domingo 8 de noviembre de 2009

Escritura Automática

Cuando tengo ganas de escribir pero “no me sale nada” intento escribir de manera automática. Darle y darle a la lapicera escribiendo lo primero que me llega a la cabeza, para lo cual la mano siempre va más lento. Luego, entre tantas lecturas, me enteré que es un método contra el “bloqueo” de los escritores, publicado en 1934 por Dorothea Brand en su libro "Convertirse en escritor".

Se trata de escribir, a mano, durante al menos media hora, dejando absoluta libertad a la mente. Es decir, empezar a escribir todo lo que viene a la cabeza. No hay que preocuparse por escribir frases lindas, ni gramaticalmente correctas, sólo escribir y escribir. Por momentos predomina un sentido y pueden aparecer listados los sonidos que se escuchan o los olores que se sienten o simplemente palabras sueltas. Muchas veces cuesta llegar al estado de escritura automática por eso se recomienda no menos de 30 minutos porque la estructura mental, el stress y el propio oficio de escritor siguen controlando y conspiran contra la liberación de la mente. Van a aparecer frases como "no sé que escribir", “no me sale nada” pero luego, en la medida que el tiempo avanza van surgiendo frases interesantes, asociaciones sugestivas, a veces surrealistas

No hay que tirar nada de lo escrito. A veces surgen palabras, asociaciones o imágenes que pueden ser motivadoras o evocadoras o simplemente hermosas.

Como lo mejor para escribir es justamente escribir, este método “casero”, que luego me enteré que ya estaba patentado, es un buen “desbloqueador”. Como el calentamiento de los deportistas, digamos.

sábado 31 de octubre de 2009

El Camino de las Damas. Escritoras viajeras. De la Mística a la Pasión

Releí este libro motivada por mi afán de registrar y contar mis experiencias de viajes. Pero estas mujeres son especiales porque desde Margery Kempe en el siglo XVI, a Flora Tristán atravesando el Atlántico en el XIX; desde la aventura africana de Karen Blixen pasando por las pasiones de Isabelle Eberhardt, Annemarie Schwarzenbach, Edith Wharton y Ella Maillart, hay toda una estirpe femenina que se animó a escribir otra historia, historia que ellas mismas cuentan a través de las crónicas de sus viajes y que el autor rescata narrándonos sus vidas y el contexto histórico que enfrentaron. El Camino de las Damas es el trabajo de Christian Kupchik que nos da a conocer textos de ocho viajeras empecinadas y sus excéntricas vidas. Estas mujeres, al igual que otras a lo largo de la Historia, no sólo desafiaron lo que se entendía eran sus roles sociales y biológicos sino que también dejaron un valioso testimonio tanto de los lugares que atravesaron como de los motivos que las llevaron por esos caminos imprevistos.

miércoles 21 de octubre de 2009

Lamentablemente estamos bien. Leila Macor

Lamentablemente estamos bien es la mirada de Leila Macor sobre los uruguayos y la uruguayidad. Es la mirada de una inmigrante venezolana que decidió venir a vivir a Uruguay. El libro está compuesto por una selección de notas publicadas en la revista Vayven del diario El Observador.

Con fino sentido del humor y con un dejo de ironía la autora recorre distintos aspectos del ser uruguayo, desde la vergüenza por el bienestar individual a la lógica de una guía turística en Maldonado; desde la particularidad del mate a la opinión estereotipada sobre los argentinos; desde el comportamiento de los taxistas a la neurosis del cambio chico.

Es un libro agradable, de rápida lectura. Recomendable para todos los uruguayos y para muchos extranjeros que por distintas razones están viviendo entre nosotros. Leila Macor lo hace desde 1996 y hoy tiene un espacio en El Observador en línea y un blog escribirparaque.blogspot.com.

miércoles 14 de octubre de 2009

Tan veloz como el deseo. Laura Esquivel.

Laura Esquivel es la autora de Cómo agua para chocolate y del guión que llevó esa novela al cine, novela que tuvo un éxito sin precedentes y le valió reconocimiento internacional. De esta autora también leí Malinche, ya comentado en este espacio.

Este es un relato que se ubica en México a comienzos del siglo XX y luego de la revolución Mexicana. Es la historia de Júbilo un hombre que descubrió el don de las palabras al hacer de traductor entre su abuela maya y su abuela española a quienes reconcilia. Con el afán de seguir traduciendo e interpretando a su antojo, se convierte en telegrafista para terminar sus días ciego y mudo. Su conexión con el mundo se establece, entonces, a través del código Morse y el telégrafo que le permite volver a “hablar” con sus seres queridos y desandar malos entendidos. El relato transcurre por boca de su hija Lluvia que lo cuida en sus últimos días.

