jueves, 13 de noviembre de 2008

Apenas Diez. Marisa Silva Schultze

Novela conmovedora, muy bien entretejida por visiones, matices, ángulos y enfoques de muchas miradas. Ninguna es dueña de la verdad, la autora no pretende adoctrinar y entrega una delicada trama de matices que, como un caleidoscopio, entre todos nos muestra la realidad. Si bien decae un poquito en la segunda mitad, me encantó esta novela que recrea las vivencias de tantas familias uruguayas en los últimos 20 años.

lunes, 20 de octubre de 2008

Al encuentro de las Tres Marías. Diego Fisher

La vida de Juana de Ibarbourou contada en forma amena por Diego Fisher, al que se le siente el oficio de periodista más que de escritor. Muchos silencios en la historia. Muchas interrogantes sin respuestas en la vida de una mujer muy ambiciosa que supo transgredir las costumbres de su época pero terminar totalmente sometida a un hijo tarambana. Casi no parece la misma mujer. Algo en el relato no me convence, tal vez le falte profundidad al personaje.

domingo, 12 de octubre de 2008

Sin palabras


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No encuentro las palabras
para decirte
te quiero
se arman huecos
de silencio
en mi boca
al mirarte

y me escondo en tu hombro
y busco en él los versos
que me faltan
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Me sumerjo en tu abrazo de espuma
y vuelo como cometa de alas
y ya no hay palabras
necesarias

y ya no hay huecos.


La hora de los niños

Era la hora de los niños. Como por arte de magia aparecieron sobre el tapete niños de pelo rojo y niños de pelo blanco, niños con trencitas y niños sin zapatos, niños gigantes y niños peludos. Todos bailaban al arrullo del inolvidable aroma del pastel de frambuesa, recién cubierto de nubes. La flauta de la abuela Pita esperaba en silencio la llegada de los cachorros para echarse a andar, en tanto el tambor de cuentas de mariposa resoplaba mientras el niño de ojos lila sacudía los pies. Sobre las tablas de aluminio del piso del cuarto, se desparramaban bolitas de caracol, autitos de filigrana y muñecas de charol. Todos participaban de la algarabía silenciosa del enjambre de infantes que danzaba. Así como llegaron en un estruendoso batir de alas de luciérnaga se perdieron en la noche de brisas mentoladas.


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jueves, 18 de septiembre de 2008

Melquíades el cartero

Melquíades era cartero y había pasado gran parte de su vida caminando. Cuando empezó a trabajar pensó que una bicicleta lo ayudaría ya que su reparto se extendía al pueblo vecino a quince kilómetros del suyo. Luego de seis meses de ahorro, logró comprarse una que relucía en sus paragolpes cromados. Recién entonces se propuso aprender a andar. En un fin de semana, luego de varios porrazos y coscorrones que le valieron la risa de los niños del vecindario, Melquíades logró salir erguido, camino abajo en su bici nueva. “¡El árbol!”, sintió que le gritaban y no sintió más. Estuvo varios días inconsciente, se le abolló la cabeza y perdió no sólo la bicicleta sino los días de trabajo y sus jornales, que se los llevaron el médico y los medicamentos que necesitó para curarse las heridas. El salario del séptimo mes quedó en el taller de reparaciones y así Melquíades vio alejarse cada vez más la posibilidad de irse de la casa de sus padres para independizarse. Lo había decidido al poco tiempo de haberse mudado con ellos una tía loca que le hacía la vida imposible. Desde la primera vez que se le metió en el cuarto reclamando un lugar en la cama porque tenía frío, resolvió buscar empleo e irse a vivir solo. Las visitas nocturnas de la tía septuagenaria a su cama adolescente se sucedían aun cuando Melquíades intentara trancar la puerta, llegar a hurtadillas o no volver a dormir a su casa. La tía se recortaba en el marco de la puerta vestida solamente con calzones de volados cantando “voy al centro a ver la verbena/ y a meterme en la cama después”, y se deslizaba a su lado y quedaba acurrucadita diciendo que tenía frío. Al otro día no recordaba nada. Cuando al principio el padre de Melquíades intentó increparla por su comportamiento ella lo miró con los ojos licuados y sin expresión que tenía la mayor parte del día. Tan ajena a la imagen de ninfómana era la de esa viejecita ausente que mordía cáscara de pan, que a la larga los padres pensaron que Melquíades mentía y que terminaba las noches en el sofá sólo para mirar televisión. El se sintió abandonado pero no dijo nada. Dejó los estudios que pensaba retomar más adelante, consiguió el empleo de cartero en el pueblo vecino e intentaba independizarse cuando la historia de la bicicleta lo retuvo en la casa de sus padres y aguantando a la tía loca un tiempo más.

