobre la tortura de un sistema inflexible con el recorte de las libertades del individuo. Una adelantada a estos tiempos. 
Primera trampa: si quieres escribir una novela, ensaya primero con el cuento
Muchos novelistas jamás han sido cuentistas (lo que a su vez desbarata otro tópico: que escribir cuentos es más fácil que escribir novelas). Además, el cuento y la novela son universos distintos, con lógicas a veces antagónicas. Meterlos en el mismo saco nos condena a que las novelas sean cuentos alargados y a que los cuentos sean novelas comprimidas. 
Segunda trampa: las novelas (la literatura) no ofrece respuestas, tan sólo plantea preguntas
Como cualquier otra forma de ficción, la mayor parte de las novelas tienen su razón de ser en conflictos, y está en su naturaleza el recorrerlos de forma más o menos exhaustiva. El narrador y los personajes afrontan dilemas éticos ante los que ensayan respuestas que dan pie a no pocas decisiones y digresiones.


La nueva novela de Navarro se publica en enero
La nueva novela de Navarro se publica en enero
Dejando a un lado que el socorrido eslogan de lanzar preguntas pero no ofrecer nunca respuestas, y que parece darle puntos a quien lo convoca, se enuncia desde una posición que implica una idea sobre lo literario (y por tanto una respuesta), si convenimos en lo dicho unas líneas más arriba de que toda novela maneja pensamientos y decisiones del narrador y los personajes, ¿cómo negar que ahí no hay respuestas, aunque no sean definitivas? ¿Qué es pensar, sino moverse entre tentativas de respuesta? ¿Y cómo dialogamos los lectores con un libro, sino confrontando nuestras respuestas a las suyas?
Pensemos por ejemplo en Crimen y castigo, de Dostoievski. En el inicio de la novela nos encontramos con el estudiante Raskólnikov, que decide matar a una vieja usurera. Raskólnikov está convencido de que su acto es bueno: las viejas usureras no hacen ningún bien a la humanidad. ¿No es esto una respuesta? Una vez cometido el crimen, el miserable estudiante empieza a dudar de la bondad de su acto. La duda es fruto de no estar seguro de su anterior respuesta porque quizá la respuesta adecuada sea otra. Y así. Además, Crimen y castigo termina siendo un alegato del cristianismo. Sin embargo, nadie discute que esta obra es una de las cumbres de la literatura. ¿Acaso Dostoievski sólo jugaba? Sabemos bien que no, que lo que buscaba era, sí, dar un mensaje. ¿Y sonaba panfletario? Tampoco. ¡Santo cielo!, ¿cómo puede ser eso?
Tercera trampa: el escritor siempre sabe hacia dónde va. No empieces a escribir hasta que no lo tengas todo planeado
El escritor a veces sabe hacia dónde va, y otras no tiene más que intuiciones vagas.
Cuarta trampa: piensa bien el tono y el punto de vista
Mientras caminas no te paras a reflexionar qué pierna debes adelantar. El tono y el punto de vista son las piernas de una narración: cuando ésta arranca, ya están dados. De lo contrario, no arrancaría. No quiero decir que las ficciones se desarrollen sin que el autor decida nada, pero sí  que éstas no suelen presentarse como meras abstracciones. Lo habitual es empezar porque se tiene algo escrito, quizás nimio, pero emitido desde un lugar y con una intención que son su razón de ser.
Quinta trampa: hay que pensar en el lector
No existe un lector, sino muchos tipos de lectores con gustos e ideas contrapuestas sobre lo literario. Por otra parte, estar pensando en un tipo determinado de lector, o en varios, para gustarles o disgustarles conduce a castrar lo que se escribe.
Sexta trampa: no hay que pensar en el lector
El escritor posee unas ideas sobre lo literario. Estas ideas no son sólo suyas. Lo que es suyo son los caminos que lo han llevado a escoger esas ideas. Dichos caminos tienen forma de libros, de escritores a los que se sigue, de amigos con los que se habla. Puesto que el escritor no puede obviar las ideas que ha tomado como propias (o con las que se debate), y que éstas tienen las caras de esos amigos con los que discute o de esos escritores a los que admira o detesta, no podrá evitar la impresión de que no está solo en su cuarto cuando escribe. No podrá, en suma, no pensar en ciertos lectores.  
Séptima trampa: el narrador debe intervenir lo menos posible a la hora de abordar a los personajes. Estos deben presentarse solos
Esta indicación es apropiada para un tipo de relato de carácter escénico, pero ahí debemos pararnos, o de lo contrario evidenciaremos lo poco y mal que hemos leído.
Octava trampa: las descripciones no son necesarias porque ya existe la fotografía, la televisión e Internet
Últimamente se tiende a decir que las descripciones tenían sentido cuando no podíamos verlo "todo" en Internet o en la tele. El argumento olvida que las descripciones no son un atrezo meramente visual trasladado de la realidad al libro. Amén de que las ficciones no son la realidad, las descripciones están emitidas con un tono que genera una atmósfera: en este aire emocional el libro respira. No conozco libros sin aire. En las descripciones se están vertiendo gustos, pensamientos, sentimientos; a través de ellas sabemos más del personaje o del narrador, el cual selecciona qué y de qué modo nos devuelve ese paisaje que no es una imagen aunque la convoque, sino que está hecho de palabras, de intenciones, de fabulaciones.
Novena trampa: si se quiere ser actual no hay que hacer tramas con planteamiento, nudo y desenlace
En Ventajas de viajar en tren, Antonio Orejudo dice que, puesto que ya sabemos que la linealidad es un invento de las ficciones, deberíamos poder usarla sin complejos.
Décima trampa: hay que innovar
No es que esté en contra, pero recordemos que Kafka luchaba por que su escritura se amoldase a la convención. La innovación es a menudo un efecto colateral que surge de buscar soluciones narrativas a problemas o incapacidades del autor, y cuando se logra a veces ni el propio autor es consciente de su conquista. Antes de morir, Kafka le pidió a Max Brod que destruyera sus escritos, a los que no atribuía valor.
(*) En Blogs El Confidencial.com

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