Es una novela menor pero entretenida y que se lee de una sentada.

domingo 30 de agosto de 2009

Toledo




En el recorrido de 70 km los grandes poetas nos acompañan. Por la manchega llanura, seca, amarilla, lunar vamos rumbo a Toledo, capital de España hasta 1561. Rastrojos de cereales en líneas, líneas de labranza sobre arenas ocres pespunteadas de calizas. El verde se delinea tímido en los bordes del camino. Olivares polvorientos que apenas levantan en gris sobre el amarillo.

Toledo es un templo del turismo y nosotros cometimos el error, nuevamente, de contratar una excursión para visitarlo. Digo error porque ya sabíamos que nos gusta otro ritmo para conocer los lugares y las cosas. Lo mejor del paseo fue que conocimos a un matrimonio de uruguayos (¡oh, casualidad!) que iban a visitar a los hijos y con los que pasamos un día muy agradable.

En no más de dos horas nos llevaron de las narices por el Toledo antiguo, caminando por un laberinto de callecitas empedradas, escalonadas, sorprendentes. Pero anduvimos como ganado de un lado para el otro disparando a troche y moche la máquina de fotos. Vimos el entierro del Conde de Orgaz de El Greco, en la Iglesia de Santo Tomé, a la que no pudimos siquiera entrar. Fuimos a ver el Tajo, foto, foto, las armaduras, foto, foto y al Monasterio de San Juan de los Reyes donde tuvimos unos minutos de paz y recogimiento. El Claustro, en dos plantas, rodea un jardín con naranjos de donde llega el sol atenuado por el verdor y los cantos gregorianos. La iglesia es de una sola nave y tiene en doble altura una delicada ornamentación en sobre y bajorrelieve que forman frisos, figuras, esculturas, ménsulas, arcos. En el altar un gran retablo plateresco del siglo XVI preside la nave. Hermoso ejemplar de arquitectura isabelina, es decir del gótico tardío, según leí.

Luego a la fábrica de damasquinado “Suárez” donde en show para turismo de escasos cinco minutos te muestran la forja y los damasquineros labrando las alhajas. Luego compre, compre y foto foto. Y volvimos a Madrid.

Muy a la nuestra, para terminar nos fuimos al Museo del Jamón a comer con los uruguayos, como dios manda.

sábado 29 de agosto de 2009

Córdoba y su mezquita





Córdoba resplandece bajo el sol de julio. Los naranjos forman lunares de sombra sobre las veredas.

El río Guadalquivir apenas visible tras las vallas de construcción no parece tener las aguas granate. Las calles empedradas nos van llevando a la Gran Mezquita. Un enorme edificio amarillo abre sus puertas a un patio en el que los canales de riego dan de beber a naranjos y olivares tan viejos como las mismas piedras que lo cubren. El edificio actual es el producto de idas y venidas entre moros y cristianos pero en el que cada vencedor conservó mucho del edificio anterior. El resultado es de un sincretismo que no se ve en América. Caminando bajo los arcos de la mezquita me preguntaba por qué los mismos españoles no fueron tan generosos con los templos incas, aztecas o mayas. En sus 23.400 metros cuadrados se puede observar gran parte de la historia de Córdoba: vestigios romanos y visigodos bajos los arcos rojos y blancos del Islam y capillas renacentistas tras portales musulmanes labrados. Todo está allí, pero junto y en armonía, como quisiera ver a los pueblos hoy.

Luego el Alcázar de los Reyes, construido como fortaleza por los romanos y cuyo destino evolucionó desde palacio del Califa, residencia real de Fernando III, cuartel general de los Reyes Católicos hasta, después de 1492, Tribunal de la Inquisición. Pero lo mejor son los jardines. Enormes piletas escalonadas con juegos de agua y caminos entre canteros dibujan arabescos con las plantas y flores. Una bruma en arcoíris de los picos de agua de las fuentes renueva el calor del mediodía.

Luego la Judería. Los balcones casi se tocan de casa a casa sobre las callecitas empedradas. La sinagoga, única existente en Andalucía, está ubicada en medio de la manzana, de afuera no se distingue del resto. Luego del puente de madera una sala más alta que amplia nos interpela. ¿Qué dicen los escritos de sus paredes? ¿Y los muros? ¿Qué historias cuentan? El piso de la planta alta donde se instalaban las mujeres ya no existe y se ven las ventanas en doble altura. Tan parecida a los árabes, a los edificios árabes. Tan hermanos, tan lejanos.

El almuerzo fue en un patio andaluz de macetas con malvones, sombra con sabor a savia y fuente cantarina.

viernes 28 de agosto de 2009

Paseo del Arte. Museo Reina Sofía.