Cuando se recuperó del golpe, se acostumbraron a verlo en los dos pueblos montado en su bicicleta, pequeño en su uniforme gris y con la cartera de cuero de lado, casi tan grande como su pierna. Le gustaba demorarse a la orilla del río, se tendía sobre el pasto a la hora de la siesta cuando el calor levantaba y soñaba con lo que haría cuando lograra dejar la casa paterna. Pero una tarde que se durmió a la sombra de un sauce, le robaron la bendita bicicleta. Creyó sucumbir. Los sueños se le vinieron abajo, le faltaban fuerzas para volver a empezar y decidió que no seguiría corriendo tras una bicicleta. Sin dudas, sus pies eran lo más confiable para trasladarlo de un lugar a otro.

La falta de bicicleta le cambió el ritmo. Tenía que pensar los recorridos y empezó a buscar nuevas sendas, cambiando de camino para ir de su casa al trabajo o de una dirección a otra. Los pueblos eran pequeños pero tenían rincones insospechados y Melquíades se entretenía en los recodos entrañables y siempre descubría nuevas vías para llegar al mismo lado. Le gustaba tomarse su tiempo, sentirse que se adueñaba de cada lugar y se imaginaba que en aquel lote vacío construía su casita o que compraba y reformaba la casa abandonada de la familia Píriz o que le alquilaba la panadería a don Ramón y aprendía el oficio, después de terminar la secundaria.

Seguía sin poder concretar su sueño de vivir solo. Primero se enfermó su padre y sus ahorros se fueron en ayudar a su madre que se desvivía entre el hospital, la casa y la tía loca que parecía más saludable cada día. Melquíades había desarrollado ciertas artimañas para engañarla, y si bien seguía molestándolo como al principio, le había agarrado la mano a un somnífero que la dormía por unas cuantas horas.

Un buen día Melquíades no pudo leer las direcciones en los sobres. El ejercicio permanente le conservaba una buena figura y aún tenía el pelo negro pero se dio cuenta que ya se le había pasado la mitad de la vida. La tía loca finalmente había muerto, así que él no podía dejar sola a su madre, ya tan viejita y necesitada. Pero se puso a pensar que tenía edad para formar su propia familia por lo que empezó a buscar una esposa. El conocía a todas las mujeres de los dos pueblos, les sabía sus historias y había visto transformarse a cada niña en muchacha. La que vivía sola había llegado tarde porque él ya no pensaba mudarse; a la que vivía con los padres no le iba a causar gracia seguir viviendo en casa ajena; a la que era soltera, por algo sería, la viuda era una carga pero tenía experiencia. A todas les veía virtudes y defectos y así seguía pasando el tiempo. Entonces se fijó en Gladys que todavía estaba soltera, vivía con los padres y tenía unos bonitos ojos negros de asombro. Al principio se encontraban como por casualidad en una esquina o en el camino del monte y ella lo acompañaba a repartir algunas cartas. Al terminar el recorrido ella le preguntaba:

- ¿Y mañana? ¿Por dónde arranca?

Y mañana lo esperaba en esa esquina como si, otra vez, por casualidad pasara por allí. Gladys lo fue llevando de a poco, sin apurarlo, así que cuando Melquíades quiso acordar estaban casados y viviendo en la casa con su madre, que se sintió reconfortada de que su hijo ya no estuviera solo. Melquíades aprendió la alegría de ser especial para alguien, la dicha del calorcito en la cama y el regocijo de haber exorcizado el pellejo de la tía loca. Nunca sintió el rayo de la pasión o la locura del amor pero a Gladys la quiso como a ninguna, con un afecto sólido entretejido por los gozos y tristezas de la vida. La madre no pudo disfrutar de los nietos que no vinieron, pero Melquíades, sensible y conocedor de cada vecino en los dos pueblos, comenzó a ayudar a las familias numerosas con el octavo o noveno niño, haciéndose cargo de su educación o su vestimenta e incluso recogiendo a aquellos que quedaban huérfanos. Sentía un calorcito en el pecho cada vez que abrazaba a un bebé. “Como si me pusiera un chaleco de terciopelo”, decía con pudor para justificarse. Y así, aunque ya no pretendía tener bicicleta ni mudarse, siguieron faltando los ahorros en su casa.

