martes, 20 de junio de 2017

35. El Premio Nobel y la Decadencia europea. Nick Ravangel


La literatura norteamericana es una de las más brillantes de Occidente. En los dos breves siglos de existencia del país, los autores de calidad han ido amontonándose hasta formar legión. Sería ocioso y cansino nombrarlos, pero para quien guste informarse Revista Malabia ha nombrado a varios en sus Lecturas necesarias para entender el siglo XX núm. 61. Todavía hoy, esos ejemplos de brillantez siguen llegándonos. Sin embargo, el Premio Nobel de Literatura de este año, otorgado por la Academia sueca ha ido a parar al músico Bob Dylan.
No es mi intención quitar méritos a tan tremendo personaje, pero darle un premio así me parece una tomadura de pelo. ¿Por qué? Porque este premio, antes prestigioso, no lo consiguieron literatos como Proust, Nabokov, Kafka, Borges, Roa Bastos, Cortázar, Tolstoi, Zola, Ibsen, Valèry o Pérez Galdós entre otros. La comparación con el ganador actual es incluso ofensiva. Hace poco un jugador de fútbol salvó la vida de un colega que se había desplomado en el campo de juego aplicándole primeros auxilios. ¿Por qué no lo consideramos para el Nobel de Medicina? O quizá, teniendo en cuenta el auge de los programas sobre gastronomía en televisión, sería interesante darle el Nobel de Química a algún conocido cocinero.
Todo esto suena disparatado, aunque lo es tanto como otorgarle el Nobel de la Paz a Obama o a la Unión Europea, como ya se ha hecho. O darle el Nobel de Economía a la escuela de Chicago y dos años después a quienes opinaban exactamente lo contrario.
La cultura de masas ha llegado a un punto intolerable. Ya no le alcanza con dedicar todos sus esfuerzos a bombardearnos desde televisión, radio, diarios y revistas con sus productos simples y entretenidos. Ahora, para colmo, se han sumado al circo instituciones que creíamos honorables e independientes.
Mientras tanto, la literatura, la verdadera, esa que al decir de Sartre (que tuvo la dignidad de rechazar el Nobel de Literatura porque se consideraba un filósofo) exige dedicación, esfuerzo y responsabilidad, ha sido abandonada miserablemente por los Estados, responsables de la cultura dentro de sus fronteras.
Estamos en manos de las multinacionales mediáticas y nos tragamos lo que les conviene. Sería hora de ir plantando cara.
Hace unos días Oliver Stone presentó su nueva película sobre Snowden en Escandinavia. Como no tiene pelos en la lengua dijo que esos países actúan al servicio de la política exterior de Estados Unidos. ¿Tendrá algo que ver el premio con esto?
Para terminar dejo un par de nombres de autores que merecerían el Nobel más que un músico y están vivos: el argentino Ricardo Piglia y la estadounidense S. E. Hinton, autora de The outsiders. Que cada uno agregue el suyo.
Revista Malabia. suplemento: Literatura y sociedad.

martes, 6 de junio de 2017

36. Caer en el olvido

Hace ya más de un año que tengo abandonado al blog. Ni relatos, ni crónicas, ni libros leidos. Me he retirado de las ondas creátivas que se comparten rápido. No obedece a ninguna razón en particular pero no encuentro sobre qué escribir. Aquella mirada observadora, capaz de contar una invasión de grillos, una falla de internet o los goles de Uruguay se ha ido. No desespero. Espero. Sé que como dice el poeta, "volverán las oscuras golondrinas". 

sábado, 25 de febrero de 2017

37. Mañana en el río



Una nube solitaria y regordeta pende sobre la cima del puente internacional. Un copo de algodón sobre el telón azul. De lado a lado los brazos de hormigón unen los montes. En la quietud de esta acuarela un bulto se mueve sobre el puente y por debajo, una lancha pasa. 

lunes, 16 de enero de 2017

La flor púrpura. Chimamanda Ngozi Adichie

Escuché (no leí) a Chimamanda Adiche (Enugu, Nigeria, 1977) por primera vez en una conferencia TED en la que hablaba de lo valioso que es no tener una sola versión de las cosas, poco tiempo después de volver de Nigeria. Ella, en dieciocho minutos, me demostró que había otra Nigeria que yo ni siquiera había intuido.
Hace muy poco encontré en una librería  de Montevideo La flor púrpura, su primera novela, que compré ni bien vi. El libro es interesante. Kambili, protagonista y narradora, es una adolescente que vive en una familia singular por lo compleja. Su padre, un empresario rico, demócrata y librepensador, se enfrenta desde las páginas de su periódico al dictador que ha tomado el poder. Pero al mismo tiempo es un fanático católico que impone un régimen dictatorial teocrático a su propia familia. Nadie escapa a los castigos físicos y hasta derramará agua hirviendo en los pies de su hija para que entienda que “esto es lo que a uno le ocurre cuando camina hacia el pecado”. (p. 192).


El libro tiene tres partes: la presentación de la familia y sus relaciones (“Antes del Domingo de Ramos”); luego las consecuencias de lo que ocurrió ese domingo (“Después del Domingo de Ramos”) y por último hay una suerte de epílogo (“El presente”). Las tres partes parecen desequilibradas en tamaño y llevan a un desenlace que se precipita. El trasfondo narrativo es siempre el de la violencia política, pero no es el centro de la trama. Los verdaderos conflictos, la esencia de la novela se plantea en la primera parte. La familia se encuentra atrapada en un mundo dominado por el fanatismo religioso, que asume como natural. Los contrastes comienzan a venir desde afuera: de la tía Ifeoma, hermana del padre y profesora de la universidad y de sus hijas, en cuya casa los hermanos pasan un tiempo y donde “la risa siempre estaba presente” (p. 141). El otro cuestionamiento del mundo familiar vendrá del propio abuelo de los niños, Nnukwu, que personifica los valores ancestrales y que, por paganos, están prohibidos. 

La novela plantea la ambigüedad de un hombre que es capaz de enfrentarse a un régimen dictatorial sangriento pero que no duda en aplicar los castigos más crueles a sus hijos y esposa en pos de un fanatismo religioso. Por otro lado, la autora pinta la psicología de la víctima criada en un mundo doméstico despótico que naturaliza los comportamientos del padre, aunque les teme y los sufre. Por confrontación con otras realidades, sin embargo, va progresando en su transición interior, aunque no logra liberarse hasta que otros lo hacen por ella al romper esta espiral de violencia. La autora pareciera decirnos que la violencia sólo se combate con violencia.