jueves, 4 de agosto de 2016

43. Instrucciones para visitar el paisito


En este país el clima es imprevisible. No es raro que hagan treinta grados en julio o que refresque en pleno verano. Más aún, a veces se producen las cuatro estaciones el mismo día: hace calor, llueve, se levanta viento y luego hace frío. Durante los “veranillos” en invierno, la gente que salió abrigada por la mañana comienza a desesperarse con el transcurrir del día al ir aumentando la temperatura. Algunos prefieren sacarse la ropa de a poco sin perder la compostura y otros, por no perderla, llegan a caer desvanecidos como moscas sobre un tablero antes que descubrir la camiseta vieja que sólo usan debajo del pulóver. 
Es así que el clima es muy importante en la vida de todos y constituye el principal tema de conversación en las salas de espera, en las colas de pago o en el mercado. Diría más, en un país sin farándula artística y con escasa vocación para ocuparse de la vida ajena, los meteorólogos, junto con futbolistas y políticos, son los famosos que despiertan pasiones de amor o de odio. Y están los hinchas del meteorólogo de Canal 10 y están los otros que opinan “ese no le pega nunca”. Entonces, si usted viene a visitarnos y quiere entablar conversación con un desconocido en la fila o en la sala de espera, o más aún llenar esos incómodos silencios que se producen cuando uno queda a solas con alguien a quien recién presentaron, es conveniente tener a mano una frase del estilo “¡Qué tiempo de locos! ¡Tanto calor con el frío que hizo ayer!” (o viceversa, según el caso), con lo que el otro puede responder “¡Quién diría señora! ¡A dónde vamos a parar!”, con lo que se abre un infinito abanico de posibilidades, pero también puede contestar simplemente “¡mmm!”, lo que demuestra escaso interés en el tema o en usted misma. Si esta última fuera la circunstancia, no insista. Diríjase al que está detrás de usted en la cola o al otro lado en la sala de espera e intente nuevamente comenzar el diálogo. Antes que sus palabras se desprendan del muro seguramente alguno picará el anzuelo y entonces podrá explayarse sobre aquella vez que viajó a sólo cincuenta kilómetros de su casa y la ráfaga polar la encontró sin chaqueta. Si el otro le devuelve su historia de cómo un imprevisto chaparrón le arruinó los zapatos nuevos, seguramente harán más corta la espera, o tal vez, por qué no, será el comienzo de una linda amistad.  

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