El Reina Sofía es magnífico aún antes de entrar. Los ascensores vidriados sobre la vieja fachada del Hospital San Carlos dan cuenta del propio espíritu del Museo. Es el museo de arte contemporáneo que arranca a finales del siglo XIX y llega por 16 salas a nuestros días con exposiciones temporales. En un edificio severo de gruesos muros y piso de piedra se desarrolla este museo moderno como no he visto (bah!, no he visto tantos) otro. En las colecciones pero sobre todo en la concepción: fue el único museo, incluyendo las iglesias, en que pudimos tomar fotos en el interior. Uno se va perdiendo sala a sala por el mundo que se hacía añicos de principios de siglo XX y en el esfuerzo de las vanguardias por plasmar esa sensibilidad: los posimpresionistas, los cubistas, los dadaístas, los surrealistas ofrecen este abanico de visiones en correlato con los tiempos que les tocó vivir. Pasamos por los primeros Picassos, Gris y los bodegones, el desnudo en la playa de Tagore, la ventana de Dalí y emocionantes Barradas y Torres García en el primer mundo, al lado de los más grandes. Pero la vedette innegable es el Guernica que se yergue único en una sala y lo rodean en otras más pequeñas los estudios a lápiz o en color, en papel o en tela; otras obras contemporáneas, como las de Juan González que descubrí y afiches y documentos de la Guerra Civil y que centran el momento histórico que vivía España. Incluso se puede ver la maquette del Pabellón de España en la Exposición Universal de Paris en 1937, donde se colgó el cuadro por primera vez. Contemplar la obra, tantas veces vista en libros, fotografías y películas remueve escombros del pecho y la cabeza y pone una lámina de lágrimas en los ojos.

Picasso, Miró y Dalí merecen un comentario aparte. Sala a sala uno entiende que Picasso reinventa la pintura con el cubismo al sacudir la visión estática del mundo, creando “ventanas” que descomponen la perspectiva tradicional y no puede quedar indiferente al pasar del realismo de principios del siglo XX a la nueva mirada que proponen los cubistas. Luego el otro sacudón, los surrealistas que no sólo plantean una revolución, sino que es una revolución con manifiesto político y todo. Dalí da rienda suelta al inconsciente para liberar al sujeto de una moral caduca y corrupta y a trvés de “El Gran Masturbador” o “Memoria de la mujer-niña” u otras le da unas bofetadas al orden establecido. En medio de este paseo, por primera vez, miré y “entendí” Un Perro Andaluz de Dalí y Buñuel. Luego de lo putrefacto y la confrontativo Joan Miró es poesía. Me maravillo de mi misma al acercarme a los mensajes del arte. Mirar los mismos cuadros de Miró, que cuelgan de las paredes de mi casa como un disfrute de color, desde la propuesta de la pintura como escritura, me desencuadra y emociona. Los veo con otros ojos, como dice el propio Miró, “el lienzo es sólo un campo de color con un sistema de signos que riman entre si”. Frente a la dudosa verdad de la representación, de la imitación, el pintor reinventa el signo. Fantastique!

Luego del trauma de la Segunda Guerra Mundial, las propuestas abstractas del fracaso de la modernidad y la imposibilidad de la utopía se muestran en una sala en la que el frío te recorre la espalda. Los entiendo, pero no me llegan. A continuación otra sala, pequeña, conserva en actitud militante, tal como la que ellos tuvieron desde sus exilios, los cuadros de la última época de Picasso y Miró que son una reivindicación de la pintura y un guiño de color a las nuevas generaciones frente a la estética del horror y el desgarro. Los cuadros más despojados de representación de Miró y las ironías de Picasso se disfrutan en esta sala.

Luego pasamos al nuevo edificio del Museo. Podíamos haber terminado allí pero seguimos el recorrido a nuestras épocas, nuestros contemporáneos.

Y de paso por una sala nos topamos con un video que es una historia de vida: Charlotte Wolff, una psicóloga que a los 81 años retorna a su Berlín natal, cuarenta y cinco años después de haber emigrado a París y luego a Londres. La muestra son sus recuerdos, escritos en una pantalla en español e inglés y en proyección paralela fotos de vuelo dentro de un avión de los años setenta. Los recuerdos de Charlotte sobre el Berlín que conoció y su vida se entremezclan con las vivencias y el Berlín que está viendo. Una sorpresa que nos atrapó dentro de una muestra de Matthew Buckingham llamada Representantes del Tiempo.

Seguimos el recorrido y nos metemos en los últimos años del siglo XX y la globalización y el consumismo. En todas estas salas el cine y el video tienen un papel central. Vuelve a aparecer el arte “politizado” y en particular me atrajo un perchero con trajes (Alice Creischer). Representa las condiciones de trabajo y la lucha de los trabajadores de la textil Bruckman de Buenos Aires, cerrada por sus dueños en el 2002 y recuperada por los obreros que tomaron el desafío de mantenerla en funcionamiento.

El broche de oro, la exposición temporal de Juan Muñoz, una retrospectiva de un artisita desconocido para mi hasta entonces y que, como nos dijo una cuidadora del museo, “te puede gustar o no, pero no te deja indiferente”. Desde una habitación con cien chinos de tamaño natural sin pies y sonriendo, a unos enanos también en tamaño natural jugando al billar hasta el hombre de resina que recostado contra la pared modula ininterrumpidamente “mamá”, te conmueven, te remueven y te acompañan hasta con sus sombras mucho rato después de haber dejado el museo.