lunes, 9 de octubre de 2017

25. Coriun Aharonian

Estoy escuchando radio y me entero que anoche murió Corium Aharonian. Un estudioso de la música, autor de obras de cámara, orquestales y piezas de música electroacústica que se han tocado en varios países. Además, es autor de artículos, ensayos y libros.. Muchos tendrán recuerdos de su excelencia académica, de haber sido sus alumnos, tal vez de sus dotes humanas. A mí me viene a la memoria el recuerdo de cuando lo conocí, allá por el 69, en el Centro de Vacaciones de Piriápolis, de la ACJ, donde fue a dar una conferencia. El no era el reconocido investigador en que se convirtió después. Era un músico de vanguardia, que exploraba formas expresivas de hacer música. Yo era una niña de 9 años y nunca olvidé a ese señor pelado, con algo de gnomo, que, subido a un banquito, dejaba caer paja de trigo para "hacer" música.

viernes, 6 de octubre de 2017

26. Retomar la casa


Hace muchos muchos años que no pasaba una temporada en casa sin un plan concreto. Cada vez que tuve licencia, o bien nos íbamos a algún lado o llegaban visitas y estaba en otra. De la casa en sí, de revisar sus lastimaduras, componer sus entuertos, sanar sus heridas, ordenar los desmanes deben haber pasado los años de mi hijo mayor desde la última vez que me compenetré.
Estoy aquí desde hace un mes, un mes liberador, reconstituyente. He dado vuelta cada rincón, he ordenado estantes y armarios, descartado, cambiado, organizado. Y aún falta mucho. También he escrito y leído, escuchado radio, recomenzado gimnasia y las caminatas por el río. He cocinado, lavado, planchado, incluso cosido.
En algo más de una semana debo volver al trabajo pero con gusto me quedaría acá. 

jueves, 5 de octubre de 2017

27. Los omnibuses y el tiempo

¿Quién no ha perdido un bus? ¿Quién no se ha equivocado de vehículo y tomado otro que fuera hacia un destino diferente? ¿Quién no se ha bajado en otra parada o seguido de largo porque se durmió? ¿Quién puede decir que no le ha pasado? Todos tenemos anécdotas de este tipo. Yo me tomé un tren en Montpellier para ir a Lyon y terminé en Lille, en la misma frontera con Bélgica porque no entendí la voz metálica que indicaba que tenía que cambiar de coche. Otra vez, llegué corriendo con el corazón en la mano y los pulmones heridos de nicotina, cuando el ómnibus ya se alejaba del andén. También me equivoqué de coche y tuve que cambiar en Santa Lucía, cuando el bus llegó al peaje. En muchos años, tengo muchas historias de este tipo.
Pero que en un viaje de dos días, tres veces me equivocara de ómnibus, de horario y de lugar de destino, no me ha pasado. A mi hija sí. La esperaba el sábado a las 7 de la mañana, luego de un viaje de cinco horas. Cuando me desperté, tenía en el celular el aviso de que se había dormido, que había salido corriendo hacia la terminal y que había conseguido otro pasaje, por otra ruta, para las 5 de la mañana y que por lo tanto, llegaría a las 11. Me fui tranquila a trabajar, pensando que valía la pena aprovechar ese tiempo, antes que ella llegara. A las 10, recibí una llamada de tono angustioso, en la que me decía que se había bajado mal, que no había reconocido la terminal, que estaba en Mercedes (a dos horas de casa), que el próximo bus era a las 18:00 horas. Dado que se iba al otro día, parecía mucho tiempo para esperar en una ciudad en la que no tenía ni conocidos ni interés. Me pidió que la fuera a buscar. Le dije que no podía, que estaba trabajando. Llamé a mi marido y le pedí que la trajera en el auto. Buen viaje, a las 14:30 estaban en casa. Habíamos ganado unas cuantas horas de estadía compartida. 
Pasamos juntos un lindo día y medio. Ella tenía pasaje de vuelta para las 2:10 de la madrugada. Había venido para ordenar y clasificar sus posesiones de infancia y adolescencia porque habíamos empezado a remodelar su cuarto. Entre el polvo de la obra y el polvo moribundo de años depositado sobre los objetos, estuvo todo el domingo. Era una tarea enorme y no le daba el tiempo de terminar. Se acercaba la hora del viaje de regreso. Quería bañarse pero no dejaba de seleccionar y revisar sus pertenencias, olvidadas por unos cuantos años. Yo me puse nerviosa de que volviera a perder el bus, así que me quedé con ella en el dormitorio para ayudarla y, sobre todo, marcarle los tiempos. Con su teléfono, porque el mío había quedado abajo. El tiempo pasaba y yo empecé a impacientarme porque se demoraba en cada cuaderno y cada recorte que encontraba. A las 1:40 le dije que ya no podría bañarse, que le llamaba el taxi para que se fuera. A las corridas terminó de poner sus cosas en la mochila y, mientras llenaba una botellita de agua, el taxi ya apareció en la puerta. Salió corriendo, ni me dio un beso porque el taxi se iba. La saludé con la mano. Al entrar ya empecé a notar todo lo que se había olvidado: unos championes, el libro que estaba leyendo, unos medicamentos. Era lógico, pensé. Me fui a dormir.
A la mañana siguiente, cuando me levanté, encontré una serie de mensajes de ella anunciándome que había llegado a la terminal una hora antes, porque su teléfono, por defecto, había puesto la hora de verano, cosa que este año no vamos a tener.     