Después de cincuenta años le llegó le llegó la jubilación. Melquíades tenía el pelo blanco y abundante y se había achicado tanto que cargaba la bolsa de cartero con un nudo en la correa para no arrastrarla. El pueblo entero organizó una fiesta para despedirlo y se hicieron presentes más de veinticinco muchachos, hombres y mujeres que lo llamaban Padrino y le regalaron una flamante bicicleta. Melquíades la recibió con la voz quebrada por la emoción, se montó, no sin cierta dificultad, miró a Gladys y le dijo:

- Vamos, Vieja, que te debo este paseo.


Publicado en Letras Libres. http://www.literaria.carel.us

lunes, 1 de septiembre de 2008

El Escritor y el Otro. Carlos Liscano.

Libro áspero y duro que enfrenta al lector con la lucha del escritor por realizar su acto de contricción, su convicción y su destino. Liscano muestra una postura casi absoluta sobre el escibir y el escritor y revuelve en las heridas entre inventos, decisiones y servidumbres. Para reflexionar, pero no quedarse.

lunes, 30 de junio de 2008

Plaza del Cuzco

















"... Y así afirmaban que a toda aquella plaza del Cuzco (Hawkaypata) le sacaron la tierra propia y se llevó a otras partes, por cosa de gran estima y la hincharon de arena de la costa de la mar...sembraron por toda ella muchos vasos de oro y ovejuelas y hombrecillos pequeños de lo mismo."

Juan Polo de Ondegardo. 1571. Museo Histórico.Cuzco

sábado, 28 de junio de 2008

Rumbo a Machu Pichu


Sentada a la entrada de Machu Pichu y rodeada de extranjeros de los cuales yo soy una más, esperamos a Cosme para que nos oriente la visita. El viaje ya es inquietante: en el tren abandonamos la visión árida pero cultivada del Valle Sagrado y nos internamos en una vegetación selvática, húmeda y fría entre frondas de helechos y esqueletos de hojas gigantes. Desde Aguas Calientes arriba, en serpenteante ascenso, a derecha e izquierda comienza a crecer el precipicio: enormes montes de verde profundo se levantan con sus cabezas envueltas por las nubes y sobre un valle acollarado por el río sagrado. Too much. La emoción de la inmensidad me embarga y no puedo evitar el llanto.

viernes, 27 de junio de 2008

Valle encantado. Pisac.Cuzco: su gente







Oh señor Antiguo, Señor, creador creador experto que haces y estableces dicendo "en este mundo de abajo que coman y beban", aumenta la comida y de quienes has creado. Tú que ordenas y multiplicas diciendo "que haya papas, maíz y toda clase de comida" para que no sufran y no sufriendo hagan tu voluntad, que no hiele, que no granece, guárdalos en paz.



Oración Inka- Cristóbal de Molina. 1575.


"Adoraban a la tierra fértil que llamban camac pacha y la tierra nunca cultivada que dicen pachamama y en ella derraman chicha, rogándoles que les hiciese bien".
Martín de Morán. 1616.

jueves, 26 de junio de 2008

Coricancha: lugar del oro.







Entramos al máximo templo Inka por la puerta del convento de Santo Domingo construido, como tantos otros, sobre los cimientos del templo. La Pachamama enfurecida lo liberó con el terremoto de 1950 que destruyó parte de las construcciones españolas. El Coricancha está compuesto por cinco templos alrededor de un gran patio, dedicados al trueno rayo relámpago, al arcoiris, al sol, la luna y las pléyades.

El templo del Sol no existe hoy porque sobre él se construyó el Claustro del convento y con el oro que recubría las paredes hicieron el altar. En él guardaban las momias de los gobernantes y en el de la Luna las de sus esposas. Los Inkas las sacaban para su veneración en el Inti Raymi (fiesta del sol) y los españoles las sustituyeron por santos en el Corpus Christi.

Los templos del Trueno y del arcoiris están casi intactos y allí aprendimos que las hornacinas trapezoidales se construían para neutralizar los movimientos sísmicos ondulatorios. Así también los ángulos inclinados de las paredes. rosa nos cuenta que esta inclinación es de 8° en la pared del fondo y de 12° en la de enfrente (¿¡!?).

