sábado, 25 de febrero de 2017

37. Mañana en el río



Una nube solitaria y regordeta pende sobre la cima del puente internacional. Un copo de algodón sobre el telón azul. De lado a lado los brazos de hormigón unen los montes. En la quietud de esta acuarela un bulto se mueve sobre el puente y por debajo, una lancha pasa. 

lunes, 16 de enero de 2017

La flor púrpura. Chimamanda Ngozi Adichie

Escuché (no leí) a Chimamanda Adiche (Enugu, Nigeria, 1977) por primera vez en una conferencia TED en la que hablaba de lo valioso que es no tener una sola versión de las cosas, poco tiempo después de volver de Nigeria. Ella, en dieciocho minutos, me demostró que había otra Nigeria que yo ni siquiera había intuido.
Hace muy poco encontré en una librería  de Montevideo La flor púrpura, su primera novela, que compré ni bien vi. El libro es interesante. Kambili, protagonista y narradora, es una adolescente que vive en una familia singular por lo compleja. Su padre, un empresario rico, demócrata y librepensador, se enfrenta desde las páginas de su periódico al dictador que ha tomado el poder. Pero al mismo tiempo es un fanático católico que impone un régimen dictatorial teocrático a su propia familia. Nadie escapa a los castigos físicos y hasta derramará agua hirviendo en los pies de su hija para que entienda que “esto es lo que a uno le ocurre cuando camina hacia el pecado”. (p. 192).


El libro tiene tres partes: la presentación de la familia y sus relaciones (“Antes del Domingo de Ramos”); luego las consecuencias de lo que ocurrió ese domingo (“Después del Domingo de Ramos”) y por último hay una suerte de epílogo (“El presente”). Las tres partes parecen desequilibradas en tamaño y llevan a un desenlace que se precipita. El trasfondo narrativo es siempre el de la violencia política, pero no es el centro de la trama. Los verdaderos conflictos, la esencia de la novela se plantea en la primera parte. La familia se encuentra atrapada en un mundo dominado por el fanatismo religioso, que asume como natural. Los contrastes comienzan a venir desde afuera: de la tía Ifeoma, hermana del padre y profesora de la universidad y de sus hijas, en cuya casa los hermanos pasan un tiempo y donde “la risa siempre estaba presente” (p. 141). El otro cuestionamiento del mundo familiar vendrá del propio abuelo de los niños, Nnukwu, que personifica los valores ancestrales y que, por paganos, están prohibidos. 

La novela plantea la ambigüedad de un hombre que es capaz de enfrentarse a un régimen dictatorial sangriento pero que no duda en aplicar los castigos más crueles a sus hijos y esposa en pos de un fanatismo religioso. Por otro lado, la autora pinta la psicología de la víctima criada en un mundo doméstico despótico que naturaliza los comportamientos del padre, aunque les teme y los sufre. Por confrontación con otras realidades, sin embargo, va progresando en su transición interior, aunque no logra liberarse hasta que otros lo hacen por ella al romper esta espiral de violencia. La autora pareciera decirnos que la violencia sólo se combate con violencia.