viernes, 29 de septiembre de 2017

28. LAS ACEITUNAS DE LA TIA ORIOLA

La aceitunas más saladas que se puedan preparar eran las de la tía Oriola. Las recogía de un viejo árbol de la quinta y luego de un misterioso proceso que nunca quise conocer, llenaba el gran bollón de vidrio de la cocina con aquellas gemas verdosas y gigantes. El cucharón de madera colgando del borde del frasco prometía jugosas incursiones.
Durante las aburridas horas de la siesta, arrodillada en la silla de la tía, me fascinaba mirar las aceitunas a través del vidrio como al mejor de los acuarios. Las revolvía con el cucharón y esperaba que cada una cayera encontrando su mejor lugar. Y nuevamente, el cucharón con agujeritos arremolinaba el estanque verde amarillento para volver a verlas caer. Una, dos, tres. Cada tanto atrapaba una. Como experto pescador o como un gato que da el zarpazo a la presa desprevenida. Esta es para mí. El desafío era tomarla mientras nadaba, antes de llegar al fondo. Y el botín de carozos se engrosaba en montoncitos sobre la mesa como prueba irrefutable del saqueo. Y la corona de sal alrededor de mis labios delataba el festín.

En la cocina de la tía transformaba así el obligado silencio de las siestas en azarosas cacerías. 

lunes, 14 de agosto de 2017

29. Procesos técnicos III. Ariel Bermani

Escribir, sin apuro, construyendo, de a poco, un proyecto de novela, de cuento, de poema, o lo que salga, a partir de esa necesidad básica: darle sentido a un conjunto de imágenes para que vayan encontrando su voz, su lógica, su cadencia, su estructura.

domingo, 13 de agosto de 2017

30. Procesos técnicos II

Es probable que un buen cuento emerja de muchos cuentos de mala factura. Una novela aceptable, después de varias novelas que fuimos abandonando. Un buen poema, luego de un puñado de poemas difíciles de rescatar. El material fallido como base de nuestra producción.

31, De vuelta al río II

Aunque el suelo está barroso y aún se ven charcos en alguna hondonada, el verde es mucho más verde. Unas huellas negras se dibujan sinuosas sobre el césped y pocos metros más adelante se encuentran con el vehículo que las trazó. Que allí quedó. Como una lapicera que es abandonada sobre el cuaderno al acabarse la tinta, el auto permanece enterrado en el barro de lo que parecía un brillante tapiz vegetal.  . 
A la vuelta de mi caminata, veo que una camioneta y dos hombres, además del inexperto chofer, intentan sacar el auto enterrado. Ruido a motor recalentado y barro que las ruedas largan hacia atrás y escupen a los comedidos. El responsable del insuceso, cómodo dentro del auto, les grita a los amigos, ya completamente embadurnados. 
Recuerdo los inviernos de mi vida anterior, plenos de barro y heladas, en los que las camionetas se enterraban hasta el eje por los distintos campos del país. Y aprendí; tanto la maniobra para no quedar empantanada como el procedimiento para desenterrarla cuando, de todas formas, ocurría. Otros tiempos.
Hoy, el sol, tan demorado, ilumina el río y saca destellos de las ondas, las nubes y las hojas. El auto se desprende al fin de su tumba de lodo y arranca acelerado hacia la calle, zigzaguendo, girando como un trompo loco hasta detenerse nuevamente. Los dos amigos, como ídolos de barro, a lo lejos levantan los brazos.

viernes, 11 de agosto de 2017

32. Procesos técnicos. Ariel Bermani

El escritor como un carpintero. Martillar, serruchar, modelar, tallar. Trabajar la prosa como si fuera madera. Sentir la solidez de la escritura.

jueves, 10 de agosto de 2017

33. Hotel Lebac. Carlos Caillabet

Es la tercera novela de Caillabet que forma una especie de trilogía respecto a la adolescencia temprana y a una época del país. Las tres novelas se ubican en un momento histórico del Uruguay, en el que, dentro un marco general de bonanza, comienza a hacerse sentir la crisis. En este caso, una familia que desciende socialmente y debe ingresar al mundo de las pensiones: el Hotel Lebac.
Este mundo se despliega en toda su diversidad y se describe a través de los ojos de un adolescente que está descubriendo el mundo. 
De lectura rápida y con un tono general en el que prima el humor y la mirada irónica sobre si mismo, se van desgranando las historias de los habitantes de la pensión, como pincelazos que insinúan, más que cuentan, la vida de cada uno de ellos. El filtro es la mirada del protagonista y esta mirada, cargada de inocencia, le da un matiz puro y crudo al relato que se mantiene hasta el final. El muchacho transita por la historia a través de conflictos como la iniciación sexual o la violencia directa, que aparecen como anécdotas que conforman los capítulos de la novela, pero que, en definitiva, van armando el conflicto principal que enfrenta el protagonista que es el de dejar atrás la infancia para ingresar al mundo de los adultos.
Si bien el autor ha evitado abordar en la literatura su experiencia carcelaria, el mundo cerrado de la pensión, la diversidad de habitantes, la coexistencia forzada, así como la relación de cada uno de ellos con el dueño y con los personajes del "afuera", remiten de alguna forma a una convivencia penitenciaria.
Carlos Caillabet nació en Paysandú en 1948. En 1972 fue encarcelado por pertenencer al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros y permanecíó así hasta 1985, cuando el país recuperó la democracia. Es autor de varios libros y durante años se dedicó al periodismo. Desde hace menos tiempo, se dedica sólo a la literatura y el final abierto de Hotel Lebac, ¿augura una segunda parte?

34. La vida avanza y a veces se detiene

Gente cercana, genta que ha compartido con uno más de una etapa de vida, gente con planes, gente con sueños, gente con responsabilidades se empieza a ir. Y lo que dejaste para mañana tal vez no sea.