Las técnicas de construcción combinan aspectos comunes con los egipcios y originales de su cultura. Las piedras de diorita eran triadas de 35 km de distancia mediante técnica de rodadura y eran cortadas con piedras de hematite o colocando cuññas de madera húmeda en las fisuras, que al hincharse se partían. La hematie (gihualla) es una piedra de 8,5 de dureza con mucho hierro en su composición.

El templo de las Pléyades o de las estrellas está orientado al este y cada 21 de junio el sol entraba por la ventana reflejándose en la pared del fondo. Eran los pronósticos para todo el año, que leía el Sumo Sacerdote y sacrificaba una llama. En un rincón de la pared queda un resto de estuco decorado con el que los españoles intentaron tapar sus paredes.

En el templo de la Luna, que estaba recubierto de plata, apareció un dibujo en el que se diagrama toda la cosmovisión Inca, en cuyo centro está Wiracocha, el creador, representado por un ovoide que se ve negro en el ciello cada 21 de diciembre.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Tres muescas en mi carabina. Carlos María Domínguez

Novela profunda y de profundidades. Narra las peripecias de un visionario, loco, empeñado en dominar la naturaleza creando una isla a partir de un montículo. Como litoraleña, encuentro rasgos identificatorios de esta cultura del río, sin embargo logra trascender lo local para tomar la dimensión de una novela que relata la eterna lucha del hombre por construirse su destino.

Dulce compañía. Laura Restrepo

Novela atrapante, de prosa ágil que se lee de un trago. Laura Restrepo explora las raíces de la religiosidad popular desde su mirada de mujer de clase media y recrea un mundo marginal, común a nuestras ciudades latinoamericanas, en el que conviven códigos diversos de valor y de color.

viernes, 2 de mayo de 2008

Sofía de los Presagios. Gioconda Belli.

Novela menor de una de mis escritoras latinoamericanas favoritas, pero agradable y que se lee con fluidez. Sin despreciar, tiene todos los ingredientes de un culebrón.

martes, 29 de abril de 2008

Chichén Itzá. 2005.








El recuerdo lejano no es lo mismo, pero es la crónica que falta. Las ruinas más antiguas, la ciudad más grande, la más estudiada, la más sabia aparece descuidada y desprolija. La noche anterior recorrimos una ruta entre pueblos para llegar al show de luces y sonidos que nos haría ver la serpiente bajando la escalera del Templo Mayor el 21 de marzo. Luces y sonidos en la noche de Yucatán que se vieron frustrados por el comienzo de la estación de lluvias.
Al día siguiente la luz del día descubre una ciudad sobre tierra árida. Lejos del embrujo de la selva de Palenque, Chichén Itzá se levanta sobre una gramilla seca y pelada. Otros colores, otros paisajes.
La historia es exquisita: el templo de la serpiente, construido con exactos conocimientos de astronomía; el patio de las 100 columnas que hoy semejan espectros de los vendedores y paseantes que debieron ser; el observatorio, redondo y misterioso; la casa de las monjas, imposible en su concepación superpuesta, parece un edificio de viviendas colectivo para gente sensible a la belleza y al arte; el juego de pelota en su inmemsidad no permite imaginar la destreza de los hombres que ofrecían su vida al ganar; el patio de los condenados; el baño sauna y tantos y tantos edificios y construcciones muy abandonados por los años y el INAH.
Esta crónica es pobre, pero Chichén Itzá con su xenote sagrado no podía faltar.

Malinche. Laura Esquivel.

Relato agradable y bien contado como es típico de su autora. En mi opinión demasiado breve para contener la complejidad del personaje y del momento histórico. Me quedé con ganas de más.

Historias de Diván. Gabriel Rolón

Un conjunto de historias de vida seleccionadas por la contundencia de los temas que aborda: celos, duelos, homosexualidad, culpa. Contadas con sensibilidad y profesionalismo, el autor nos acerca un abanico de emociones que nos tocan en lo más humano.

El albergue de la mujeres tristes. Marcela Serrano.

Novela sobre las relaciones entre hombres y mujeres, el amor el desamor, la tristeza y la depresión. Un buen intento que se queda por el camino.

Maridos. Angeles Mastreta

Mi querida Angeles no logra en este libro reeditar el impacto de Mujeres de ojos grandes. Encuentro que su estilo está un poco exacerbado esta vez, pero se puede disfrutar de historias y personajes entrañables.